miércoles, 7 de diciembre de 2022

¿De qué nos salva el cristianismo?

El prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, Luis Ladaria, ha publicado un documento importante que intenta dejar claro “algunos aspectos de la salvación cristiana”. La carta Placuit Deo, está dirigida a los obispos, para responder a esta pregunta elemental: ¿de qué nos salva el cristianismo? 

El cardenal Ladaria resalta dos limitaciones inherentes a la condición humana. De una parte, el “neo-pelagianismo”, que consiste en el proyecto de todo el que “pretende salvarse a sí mismo, sin reconocer que depende, en lo más profundo de su ser, de Dios y de los demás”. Y de otra parte, el “neo-gnosticismo” resurge hoy en día en la figura de aquellos que creen en “una salvación meramente interior, encerrada en el subjetivismo”.

Reflexión de Agustín Ortega
(Pontificia Universidad Católica del Ecuador)

La Carta Placuit Deo (PD), realizada por la Congregación de la Doctrina de la Fe (CDF) y aprobaba por el papa Francisco es un documento que recoge la entraña de la fe con su salvación liberadora según la Palabra de Dios, la tradición y enseñanza de la Iglesia con los papas como Francisco (PD 1).

En la carta se nota mucho la mano de la teología del jesuita Luis Ladaria, prefecto de la CDF, por ejemplo sus estudios patrísticos. Y que va en la línea de lo más valioso de la antropología teológica, con autores tan relevantes como J. L. Ruiz de La Peña o el dominico Martín Gelabert

La carta actualiza la teología y el mensaje sobre la salvación, que nos trae la fe católica, en el mundo actual. Un mundo en el que se dan tendencias que desvirtúan esta salvación (PD 2-7) y que, de alguna forma, actualizan antiguos errores sobre la fe: el pelagianismo y el gnosticismo, en los que el Papa Francisco ha insistido (PD 3).

El pelagianismo, como el actual, hace referencia a un individualismo auto-egócentrico. Es una antropología individualista y posesiva que, a la búsqueda de su interés individual, rompe la relación con los otros, con la comunidad e historia y con Dios. Cree que la salvación viene de sus propias fuerzas, poder e intereses sin contemplar los lazos fraternos y solidarios que nos unen en las relaciones personales, comunitarias y espirituales con el Dios Comunión y Solidaridad.

El gnosticismo, propio también de esta mentalidad burguesa e individualista, nos impone una espiritualidad y antropología negativa, desencarnada y espiritualista. En la que, en este individualismo no encarnado e insolidario, niega la bondad y dignidad de lo personal, del mundo material, de la naturaleza y la creación de Dios (PD 4).

La salvación, por tanto, no está en este individualismo desencarnado e insolidario del poder, tener y poseer, de la conquista y dominación. Como nos enseña la filosofía personalista, “soy amado luego existo”. La salvación viene por este Don (Gracia) del Amor fraterno y solidario de Dios que, en la historia y mundo, nos libera integralmente.

“Frente a estas tendencias, la presente Carta desea reafirmar que la salvación consiste en nuestra unión con Cristo, quien, con su Encarnación, vida, muerte y resurrección, ha generado un nuevo orden de relaciones con el Padre y entre los hombres. Y nos ha introducido en este orden gracias al don de su Espíritu, para que podamos unirnos al Padre como hijos en el Hijo, y convertirnos en un solo cuerpo en el ‘primogénito entre muchos hermanos’ (Rm 8,29)” (PD 4).

La salvación desde la fe tiene su entraña en Jesús, el Dios Encarnado, Salvador y Liberador que ha asumido solidariamente a toda la persona y a toda humanidad, a toda la realidad e historia para salvarla y liberarla integralmente en todos sus aspectos.

Como nos enseña Francisco, “confesar que el Hijo de Dios asumió nuestra carne humana significa que cada persona humana ha sido elevada al corazón mismo de Dios. Confesar que Jesús dio su sangre por nosotros nos impide conservar alguna duda acerca del amor sin límites que ennoblece a todo ser humano. Su redención tiene un sentido social porque «Dios, en Cristo, no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los hombres»” (EG 178).

Con su anuncio y realización del Reino de Dios en la historia, como nos muestra el Evangelio, Jesús curaba y sanaba de todo sufrimiento, mal e injusticia. Las curaciones que nos trae Jesús con su salvación, signos y clamores del Reino, significan la liberación integral en cuerpo y alma, de la persona y sus relaciones sociales e históricas (PD 8). Hay que cuidar y respetar la sagrada e inviolable vida y dignidad de las personas con sus cuerpos, con sus condiciones materiales, humanas y sociales que hacen posible el desarrollo integral.

