domingo, 21 de febrero de 2016

Lucas 9,28-36: Contexto de crisis

Lucas 9,28-36

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: "Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías." No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: "Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle." Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

—  Clave de lectura, por la Orden Carmelita

Pocos días antes, Jesús había anunciado que Él, el Hijo del Hombre, debía ser rechazado y crucificado por las autoridades (Lc 9,22; Mc 8,31). Según el Evangelio de Marcos y Mateo, los discípulos, sobre todo Pedro, no entendieron el anuncio de Jesús y quedaron escandalizados por la noticia (Mt 16,22; Mc 8,32). Jesús reaccionó duramente y se dirigió a Pedro llamándolo Satanás (Mt 16,23; Mc 8,33). Y esto, porque las palabras de Jesús no respondían al ideal de Mesías glorioso que ellos tenían en su mente.

Lucas no habla de la reacción de Pedro y de la dura respuesta de Jesús, pero cuenta, como hacen los otros, el episodio de la Transfiguración, por él entendido como una ayuda por parte de Jesús, de modo que los discípulos puedan superar el escándalo y cambiar de idea respecto al Mesías (Lc 9,28-36).

Llevando consigo a los tres discípulos, Jesús sube a una montaña a rezar, y en la oración, se transfigura.

— Una división del texto para ayudar a leerlo

i) Lucas 9,28: El momento de crisis
ii) Lucas 9,29: El cambio producido en la oración
iii) Lucas 9,30-31: La aparición de dos hombres y su conversación con Jesús
iv) Lucas 9,32-34: La reacción de los discípulos
v) Lucas 9,35-36: La voz del Padre

—  El contexto del discurso de Jesús:

En los dos capítulos precedentes del Evangelio de Lucas, se impone la novedad traída por Jesús y crecen las tensiones entre el Nuevo y el Antiguo Testamento. Jesús se da cuenta que ninguno había entendido su propuesta y mucho menos su persona. La gente pensaba que fuese como Juan el Bautista, Elías o cualquiera de los Profetas (Lc 9,18-19). Los discípulos lo aceptaban como el Mesías, pero como un Mesías glorioso, según la propaganda del gobierno y de la religión oficial del Templo (Lc 9,20-21).

Jesús trató de explicar a los discípulos que el camino previsto por los profetas era un camino de sufrimiento, por el papel asumido hacia los marginados, y el discípulo podía ser tal, sólo si tomaba su cruz (Lc 9,22-26). Pero no tuvo mucho éxito. Y en este contexto de crisis, es cuando sucede la Transfiguración.

En los años treinta la experiencia de la Transfiguración tuvo un significado muy importante en la vida de Jesús y de los discípulos. Les ayudó a superar la crisis de fe y a cambiar los propios ideales respecto al Mesías. En los años ochenta, época en la que escribe Lucas para sus comunidades cristianas de Grecia, el significado de la Transfiguración se intensificó y se propagó. A la luz de la resurrección de Jesús y de la expansión de la Buena Nueva entre los paganos en casi todos los países, desde la Palestina hasta Italia, la experiencia de la Transfiguración comenzaba a ser vista como una confirmación de la fe de las Comunidades Cristianas en Jesús, Hijo de Dios.

Los dos significados están presentes en la descripción e interpretación de la Transfiguración, en el evangelio de Lucas.

Lucas 9,28: El momento de crisis

Varias veces Jesús había entrado en conflicto con las gentes y con las autoridades religiosas y civiles de la época (Lc 4,28-29; 5,20-21; 6,2-11; 7,30-39; 8,37; 9,9). Él sabía que no le permitían hacer aquello que estaba haciendo. Antes o después, lo detendrían.

Además, en aquella sociedad, el anuncio del Reino, como lo hacía Jesús, no estaba tolerado. ¡O daba marcha atrás, o le esperaba la muerte! No había otra alternativa. Pero Jesús no retrocede. Por esto en el horizonte aparece la cruz, no ya como una posibilidad, sino como una certeza (Lc 9,22).

Junto a la cruz aparece la tentación de continuar el camino del Mesías Glorioso y no el de Siervo Sufridor Crucificado, anunciado por el profeta Isaías (Mc 8,32-33). En esta hora difícil, Jesús sube a la montaña para orar, llevando consigo a Pedro, Santiago y Juan. En la oración encuentra la fuerza para no perder la dirección de su misión (cfr Mc 1, 35).

Lucas 9,29: El cambio que tiene lugar durante la oración 

Apenas Jesús ora, su aspecto cambia y aparece glorioso. Su rostro cambia de aspecto y su vestido aparece blanco y refulgente. Es la gloria que los discípulos imaginaban para el Mesías. Este cambio de aspecto les demostraba que Jesús, de hecho, era el Mesías que todos esperaban. Pero lo que sigue del episodio de la Transfiguración indicará que el camino hacia la gloria es muy diverso del que ellos imaginaban. La transfiguración será una llamada a la conversión.

Lucas 9,30-31: Dos hombres aparecen y hablan con Jesús 

Junto a Jesús, en la misma gloria aparecen Moisés y Elías, los dos mayores exponentes del Antiguo Testamento, que representaban la Ley y los Profetas. Hablan con Jesús del “éxodo” que debería llevar a cumplimiento en Jerusalén”.

Así, delante de sus discípulos, la Ley y los Profetas confirman que Jesús es verdaderamente el Mesías Glorioso, prometido en el Antiguo Testamento y esperado por todo el pueblo. Además confirman que el camino hacia la Gloria pasa por la vía dolorosa del éxodo. El éxodo de Jesús es su Pasión, Muerte y Resurrección. Por medio de su “éxodo” Jesús rompe el dominio de la falsa idea divulgada, sea por el gobierno como por la religión oficial y que mantenía a todos enmarcados en la visión de un Mesías glorioso nacionalista.

La experiencia de la Transfiguración confirmaba que Jesús con su opción de Mesías Siervo constituía una ayuda para liberarlos de sus ideas falsas sobre el Mesías y descubrir un nuevo significado del Reino de Dios.

Lucas 9,32-34: La reacción de los discípulos 

Los discípulos estaban profundamente dormidos. Cuando se despertaron, pudieron ver la gloria de Jesús y los dos hombres que estaban con Él. Pero la reacción de Pedro indica que no se dieron cuenta del significado de la gloria con la que Jesús aparecía delante de ellos. Como nos sucede también tantas veces, sólo nos damos cuenta de lo que nos interesa.

El resto escapa a nuestra atención. “Maestro, bueno es estarnos aquí”. ¡Y no queremos descender de la montaña! Cuando se habla de Cruz, tanto en el Monte de la Transfiguración, como en el Monte de los Olivos (Lc 22,45), ¡ellos duermen! ¡A ellos les gusta más la Gloria que la Cruz! No les agrada oír hablar de la cruz. Ellos desean asegurar el momento de la gloria en el Monte, y se ofrecen para construir tres tiendas. Pedro no sabía lo que decía.

Mientras Pedro habla, una nube desciende de lo alto y les envuelve con su sombra. Lucas dice que los discípulos tuvieron miedo cuando la nube los envolvió. La nube es un símbolo de la presencia de Dios. La nube acompañó a la muchedumbre en su camino por el desierto (Ex 40, 34-38; Num 10,11-12). Cuando Jesús subió al cielo, fue cubierto por una nube y no lo vieron más (Act 1,9). Una señal de que Jesús había entrado para siempre en el mundo de Dios.

Lucas 9,35-36: La voz del Padre

Una voz sale de la nube y dice: “Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle”. Con esta misma frase el profeta Isaías había anunciado al Mesías–Siervo (Is 42,1). Después de Moisés y Elías, ahora es el mismo Dios quien presenta a Jesús como Mesías-Siervo, que llegará a la gloria mediante la cruz.

Y nos deja una advertencia final : “¡Escuchadle!”. En el momento en el que la voz celeste se hace sentir, Moisés y Elías desaparecen y queda Jesús solo. Esto significa, que de ahora en adelante es sólo Él, el que interpreta las Escrituras y la Voluntad de Dios. Es Él la Palabra de Dios para los discípulos: “¡Escuchadle!”

La afirmación “Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle” era muy importante para las comunidades de finales de los años ochenta. Por medio de esta afirmación, Dios Padre confirmaba la fe de los cristianos en Jesús como Hijo de Dios.

En el tiempo de Jesús, o sea, hacia los años 30, la expresión Hijo del Hombre indicaba una dignidad y una misión muy elevada. Jesús mismo relativizaba el término y decía que todos son hijos de Dios (cfr Jn 10,33-35). Pero para pocos el título de Hijo de Dios se convirtió en el resumen de todos los títulos, más de ciento, que los primeros cristianos dieron a Jesús en la segunda mitad del siglo primero. En los siglos siguientes, fue en este título de Hijo de Dios, donde la Iglesia concentró toda su fe en la persona de Jesús.

La Transfiguración se narra en los tres evangelios: 
Mateo (Mt 17,1-9), Marcos (Mc 9,2-8) y Lucas (Lc 9,28-36)

Señal de que este episodio recogía un mensaje muy importante. Como hemos dicho, se trató de una ayuda muy grande para Jesús, para sus discípulos y para las primeras comunidades. Confirmó a Jesús en su misión en cualidad de Mesías-Siervo. Ayudó a los discípulos a superar la crisis que la cruz y el sufrimiento les causaban. Llevaba a las comunidades a profundizar en su fe en Jesús, Hijo de Dios, Aquél que reveló el Padre y que se convirtió en la nueva clave para interpretar la Ley y los Profetas.

La Transfiguración continúa siendo una ayuda para superar las crisis que el sufrimiento y la cruz nos producen hoy. Los discípulos soñolientos son el espejo de todos nosotros. La voz del Padre se dirige a ellos, como a nosotros: “¡Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle!”

Transfiguración y agonía en el Huerto de los Olivos

El evangelio de Lucas muestra una gran semejanza entre la Transfiguración (Lc 9,28-36) y la escena de la Agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos (Lc 22,39-46)

Se puede percibir lo siguiente: en los dos episodios, Jesús sube a una Montaña para orar y lleva consigo a sus tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan.

En las dos ocasiones, Jesús cambia de aspecto y se transfigura delante de ellos: glorioso en la Transfiguración, sudando sangre en el Huerto de los Olivos.

Las dos veces aparecen figuras celestiales para confortarlo, Moisés y Elías y un ángel del cielo.

Y tanto en la Transfiguración como en el Huerto, los discípulos duermen, se muestran extraños al hecho y parece que no entienden nada.

Al final de los dos episodios, Jesús se reúne de nuevo con sus discípulos.

Sin duda alguna, Lucas tuvo la intención de acentuar la semejanza de estos episodios.

A modo de conclusión

Hay momentos en la vida en los que el sufrimiento es tan grande que una persona llega a pensar: ¡Dios me ha abandonado! Y de improviso la persona descubre que Él jamás se ha alejado, sino que la persona tenía los ojos vendados y no se daba cuenta de la presencia de Dios. Entonces todo cambia y se transfigura. ¡Es la Transfiguración! Sucede cada día en nuestra vida.

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Lucas 9,28b-36: Subió al monte a orar, por Raniero Cantalamessa


Lucas 9,28-36

Cristo debía antes sufrir y morir para que se entendiera qué tipo de Mesías era. Es sintomático que la única vez que Jesús se proclama Él mismo Mesías es mientras se encuentra encadenado ante el Sumo Sacerdote, a punto de ser condenado a muerte, ya sin posibilidades de equívocos.

Subió al monte a orar

El Evangelio del domingo relata el episodio de la Transfiguración. Lucas, en su evangelio, dice también el motivo por el que Jesús aquel día «subió al monte»: lo hizo «para orar». Fue la oración la que hizo su vestido blanco como la nieve y su rostro resplandeciente como el sol. Parto de este episodio para examinar el lugar que ocupa en toda la vida de Cristo la oración y qué nos dice ésta sobre la identidad de su persona.

Dios y hombre

Alguien dijo: «Jesús es un hombre judío que no se siente idéntico a Dios. No se reza de hecho a Dios si se piensa que se es idéntico a Dios». Dejando de lado por el momento el problema de qué pensaba Jesús de sí mismo, esta afirmación no tiene en cuenta una verdad elemental: Jesús es también hombre, y es como hombre que ora. Dios tampoco podría tener hambre y sed, o sufrir, pero Jesús tiene hambre y sed, y sufre, porque también es hombre.

Al contrario, veremos que es precisamente la oración de Jesús la que nos permite echar un vistazo al misterio profundo de su persona. Es un hecho históricamente comprobado que Jesús, en su oración, se dirigía a Dios llamándole Abbà, esto es, querido padre, padre mío, y hasta mi papá. Este modo de dirigirse a Dios, aún no del todo ignorado antes de Él, es tan característico de Cristo que obliga a admitir una relación única entre Él y el Padre celestial.

Escuchemos una de estas oraciones de Jesús, recogida por Mateo: «En aquel tiempo, Jesús dijo: "Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar"» (Mt 11, 26-27). Entre Padre e Hijo existe, como se ve, una reciprocidad total, «una estrecha relación familiar». También en la parábola de los viñadores homicidas emerge claramente la relación única, como de hijo a padre, que Jesús tiene con Dios, diferente a la de todos los demás que son llamados «siervos» (Mc 12, 1-10).

Hijo de Dios e hijo del hombre

En este punto surge en cambio una objeción: ¿por qué entonces Jesús no se atribuyó jamás abiertamente el título de Hijo de Dios durante su vida, sino que habló siempre de sí como del «hijo del hombre»? El motivo es el mismo por el que Jesús no dice nunca que es el Mesías, y cuando otros le llaman con este nombre se muestra reticente, o incluso prohíbe que lo digan. La razón de esta forma de comportarse es que aquellos títulos los entendía la gente en un sentido preciso que no correspondía a la idea que Jesús tenía de su misión.

Hijo de Dios eran llamados un poco todos: los reyes, los profetas, los grandes hombres; por Mesías se entendía al enviado de Dios que habría combatido militarmente a los enemigos y reinaría sobre Israel. Era la dirección en la que buscaba empujarle el demonio con sus tentaciones en el desierto... Sus propios discípulos no habían comprendido esto y continuaban soñando con un destino de gloria y de poder. Jesús no intentaba ser este tipo de Mesías. «No he venido -decía- para ser servido, sino para servir». Él no ha venido para quitar a nadie la vida, sino para «dar la vida en rescate de muchos».