“En consecuencia, la salvación que la fe nos anuncia no concierne solo a nuestra interioridad, sino a nuestro ser integral. Es la persona completa, de hecho, en cuerpo y alma, que ha sido creada por el amor de Dios a su imagen y semejanza, y está llamada a vivir en comunión con Él” (PD 7). En la Encarnación del Dios Solidario en Cristo, la salvación ha incorporado a todo y a todos los seres humanos, al mundo-universo y a toda la realidad histórica. Y de esta forma, desde la Gracia de su Amor, nos regala la salvación liberadora en la filiación divina, la liberación integral de los hijos de Dios que, como hermanos, promueve en unas relaciones de fraternidad, de comunión solidaria y justicia.

El corazón de la fe, como nos muestra PD y el papa Francisco, es toda esta Gramática de la Encarnación, por la que Dios en Cristo asume solidariamente toda nuestra naturaleza y condición personal, corporal, social e histórica. Dios encarna, pues, la Gracia del amor y su justicia liberadora en la humanidad con su corporalidad, mundo e historia para llevarla a su realización y plenitud trascendente, junto a todo el cosmos, en la caridad fraterna.

“Está claro que la salvación que Jesús ha traído en su propia persona no ocurre solo de manera interior. De hecho, para poder comunicar a cada persona la comunión salvífica con Dios, el Hijo se ha hecho carne (cf. Jn 1,14). Es precisamente asumiendo la carne (cf. Rm 8,3; Hb 2,14: 1 Jn 4,2), naciendo de una mujer (cf. Ga 4,4), que ‘se hizo el Hijo de Dios Hijo del Hombre’ y nuestro hermano (cf. Hb 2,14). Así, en la medida en que Él ha entrado a formar parte de la familia humana, ‘se ha unido, en cierto modo, con todo hombre’ y ha establecido un nuevo orden de relaciones con Dios, su Padre, y con todos los hombres, en quienes podemos ser incorporado para participar a su propia vida”.

“En consecuencia, la asunción de la carne, lejos de limitar la acción salvadora de Cristo, le permite mediar concretamente la salvación de Dios para todos los hijos de Adán… Este camino no es un camino meramente interno, al margen de nuestras relaciones con los demás y con el mundo creado. No es una liberación meramente interior, es necesario recordar la forma en que Jesús es Salvador… Cristo, para abrirnos la puerta de la liberación, se ha convertido Él mismo en el camino… Cristo es Salvador porque ha asumido nuestra humanidad integral y vivió una vida humana plena, en comunión con el Padre y con los hermanos” (PD 10-11).

De ahí que esa Encarnación e in-corporación de Cristo en la humanidad e historia, para traernos el Reino de Dios y su justicia liberadora que nos salva, se hace cuerpo por la comunidad e Iglesia. Frente a todo este individualismo desencarnado, no hay Reino de Dios ni Encarnación de Cristo sin un pueblo y cuerpo que, desde la Gracia, siga haciendo presente e incorporando a Cristo y su Reino, con su salvación liberadora, en la historia.

La Iglesia es sacramento de salvación liberadora e integral, histórica y trascendente. Por tanto, es Iglesia pobre con los pobres que son carne y cuerpo (sacramento) histórico del Cristo Encarnado, Pobre y Crucificado. Desde la entraña y modelo del Dios Trinitario, Dios Comunión y Solidaridad, la Iglesia es la comunidad trinitaria, sacramento de comunión con Dios y de la unidad fraterna de toda la humanidad (PD 12). Tal como, asimismo, nos enseña todo ello el Concilio Vaticano II.

Esta salvación de Cristo, encarnada en el pueblo de Dios y su cuerpo sacramental-comunitario como es la Iglesia, se manifiesta de forma especial en la economía salvífica y liberadora de los sacramentos. Los sacramentos celebrados en la Iglesia, como cuerpo y sacramento de Dios en Cristo, son los símbolos reales del Reino y Pascua de Jesús. Por los sacramentos se hace presente, visibiliza e historiza la Gracia de Dios con su salvación liberadora del mal, pecado e injusticia (PD 13). Como símbolos reales de esta salvación de Cristo con su Reino y Pascua, los sacramentos y su celebración significan efectiva y transformadoramente la liberación integral de Dios.

Esta economía sacramental donde se asume la materialidad y bondad de la creación, por ejemplo el pan y vino con el que se celebra la Eucaristía, “se opone a las tendencias que proponen una salvación meramente interior… En cuanto somos salvados, en cambio, ‘por la oblación del cuerpo de Jesucristo’ (Hb 10, 10; cf. Col 1, 22), la verdadera salvación, lejos de ser liberación del cuerpo, también incluye su santificación (cf. Ro 12, 1)”.