Cristo debía antes sufrir y morir para que se entendiera qué tipo de Mesías era. Es sintomático que la única vez que Jesús se proclama Él mismo Mesías es mientras se encuentra encadenado ante el Sumo Sacerdote, a punto de ser condenado a muerte, ya sin posibilidades de equívocos: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios Bendito?», le pregunta el Sumo Sacerdote, y Él responde: «¡Yo soy!» (Mc 14,61 s.).

Todos los títulos y las categorías dentro de las cuales los hombres, amigos y enemigos, intentan situar a Jesús durante su vida aparecen estrechas, insuficientes. Él es un maestro, «pero no como los demás maestros», enseña con autoridad y en nombre propio; es hijo de David, pero es también Señor de David; es más que un profeta, más que Jonás, más que Salomón. La cuestión que la gente se planteaba: «¿Quién es éste?» expresa bien el sentimiento que reinaba en torno a Él como de un misterio, de algo que no se conseguía explicar humanamente.

El intento de ciertos críticos de reducir a Jesús a un judío normal de su tiempo, que no dijo ni hizo nada especial, choca completamente con los datos históricos más ciertos que poseemos sobre Él y se explica sólo con el rechazo por prejuicios de admitir que algo trascendente pueda aparecer en la historia humana. Entre otras cosas, no explica cómo un ser tan normal se convirtiera (según los mismos críticos) en «el hombre que cambió el mundo».

La transfiguración del cuerpo

Volvamos ahora al episodio de la Transfiguración para sacar de él alguna enseñanza práctica. También la Transfiguración es un misterio «para nosotros», nos contempla de cerca. San Pablo, en la segunda lectura, dice: «El Señor Jesucristo transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo». El Tabor es una ventana abierta a nuestro futuro; nos asegura que la opacidad de nuestro cuerpo un día se transformará también en luz; pero es también un reflector que apunta a nuestro presente; evidencia lo que ya es ahora nuestro cuerpo, por encima de sus míseras apariencias: el templo del Espíritu Santo.

El cuerpo no es para la Biblia un apéndice prescindible del ser humano; es parte integrante de él. El hombre no tiene un cuerpo, es cuerpo. El cuerpo ha sido creado directamente por Dios, asumido por el Verbo en la encarnación y santificado por el Espíritu en el bautismo. El hombre bíblico se queda encantado ante el esplendor del cuerpo humano: «Me has tejido en el vientre de mi madre. Prodigio soy, prodigios son tus obras» (Sal 139). El cuerpo está destinado a compartir eternamente la misma gloria del alma: «Cuerpo y alma, o serán dos manos juntas en eterna adoración, o dos muñecas esposadas por una maldad eterna» (Ch. Péguy). El cristianismo predica la salvación del cuerpo, no la salvación a partir del cuerpo, como hacían, en la antigüedad, las religiones maniqueas y gnósticas y como hacen aún hoy algunas religiones orientales.

¿Pero qué decir a quien sufre? ¿A quien debe asistir a la «desfiguración» de su propio cuerpo o de un ser querido? Para ellos es tal vez el mensaje más consolador de la Transfiguración: «Él transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo». Serán rescatados los cuerpos humillados en la enfermedad y en la muerte. También Jesús, de ahí en poco tiempo, será «desfigurado» en la pasión, pero resurgirá con un cuerpo glorioso, con el que vive eternamente, con quien la fe nos dice que iremos a reunirnos después de la muerte. 

sábado, 20 de febrero de 2016

Filipenses 3,17-4,1: La ciudadanía celestial

Filipenses 3,17-4,1
Viernes de la 31 Semana del Tiempo Ordinario II,
Domingo de la 2 Semana de Cuaresma, ciclo C (3,20-4,1)

Seguid mi ejemplo, hermanos, y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros. Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas. Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo. Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.

Salmo 26: El Señor es mi luz y mi salvación

Domingo de la 2 Semana de Cuaresma, ciclo C

Salmo 26: El Señor es mi luz y mi salvación

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?
R. El Señor es mi luz y mi salvación

Escúchame, Señor, que te llamo;
ten piedad, respóndeme.
Oigo en mi corazón:
"Buscad mi rostro."
R. El Señor es mi luz y mi salvación

Tu rostro buscaré, Señor,
no me escondas tu rostro.
No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio.
R. El Señor es mi luz y mi salvación

Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor.
R. El Señor es mi luz y mi salvación

Lucas 9,28b-36: La transfiguración de Jesús

Lucas 9,28b-36


En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: "Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías." No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: "Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle." Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.


SOBRE EL MISMO TEMA:

Deuteronomio 26,16-19: Israel, pueblo de Dios

Deuteronomio 26,16-19
Sábado de la 1 Semana de Cuaresma

Moisés habló al pueblo, diciendo: "Hoy te manda el Señor, tu Dios, que cumplas estos mandatos y decretos. Guárdalos y cúmplelos con todo el corazón y con toda el alma. Hoy te has comprometido a aceptar lo que el Señor te propone: Que él será tu Dios, que tú irás por sus caminos, guardarás sus mandatos, preceptos y decretos, y escucharás su voz. Hoy se compromete el Señor a aceptar lo que tú le propones: Que serás su propio pueblo, como te prometió, que guardarás todos sus preceptos, que él te elevará en gloria, nombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho, y que serás el pueblo santo del Señor, como ha dicho."

Salmo 118: Dichoso el que camina en la voluntad del Señor

Sábado de la 1 Semana de Cuaresma

Salmo 118: Dichoso el que camina 
en la voluntad del Señor

Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la voluntad del Señor;
dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón.
R. Dichoso el que camina 
en la voluntad del Señor

Tú promulgas tus decretos
para que se observen exactamente.
Ojalá esté firme mi camino,
para cumplir tus consignas.
R. Dichoso el que camina 
en la voluntad del Señor

Te alabaré con sincero corazón
cuando aprenda tus justos mandamientos.
Quiero guardar tus leyes exactamente,
tú, no me abandones.
R. Dichoso el que camina 
en la voluntad del Señor

viernes, 19 de febrero de 2016

La Misericordia: las 3 palabras bíblicas, por Severino María Alonso, cmf.


En hebreo existen tres palabras para expresar lo que, en sentido bíblico, se entiende por “misericordia”. Son tres palabras cuyas etimologías nos revelan una gran riqueza de contenido.

— "Hessed"

La palabra “hesed” es la que más traducen los LXX y la Vulgata por “misericordia”. “Hesed” designa la totalidad de deberes que incumben a quienes se hallan unidos por el vínculo de la parentela, de la amistad, de la hospitalidad, de la alianza. El “hesed” lleva consigo la asistencia, la fidelidad, la lealtad, la solidaridad, el amor que se deben entre sí miembros de una comunidad.

“Hesed” no es sólo un sentimiento; es acción, bondad activa. Resume el conjunto de actitudes que explican una verdadera amistad, como la confianza recíproca, la mutua transparencia, la fidelidad a la palabra dada, la disponibilidad, el espíritu de servicio, la gratuidad, etc.

"Hay una palabra hebrea que resulta intraducible y que viene a ser como la expresión de una actitud fundamental y de un comportamiento. Es la palabra “hesed”. Se encuentra en la Biblia, sobre todo, en los salmos. Explica el comportamiento que debería ser normal entre dos o más personas unidas por parentesco, amistad, alianza. Expresa la idea de fidelidad en el cumplimiento de los mutuos deberes o de los compromisos contraídos, y un sentimiento de profunda cordialidad. No se trata de una fría y calculada exactitud en el cumplimiento de las cláusulas de un contrato, sino de una fidelidad exquisita, impregnada de amor.

— "Rahamim"

“Rahamim” es el plural del sustantivo “raham”, que significa “seno materno”. La traducción literal sería “entrañas maternales”. Esta palabra manifiesta el carácter 'entrañable', 'maternal' y hasta 'femenino' del amor misericordioso de Dios. ¿No se ha comparado él mismo a una madre, que lleva a su hijo en las entrañas? (cf Is 49,15).

Las tres palabras -hen, hesed, rahamim-, y por este mismo orden, se encuentran en el primer versículo del salmo 50, conocido con el nombre de 'miserere'. Las traducciones de los distintos autores, todas diversas, revelan la riqueza y variedad de contenido de esos vocablos.

Juan Pablo II, en la encíclica Dives in misericordia, n.52 (30 de noviembre de 1980) se detiene en el análisis filológico de las palabras “hesed” y “rahamim”:

"El término hesed indica una actitud profunda de bondad. Cuando esta actitud se da entre dos hombres, éstos son no solamente benévolos el uno con el otro, sino al mismo tiempo fieles en virtud de un compromiso interior, por tanto, en virtud de una fidelidad hacia sí mismos. Si hesed significa también gracia o amor, esto es precisamente en base a tal fidelidad... Su aspecto más profundo:...amor que da, amor más fuerte que la traición, gracia más fuerte que el pecado...

El segundo vocablo, que en la terminología del antiguo testamento sirve para definir la misericordia, es rahamim... Rahamim, ya en su raíz, denota el amor de la madre (raham = regazo materno). Desde la unidad que liga a la madre con el niño brota una relación particular con él, un amor particular. Este amor es gratuito, no fruto de mérito, y constituye una necesidad interior: es una exigencia del corazón. Es una variante casi femenina de la fidelidad masculina a sí mismo, expresada en el hesed. Rahamim engendra una escala de sentimientos, entre los que están la bondad y la ternura, la paciencia y la comprensión, es decir, la disposición a perdonar".

— "Hen, hanan"

El sustantivo “hen” deriva del verbo “hanan”, que significa “inclinarse”. Expresa la actitud de una persona, supuestamente mayor y más fuerte, que se inclina con bondad y cariño sobre otra para protegerla y ayudarla.

Implica un sentimiento de amor gratuito y un sincero deseo de prestar ayuda y protección. Es la actitud de la mamá que se inclina sobre su bebé para manifestarle su ternura, haciéndole sentir su cercanía y presencia.

El verbo “hanan” expresa también la idea de “mirar con amor”, es decir, de fijar los ojos en alguien con gran cariño. Para traducir, por parte de la persona que descubre esa mirada que se posa sobre ella, hallamos una expresión bíblica original: “Hallar gracia delante de uno”. Por ejemplo, Noé ante Yahwé (cf Gén 6,8); Esther ante el rey Asuero (cf Esth 5,8); el humilde ante Dios (cf Ecc 3,20); y, sobre todo, María ante el Señor (cf Lc 1,30).

El ángel, después de llamar a María "llena de gracia" (cf Lc 1,28), es decir, muy especialmente agraciada por Dios, le dice: "Has hallado gracia delante de Dios" (Lc 1,30). Que es como si le dijera: Dios, por iniciativa suya, se ha inclinado benévolamente hacia ti para colmarte de bendiciones. Reconoce y acepta esa mirada de inmensa ternura.

Como dirá Santo Tomás: el amor de Dios no supone sino que crea y difunde la bondad y la belleza en las personas a las que gratuitamente ama. La persona, así 'recreada' por la 'primera' mirada de Dios, atrae una 'segunda' mirada, ya del todo complacida, del mismo Dios.

La oración cristiana puede explicarse como "dejarse mirar amorosamente por Dios". El mayor pecado consiste en "no creer en el amor de Dios" y 'rehuir su mirada'. ¿No es ése el mayor pecado de Judas, después de haber traicionado al Maestro, desesperándose por haber desconfiado de su misericordia? (cf Mt 27,3-5). ¡Si se hubiera dejado mirar por él, como lo hizo Pedro (cf Lc 22,61-62), habría descubierto en sus ojos tan entrañable misericordia que, en vez de ahorcarse desesperado, se hubiera convertido y hoy le reconoceríamos y veneraríamos como santo! Y, si el joven rico, a quien Jesús miró con cariño (cf Mc 10,17-22), en vez de bajar la vista, mirándose a sí mismo y sus riquezas, hubiera mirado a los ojos de Jesús, habría encontrado tanto amor y tanta fortaleza en aquella mirada, que no le hubiera costado renunciar a todos los bienes para seguirle.

¡Si, incluso después de nuestro pecado, nos dejamos mirar por Jesús, confiando infinitamente en su infinita misericordia, su mirada nos salvará!

PALABRAS RELACIONADAS:
Compasión
Paciente
Simpatía
Sufrimiento y Compasión

jueves, 18 de febrero de 2016

Salmo 129,1-2.3-4.5-7a.7bc-8: Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?

Viernes de la 1 Semana de Cuaresma

Salmo 129,1-2.3-4.5-7a.7bc-8: 
Si llevas cuenta de los delitos, Señor, 
¿quién podrá resistir?

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.
R. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, 
¿quién podrá resistir?

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.
R. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, 
¿quién podrá resistir?

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora.
R. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, 
¿quién podrá resistir?

Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.
R. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, 
¿quién podrá resistir?

martes, 16 de febrero de 2016

Sufrimiento y compasión, por Olo


¿De qué trata, en qué consiste el sufrimiento? Con la palabra sufrimiento sucede algo parecido a lo que San Agustín decía de la palabra tiempo: todos sabemos lo que significa pero es muy difícil explicar su significado. Recurriré primero a la gramática, luego a la etimología.

Tiene esta palabra el mismo sufijo, "-imiento", que tienen otras muchas que nombran conceptos que se desarrollan en el tiempo: cumplimiento, el proceso temporal de cumplir con algo; padecimiento, el de padecer durante un tiempo; acontecimiento, un suceso que está teniendo lugar; sentimiento, un sentir que se tiene o se tuvo de forma continuada; etcétera.

Desde esta perspectiva, el sufrimiento sería un sufrir a lo largo del tiempo, un sufrir del que sabemos que se va a prolongar hacia el futuro.

Busquemos ahora la etimología de sufrir. Viene del latín “sufferre”, compuesto a su vez del prefijo “su-“ que significa debajo y del verbo “–ferre”, que significa llevar. El significado de sufrir sería soportar, estar debajo de lo que se porta, equivalente a sobrellevar, llevar o cargar algo encima. Es decir, cargar con un peso, con algo penoso o doloroso.

De acuerdo con este análisis, sufrimiento es soportar o sobrellevar en el presente y hacia el futuro un peso o una pena ajenos a lo esencial de uno mismo.

Hay dos manifestaciones del sufrimiento, la física (dolor) y la mental (pena). Sufrimiento es dolor y/o pena soportados a lo largo del tiempo.

Una característica fundamental del sufrimiento es que lo soporto yo, que es enteramente mío, que solo existe para el individuo que lo está viviendo, dentro del cual reside. Pero hay en la naturaleza humana algo cuyo sentido es compensar, contrarrestar, neutralizar a ese sufrimiento interno… desde fuera.

Ese algo es la compasión.