“El cuerpo humano ha sido modelado por Dios, quien ha inscrito en él un lenguaje que invita a la persona humana a reconocer los dones del Creador y a vivir en comunión con los hermanos. El Salvador ha restablecido y renovado, con su Encarnación y su misterio pascual, este lenguaje originario y nos lo ha comunicado en la economía corporal de los sacramentos. Gracias a los sacramentos, los cristianos pueden vivir en fidelidad a la carne de Cristo y, en consecuencia, en fidelidad al orden concreto de relaciones que Él nos ha dado. Este orden de relaciones requiere, de manera especial, el cuidado de la humanidad sufriente de todos los hombres, a través de las obras de misericordia corporales y espirituales” (PD 14).

Por tanto, como nos muestra de igual forma el papa Francisco (LS 235-236), los sacramentos nos llevan a la conversión personal, social, ecológica e integral en la comunión con Dios, con la creación, con los otros y con los pobres. En la misericordia solidaria con sus sufrimientos e injusticias, con la lucha por la justicia social-global, en la comunión con la naturaleza para promover la justicia ambiental.

Todo lo anterior, lleva a la Iglesia a la misión en su anuncio del Cristo Salvador y Liberador con su Pascua, proclamando y realizando el Reino de Dios en la historia. Con el diálogo y encuentro fraterno con las otras culturas o religiones, para buscar juntos el bien universal, el amor, la paz y la justicia que trae Dios con su salvación liberadora universal para toda la humanidad (PD 15).

Una salvación y liberación integral que se consuma en la vida realizada, plena y eterna. “La salvación integral del alma y del cuerpo es el destino final al que Dios llama a todos los hombres. Fundados en la fe, sostenidos por la esperanza, trabajando en la caridad, siguiendo el ejemplo de María, la Madre del Salvador y la primera de los salvados, estamos seguros de que «somos ciudadanos del cielo, y esperamos ardientemente que venga de allí como Salvador el Señor Jesucristo” (PD 15).

Pelagianismo y gnosticismo según el papa Francisco

En la Carta Placuit Deo se alude al discurso que Francisco dirigió a los participantes en el V Congreso de la Iglesia italiana, el 10 de noviembre de 2015, en el ámbito de su visita pastoral a las ciudades de Prato y Florencia. En efecto, el Papa recordaba en su discurso que “prefiere una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos”.

Tentación pelagiana

Y añadía que sabemos que las tentaciones existen; son muchas las tentaciones que hay que afrontar. De ahí que en aquella oportunidad el Pontífice se refirió a dos de ellas: a la tentación pelagiana y a la tentación del gnosticismo. Así es que Francisco les dijo a propósito de la primera, que la tentación pelagiana “empuja a la Iglesia a no ser humilde, desinteresada y bienaventurada. Y lo hace con la apariencia de un bien”. Porque el pelagianismo “nos conduce a poner la confianza en las estructuras, en las organizaciones, en las planificaciones perfectas, siendo abstractas”.

Y añadía que “a menudo nos lleva también a asumir un estilo de control, de dureza, de normatividad”. Sí, porque “la norma da al pelagiano la seguridad de sentirse superior, de tener una orientación precisa. Allí encuentra su fuerza, no en la suavidad del soplo del Espíritu. Ante los males y los problemas de la Iglesia es inútil buscar soluciones en conservadurismos y fundamentalismos, en la restauración de conductas y formas superadas que ni siquiera culturalmente tienen capacidad de ser significativas”.

La doctrina cristiana –les decía el Papa– no es un sistema cerrado incapaz de generar preguntas, dudas, interrogantes, sino que está viva, sabe inquietar, sabe animar. Tiene un rostro que no es rígido, tiene un cuerpo que se mueve y crece, tiene carne tierna: la doctrina cristiana se llama Jesucristo.
Además, el Santo Padre decía a los participantes en el V Congreso de la Iglesia italiana que la reforma de la Iglesia es ajena al pelagianismo. “La misma no se agota en el enésimo proyecto para cambiar las estructuras. Significa en cambio injertarse y radicarse en Cristo, dejándose conducir por el Espíritu. Entonces todo será posible con ingenio y creatividad”.

Tentación del gnosticismo

Y de la otra tentación a la que se refería entonces el Obispo de Roma, la del gnosticismo, les decía que “conduce a confiar en el razonamiento lógico y claro, que pierde la ternura de la carne del hermano”. Sí porque “la fascinación del gnosticismo es la de una fe encerrada en el subjetivismo, donde sólo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos”. Por lo que “el gnosticismo no puede trascender”.

“La diferencia entre la trascendencia cristiana y cualquier forma de espiritualismo gnóstico – decía el Papa Francisco al concluir esta observación – está en el misterio de la Encarnación. No poner en práctica, no llevar la Palabra a la realidad, significa construir sobre arena, permanecer en la pura idea y degenerar en intimismos que no dan fruto, que hacen estéril su dinamismo”.


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