El dualismo sufrimiento/compasión es el elemento central de la concepción cristiana de la vida. El sufrimiento es consustancial con nuestra naturaleza, sin embargo, el amor a los demás encarnado en el prójimo es, como una variante del amor a Dios, lo único que puede aliviarnos del sufrir.

La compasión es la acción de compadecer, es decir, de padecer-con el que sufre. Pero ¿cómo se puede padecer con el que sufre? Compartiendo, si no su dolor, sí su pena y su angustia, y dándole al que sufre fuerza contra su debilidad, ternura contra su amargura y luz contra su desesperanza. En definitiva, acompañándolo en su largo y durísimo camino. Esto, ¡qué difícil es!

Lo que está claro para mi, al menos lo está intelectualmente, ojalá lo estuviera también vitalmente… es que la única solución duradera contra el sufrimiento es la compasión. Que siendo la lucha continua contra el sufrimiento y sus causas la actividad más legítima en que los humanos podemos emplear nuestros esfuerzos, nuevas formas de sufrimiento aparecerán siempre que traerán consigo, afortunadamente, nuevas formas de compasión. Así es la condición humana.

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Compasión
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Las tres palabras bíblicas para traducir "misericordia"  

Significado de Paciente

La palabra “paciente” tiene al menos dos significados:

1. Alguien que sufre una enfermedad
2. Alguien que tiene paciencia

La palabra “paciente” viene del latín “patiens”, que significa sufriente, sufrido. El verbo “pati, patior” significa sufrir. El paciente es el que sufre calladamente,

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Simpatía 
Sufrimiento y Compasión

Significado de Simpatía


La palabra “simpatía” que aplicamos normalmente a la inclinación afectiva de las personas y sus sentimientos hacia los demas viene del latín “sympathía”, y éste a su vez del griego συμπαθεια, (simpatheia), un compuesto del prefijo syn- (reunión, convergencia) y la raíz παθος (pathos), que significa experiencia, afección, dolencia, sufrimiento.

Se corresponde con el latín “compassio” , “compassionis”, que también tiene ese sentido y que nos da la palabra “compasión”.

¿Pero qué significa en griego συμπαθεια? Lo que nosotros llamamos enfermedades psicosomáticas, el filósofo Epicuro lo define como “simpatía”, es decir, consiste en una dolencia compartida por el cuerpo y la mente, que experimentan una “compasión”.

Cuando los físicos hablan hoy de “resonancia”, los filósofos griegos venían a decir lo mismo utilizando la palabra “simpatía”, como por ejemplo al hablar de las cuerdas que vibran. En el lenguaje pirotécnico se dice que las carcasas se prenden y estallan por “simpatía”.

La palabra griega παθος ha producido en nuestro lenguaje muchas palabras, como patología, osteopatía, patético, etc., y de deriva del verbo πασχειν: experimentar, sufrir.

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Sufrimiento y Compasión

Significado de Compasión y Compadecer

La palabra “compasión” viene del latín “compassio” y significa “sentimiento de tristeza que se siente al ver sufrir al otro”. Sus componentes léxicos son: el prefijo “con-“ (convergencia, reunión, junto), “patior” (padecer, sufrir), y el sufijo “-cion”, que denota acción y efecto.

La palabra “compadecer” significa “sentir lástima por un sufrimiento ajeno”. Sus componentes léxicos son: el prefijo “con-“ (convergencia, reunión, junto), “pati” (sufrir, padecer, soportar) y el sufijo “-ecer”, que denota un proceso durativo.

En ambos casos, la persona que siente compasión y se compadece de otra participa de su sufrimiento según el sentido etimológico de ambos términos.

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Paciente
Sufrimiento y Compasión  

Significado de la palabra Misericordia



La palabra “misericordia” viene del latín “misericordia”, término a su vez formado de “miser-“ (desdichado, que causa compasión), cor, cordis (corazón) y el sufijo "-ia", que indica cualidad o virtud.

Esta palabra se refiere a la capacidad de sentir y compadecerse por la desdicha de los demás. El lugar donde se ubica este sentimiento es el corazón.



Isaías 55,10-11: Fe en la Palabra de Dios

Isaías 55,10-11

Así dice el Señor: "Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo."

— Comentario por Reflexiones Católicas

El capítulo 55 del Libro de Isaías concluye la serie de oráculos del Segundo Isaías (cc. 40-55) y recoge en síntesis los temas que contiene: el perdón, la vuelta a la patria, la participación de la naturaleza en la salvación, el poder de la Palabra de Dios.

Esta última es mediadora entre Dios y el hombre; permite encontrarlo en su “cercanía” (v. 6) y no sentirlo ausente en su aparente “lejanía”, porque “sus caminos no son nuestros caminos” (v. 9), como recordaban los versículos inmediatamente precedentes.

La Palabra es una realidad viva, enviada del cielo para revelar y llevar a cabo la salvación. Es, pues, “eficaz;”, capaz de lograr su finalidad, como la lluvia y la nieve que riegan y fecundan la tierra. ¿Puede darse una imagen más alentadora para un pueblo desterrado, al que se le ha anunciado el retorno a la patria, pero que siente su propia fragilidad para mantener viva la esperanza?

Isaías, profeta del consuelo, ha manejado cuanto hay de bello y de hermoso en el mundo para devolver a su pueblo la ilusión y la esperanza. El profeta tiene la seguridad de que el Señor está presente en los sufrimientos de su pueblo. Esta convicción arranca de la palabra del Señor, dada y mantenida de generación en generación.

El pueblo de Dios, como la Iglesia de Cristo, tiene que volver siempre a la fuerza sobre la que se asienta la esperanza. Uno de estos pilares es la Palabra del Señor.

Isaías la compara con la lluvia y la nieve. Debemos creer en la fuerza salvadora de la palabra de Dios. No hemos sido salvados solamente por la sangre de Cristo. Es verdad que la maldad del hombre llevó al Hijo de Dios hasta la cruz. Pero la salvación nos viene por la palabra de Dios cumplida en la plenitud de los tiempos. Dios, que nos ama, nos perdona en su Hijo encarnado. Nuestra salvación se va operando en la capacidad de fiarnos de Dios y de su Hijo. Quien se fía de Dios y da por buena y salvadora su palabra entra a formar parte de su Pueblo. Este es el mensaje que nos quiere inculcar el profeta en esta lectura de hoy.

El profeta conoce la eficacia silenciosa del agua y de la nieve. Empapar, fecundar, hacer germinar y dar semilla y pan. La palabra de Dios no se queda en las nubes, sino que encaja en lo más profundo del ser humano.

En su Hijo ha venido a encarnarse. Dios ha tomado en serio la palabra que juró a Abrahám, Isaac y Jacob. No es Dios de de muertos. A nosotros, los hijos de la promesa, nos dio su Palabra hecha carne como testamento de su amor. Aquí radica toda la fuerza salvadora de nuestra fe.

Creer no es crear ni inventar. Creer es fiarse. Fiarse de Dios y de su Palabra y apostar por él con seguridad convencida.

Creer no es tampoco empeñarse en saber. Creer quiere decir simplemente saber que Dios lo sabe, aun cuando tú estés a oscuras, y que te ama, aun cuando tú no lo sientas.

Todos estamos necesitando una vuelta a la simplicidad. Tenemos que volver a pensar que nuestra fuerza está en la Palabra de Dios. Muchos son los cristianos que creen en la acción, en la dinámica, en las planificaciones. El profeta Isaías cree en la fuerza de la palabra de Dios que no volverá a Él sin haber cumplido su encargo. Su encargo es crear de la nada un pueblo nuevo.

— Misterio del agua, Misterio de la Palabra 

Se pone aquí muy de relieve el tema de la vida de dos maneras muy precisas: en primer lugar, la vida que se sustenta por medio de una alimentación substancial: venid todos los que tenéis sed, aquí tenéis agua. Después, la vida que tiene su manantial en la alianza ofrecida por el Señor. De esta forma es alimentado por Dios el bautizado en su vida de nueva criatura, e incluido en la Alianza.

Esto conlleva una docilidad a la palabra de Dios, docilidad que la mayoría de las veces es fe absoluta; porque los planes del Señor no son los nuestros.

Por otra parte, la palabra del Señor es poderosa y obra lo que quiere:

así será mi Palabra que sale de mi boca: 
no volverá a mi vacía, 
sino que hará mi voluntad 
y cumplirá mi encargo. 

Un estricto comentario exegético no puede ver aquí una alusión a los sacramentos. Sin embargo, la tradición cristiana y la selección de la celebración litúrgica imponen este significado. El agua y la palabra son sacramentos eficaces y transforman al pecador en creatura nueva.

La palabra convierte y el agua alimenta al que ha decidido seguir la palabra. Entramos en relación vital con Dios y nos hacemos conscientes de que nuestra vida depende del agua que nos ofrece y de la palabra eficaz que nos dirige. 

lunes, 15 de febrero de 2016

¿Qué es una perícopa?

Del griego περικοπη (pericopé): "corte".

Episodio de la Biblia que ha adquirido notoriedad por leerse durante la celebración litúrgica.

Se utiliza en la exégesis del Nuevo Testamento para presentar textos que pertenecen a tradiciones autónomas sobre Jesús de Nazaret, utilizadas por los evangelistas como material para redactar los evangelios.

En la retórica designa a un grupo de versos con un sentido unitario coherente. 

Salmo 18: Dios Creador y de la Alianza

Salmo 18: Tus palabras, Señor, 
son espíritu y vida  

La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye al ignorante.
R. Tus palabras, Señor, 
son espíritu y vida

Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos.
R. Tus palabras, Señor, 
son espíritu y vida

La voluntad del Señor es pura
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos.
R. Tus palabras, Señor, 
son espíritu y vida

Que te agraden las palabras de mi boca,
y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón,
Señor, roca mía, redentor mío.
R. Tus palabras, Señor, 
son espíritu y vida

— Comentario por Reflexiones Católicas

El salmo 18 mezcla dos tipos de salmo, lo que ha llevado a mucha gente a dividirlo en dos. Del versículo 2 al 7 tenemos un himno de alabanza. El cielo y el firmamento, el día y la noche, cantan las alabanzas de quien los creó. Se trata de un himno de alabanza al Dios creador. La segunda parte (8-15) es de estilo sapiencial y presenta una reflexión sobre la ley del Señor.

Primera parte:

En la primera parte (2-7) tenemos una solemne alabanza al Creador del universo: el cielo, el firmamento, el día, la noche y, sobre todo, el sol, proclaman, sin palabras, la gloria de quien los creó. La alabanza silenciosa es muy importante, pues viene a decir que las palabras no son capaces de expresar todo lo que se siente. El sol es comparado con el esposo que sale de la alcoba y con un atleta que recorre el camino que se le ha señalado.

Esta primera parte de este salmo presenta una tensión

Casi todos los pueblos vecinos de Israel consideraban al sol y a los astros como dioses. Pero para el salmista, el cielo y el firmamento son como una especie de gran tejido en el que Dios ha dejado impresos algunos signos de su amor creador. Las creaturas hablan de la grandeza de su Creador. Cada día le entrega al siguiente una consigna, lo mismo que cada noche a la posterior: han de ser anunciadores silenciosos del amor del Creador. Aun sin usar palabras, su mensaje silencioso llegará hasta los límites del orbe.

El sol no es Dios sino una creatura de Dios. En aquel tiempo, se creía que el astro rey giraba alrededor de la tierra. Por eso se suponía que, por la mañana, salía de la tienda invisible que Dios había levantado para él en Oriente como el esposo de la alcoba, para recorrer su órbita como un héroe o un atleta, hasta entrar de nuevo en su tienda en Occidente. Como el esposo, porque es sinónimo de fecundidad; como un héroe, porque nada ni nadie escapa a su calor; como un atleta, porque nadie lo puede detener.

Segunda parte:

En la segunda parte del salmo (8-15) encontramos un poema sapiencial cuyo tema central es la ley del Señor, a la que se designa también como «testimonio» (8b), «preceptos» 9a), «mandamiento» (9b), «temor» (10a) y «decretos» (10b). Son seis términos que se emplean para indicar básicamente la misma realidad. Al lado de cada una de estas palabras se repite el nombre propio de Dios: «el Señor» —Yavé en el original hebreo— (en esta segunda parte, este nombre aparece siete veces) y también un adjetivo: «perfecta», «veraz», «rectos», «transparente», «puro», «verdaderos».

Después de cada una de estas afirmaciones se presenta a la persona o realidad que se beneficia de los efectos de la ley: el alma descansa (8a), el ignorante es instruido (8b), el corazón se alegra (9a), los ojos reciben luz (9b). Todo esto se resume en dos comparaciones: la ley es más preciosa que el oro más puro (es decir, más que lo más valioso que existe) y más dulce que la miel (la miel es lo más dulce que hay). Con otras palabras, este poema afirma que la ley es lo más valioso y lo más dulce que existe.

Después de elogiar la ley perfecta, el salmista se contempla a sí mismo imperfecto, impuro, arrogante y pecador (12-14), y concluye expresando un deseo: que las palabras de este salmo, en forma de meditación, le agraden al Señor, su roca, su redentor.

La segunda parte también esconde una tensión con las «naciones»

Para Israel, el gran don que Dios le ha comunicado se llama «ley». Por medio de ella dejó perfectamente claro en qué consistía su proyecto y cuáles eran las condiciones para que Israel fuera su aliado. ¿Qué es lo que tiene Israel que ofrecerle a las naciones? Una ley perfecta y justa, fruto de la alianza con Dios: «¿Qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos a ella como lo está de nosotros el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos? ¿Qué nación hay tan grande que tenga leyes y mandamientos tan justos corno esta ley que yo os propongo hoy?» (Dt 4,7-8).

Después de hablar de la perfección de la ley, el salmista piensa en la propia fragilidad (12-15). Se siente pequeño. La ley es perfecta, él es imperfecto. La ley es pura como el oro fino, pero él tiene que ser purificado de las faltas que haya podido cometer sin darse cuenta. El problema principal consiste en la posibilidad del orgullo o la arrogancia que, dominan a la persona.

El salmo ofrecer dos imágenes muy intensas:

  • la del Dios de la Alianza (8-15), que entrega la ley a su pueblo, 
  • la del Dios Creador, reconocido por sus criaturas (2-7). 

El Nuevo Testamento vio en Jesús el cumplimiento perfecto de la nueva Alianza; Jesús es aquel que permite ver de manera perfecta al Padre (Jn 1,18; 14,9). Jesús alaba al Padre por haber revelado sus designios a los sencillos (Mt 11,25) e invitó a aprender de los lirios del campo y de las aves del cielo la lección del amor que el Padre nos tiene (6,25-30). Es un salmo que puede y debe ser rezado cuando queremos librarnos de la arrogancia y del orgullo... 

Levítico 19,1-2.11-18: Santidad de Dios y respeto por el prójimo

Levítico 19,1-2.11-18

El Señor habló a Moisés: "Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: "Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo. No robaréis ni defraudaréis ni engañaréis a ninguno de vuestro pueblo. No juraréis en falso por mi nombre, profanando el nombre de Dios. Yo soy el Señor. No explotarás a tu prójimo ni lo expropiarás. No dormirá contigo hasta el día siguiente el jornal del obrero. No maldecirás al sordo ni pondrás tropiezos al ciego. Teme a tu Dios. Yo soy el Señor. No daréis sentencias injustas. No serás parcial ni por favorecer al pobre ni por honrar al rico. Juzga con justicia a tu conciudadano. No andarás con cuentos de aquí para allá, ni declararás en falso contra la vida de tu prójimo. Yo soy el Señor. No odiarás de corazón a tu hermano. Reprenderás a tu pariente, para que no cargues tú con su pecado. No te vengarás ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.""

— Comentario por Reflexiones Católicas

La perícopa de hoy pertenece al llamado “Código de santidad” (Lv 17-26). Comienza con el mandato de la santidad dirigido a toda la comunidad de Israel y su motivación no es otra que la santidad misma de Dios (vv. 1s).

Él es el totalmente otro, radicalmente diverso de lo que el hombre puede imaginar, “separado” (según la etimología del término “santo”). Y, sin embargo, desea que el pueblo elegido participe de su santidad en cualquier circunstancia, que la transparente en los detalles de la vida.

Las normas que siguen regulan la ética personal y social. La inserción rítmica de la fórmula “Yo soy el Señor” revela la interdependencia entre el respeto por la santidad de Dios y el respeto por el prójimo.

El temor de Dios debe inspirar de modo especial el comportamiento con los más débiles, los minusválidos (v. 14). A los preceptos en forma negativa (“No harás esto”) se añaden exhortaciones dirigidas a construir en la sociedad humana relaciones de fraternidad (vv. 16b. 17b), y culminan en el mandamiento del amor al prójimo (v. 18b).

Quien conoce la severa ley del talión se queda sorprendido por estos mandatos que limitan no sólo los actos referentes a la muerte del prójimo (vv. 16b.18a), sino también esos sentimientos que matan al prójimo (vv. 17a.18b). El amor al otro basado en el nombre de Dios edifica la comunidad humana en la santidad según la voluntad divina.   

Mateo 25,31-46: La nueva ley, por la Orden Carmelita

Mateo 25,31-46

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: "Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme." Entonces los justos le contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?" Y el rey les dirá: "Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis." Y entonces dirá a los de su izquierda: "Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. Entonces también éstos contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistirnos?" Y él replicará: "Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo." Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»

— Comentario por la Orden Carmelita

El Evangelio de Mateo presenta a Jesús como el nuevo Moisés. Como Moisés, Jesús promulgó la Ley de Dios. Como la antigua Ley, así la nueva ley dada por Jesús tiene cinco libros o discursos.

El Sermón del Monte (Mt 5,1–7,27), el primer discurso, se abre con las ocho bienaventuranzas. El Sermón de la Vigilancia (Mt 24,1–25,46), el quinto y último se cierra con la descripción del Juicio Final.

Las bienaventuranzas describen la puerta de entrada para el Reino de Dios, enumerando ocho categorías de personas:

  • los pobres de espíritu, 
  • los mansos, 
  • los afligidos, 
  • los que tienen hambre y sed de justicia, 
  • los misericordiosos, 
  • los de corazón limpio, 
  • los promotores da paz
  • los perseguidos por causa de la justicia

La parábola del Juicio Final cuenta lo que debemos hacer para poder tomar posesión del Reino: acoger a los hambrientos, a los sedientos, a los extranjeros, a los desnudos, a los enfermos y presos.

Tanto en el comienzo como al final de la Nueva Ley, están los excluidos y los marginados.

• Mateo 25,31-33: Abertura del Juicio Final

El Hijo del Hombre reúne a su alrededor a las naciones del mundo. Separa a las personas como el pastor separa a las ovejas de los cabritos. El pastor sabe discernir a los buenos y a los malos. Sin embargo, Jesús no juzga ni condena (cf. Jn 3,17; 12,47). Es la persona misma la que juzga o se condena por la manera como se porta en relación con los pequeños y los excluidos.

• Mateo 25,34-36: La sentencia para los que están a la derecha del Juez

Los que están a su derecha son llamados “¡Benditos de mi Padre!”, esto es, reciben la bendición que Dios prometió a Abrahán y a su descendencia (Gen 12,3). Ellos son convidados a tomar posesión del Reino, preparado para ellos desde la fundación del mundo.

El motivo de la sentencia es éste: "Tuve hambre y sed, era extranjero, estaba desnudo, enfermo y preso, y ustedes me acogieron y ayudaron”.

Esta frase nos hace saber quiénes son las ovejas. Son las personas que acogieron al Juez, es decir, al hambriento, sediento, extranjero, desnudo, enfermo y preso. Por el modo de hablar "mi Padre" e "Hijo del Hombre", sabemos que el Juez es Jesús mismo.

• Mateo 25,37-40: Petición de esclarecimiento y respuesta del Juez

Los que acogen a los excluidos son llamados “justos”. Esto significa que la justicia del Reino no se alcanza observando normas y prescripciones, pero sí acogiendo a los necesitados. Pero lo curioso es que los justos no saben cuándo acogieron a Jesús necesitado. Jesús responde: "¡Toda vez que lo hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis!"

¿Quiénes son estos "hermanos míos más pequeños"? En otros pasajes del Evangelio de Mateo, las expresiones "hermanos míos" y "pequeñuelos" indican a los discípulos (Mt 10,42; 12,48-50; 18,6.10.14; 28,10). Indican también a los miembros más abandonados de la comunidad, a los despreciados que no tienen a dónde ir y que no son bien recibidos (Mt 10,40). Jesús se identifica con ellos.

Pero no es sólo esto. En el contexto tan amplio de esta parábola final, la expresión "mis hermanos más pequeños" se alarga e incluye a todos aquellos que en la sociedad no tienen lugar. Indica a todos los pobres. Y los "justos" y los "benditos de mi Padre" son todas las personas de todas las naciones que acogen al otro en total gratuidad, independientemente del hecho de ser cristiano o no.

• Mateo 25,41-43: La sentencia para los que están a su izquierda

Los que están del otro lado son llamados “malditos” y están destinados al fuego eterno, preparado por el diablo y los suyos. Jesús usa el lenguaje simbólico común de aquel tiempo para decir que estas personas no van a entrar en el Reino. Aquí también el motivo es uno sólo: no acogieron a Jesús hambriento, sediento, extranjero, desnudo, enfermo y preso. No es Jesús que nos impide entrar en el Reino, sino nuestra práctica de no acoger al otro, la ceguera que nos impide ver a Jesús en los pequeños.

• Mateo 25,44-46: Pedido de aclaración y la respuesta del Juez 

El pedido de esclarecimiento muestra que se trata de gente que se porta bien, personas que tienen la conciencia en paz. Están seguras de haber practicado siempre lo que Dios les pedía. Por eso se extrañan cuando el Juez dice que no lo acogieron.

El Juez responde: “¡Todas las veces que no hicieron esto a unos de estos pequeños, conmigo dejasteis de hacerlo!” ¡La omisión! ¡No hicieron más! Apenas dejaron de practicar el bien a los pequeños y acoger a los excluidos. Y sigue la sentencia final: estos van para el fuego eterno, y los justos van para la vida eterna. ¡Así termina el quinto libro de la Nueva Ley!

¿Cuáles son las obras de misericordia?


El 8 de diciembre (2015) comienza un año Jubilar de la Misericordia, convocado por el Papa Francisco, que ha recomendado durante ese tiempo realizar las obras de misericordia pero, ¿en qué consisten y cuáles son?

1. ¿Qué son las obras de misericordia?

Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras espirituales de misericordia, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia.

Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos. Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios. Catecismo de la Iglesia Católica, 2447

“Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos”. Papa Francisco, Misericordiae Vultus.

2. ¿Cuáles son las obras de misericordia?

Hay catorce obras de misericordia: siete corporales y siete espirituales.

Obras de misericordia corporales:

1) Visitar a los enfermos
2) Dar de comer al hambriento
3) Dar de beber al sediento
4) Dar posada al peregrino
5) Vestir al desnudo
6) Visitar a los presos
7) Enterrar a los difuntos

Obras de misericordia espirituales:

1) Enseñar al que no sabe
2) Dar buen consejo al que lo necesita
3) Corregir al que se equivoca
4) Perdonar al que nos ofende
5) Consolar al triste
6) Sufrir con paciencia los defectos del prójimo
7) Rezar a Dios por los vivos y por los difuntos.

Las obras de misericordia corporales, en su mayoría surgen de una lista hecha por Jesucristo en su descripción del Juicio Final: Mt 25,31–46.

La lista de las obras de misericordia espirituales las ha tomado la Iglesia de otros textos que están a lo largo de la Biblia y de actitudes y enseñanzas del mismo Cristo: el perdón, la corrección fraterna, el consuelo, soportar el sufrimiento, etc.

3. ¿Cuál es el efecto de las obras de misericordia en quien las practica?

El ejercicio de la obras de misericordia comunica gracias a quien las ejerce. En el evangelio de Lucas Jesús dice: «Dad, y se os dará». Por tanto, con las obras de misericordia hacemos la Voluntad de Dios, damos algo nuestro a los demás y el Señor nos promete que nos dará también a nosotros lo que necesitemos.

Por otro lado, una manera de ir borrando la pena que queda en el alma por nuestros pecados ya perdonados es mediante obras buenas. Obras buenas son, por supuesto, las Obras de Misericordia. «Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos alcanzarán misericordia» (Mt.5,7), es una de las Bienaventuranzas.

Además las Obras de Misericordia nos van ayudando a avanzar en el camino al Cielo, porque nos van haciendo parecidos a Jesús, nuestro modelo, que nos enseñó cómo debe ser nuestra actitud hacia los demás.

En Mateo, se recogen las siguientes palabras de Cristo: «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde los ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». Al seguir esta enseñanza del Señor cambiamos los bienes temporales por los eternos, que son los que valen de verdad.

Fuente: OpusDei.es

SOBRE EL MISMO TEMA:
Las obras de misericordia corporales
Las obras de misericordia espirituales  

Mateo 25,31-46, La tercera venida, por M. Dolors Gaja, MN

Mateo 25,31-46

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: "Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme." Entonces los justos le contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?" Y el rey les dirá: "Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis." Y entonces dirá a los de su izquierda: "Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. Entonces también éstos contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistirnos?" Y él replicará: "Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo." Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»

— Comentario por M. Dolors Gaja, MN.

La parábola de hoy es conocida como “el juicio final” y pertenece al sermón escatológico de Jesús en el evangelio de Mateo.

LA VENIDA EN LA GLORIA

Tradicionalmente se ha hablado de tres venidas de Cristo.

La primera, su Encarnación, su vida entre nosotros;
la segunda, el encuentro personal que tiene lugar en la muerte;
y la tercera, la venida gloriosa en la cual todos verán la salvación de Dios y mirarán al que traspasaron» […] «en gloria y majestad» y, en ella, Cristo «aparecerá como nuestra vida».

Jesús describe esta tercera venida con lenguaje solemne; su tono es distinto de aquel al que nos tiene habituados.

EL JUICIO

La venida de Cristo es, al mismo tiempo, juicio sobre nuestra vida. Aparece ya el Jesús que conocemos, el que habla de pastores, ovejas y cabritos. El lenguaje de Jesús tenía la gracia de concretar aquello que pudiera ser una abstracción. Porque el juicio va a ser sobre cosas muy concretas: dar de beber, vestir, visitar…

Son acciones concretas que podemos entender. Y es el tema de nuestro examen final: el amor traducido en obras.

El reino que se nos ha prometido desde toda la eternidad gira en torno a dos verbos: venid, apartaos.

La definición de aquello que en lenguaje catequético hemos llamado cielo no es otra cosa que la cercanía total y para siempre con Cristo: hoy estarás conmigo en el paraíso.

El castigo eterno es lejanía de Dios…

UN DIOS QUE VIVE EN LOS PEQUEÑOS

El Jesús del Juicio final es muy distinto al que nos pinta Miguel Ángel. Él nos habla de todas las carencias del mundo (comida, techo, salud…) y hace un repaso a la realidad que hemos configurado.
El examen va a girar no en torno a lo que hemos hecho mal sino en torno al pecado de omisión ante la injusticia del mundo, ante la necesidad del hermano.

¿Cómo reacciono yo? Unos y otros son valorados por tener – o no – un corazón misericordioso como el del Padre. El juicio será si me parezco o no a Dios, si soy su imagen.

Ni los salvados ni los condenados se han percatado de que estaban atendiendo a Dios mismo. Los dos grupos quedan desconcertados y preguntan lo visto: ¿Cuándo fue eso?

Resulta pues un juicio simplemente ético. Es la respuesta positiva a la pregunta de Caín: ¿Acaso soy yo guardián de mi hermano?

En esta parábola Jesús deja claro que sí, que todos somos responsables de los otros y que de eso se nos va a pedir cuentas. Es un juicio “laico” en el que no se pregunta por la fe (por otra parte impensable en tiempos de Jesús no tener fe) sino por el amor.

Si sabemos las preguntas del “examen”…¿por qué no prepararnos?

sábado, 13 de febrero de 2016

Lucas 4,1-13: Tentado en su condición de Hijo de Dios, por Julio González Carretti, O.C.D.

Lucas 4,1-13

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: "Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan." Jesús le contestó: "Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre»". Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: "Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo." Jesús le contestó: "Está escrito: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto»". Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: "Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti», y también: «Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras»". Jesús le contestó: "Está mandado: «No tentarás al Señor, tu Dios»". Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

— Comentario por Julio Gonzalez Carretti O.C.D.

Vemos a Jesús, guiado por el Espíritu, ir el desierto donde ayuna y es tentado por Satanás. En la mentalidad de la época se pensaba que el mundo estaba  dominado por Satanás, mientras Dios permanece oculto en su trascendencia.

¿Tiene tanto poder Satanás y todos los poderes del mundo están a su servicio? El encuentro entre Jesús y el  Diablo es inevitable (cfr. Lc 2,22). Las tentaciones se presentan como esclavitudes a los poderes de este mundo al que está sometido el hombre.

El pan, el comer, era una garantía de prosperidad material y económica (vv. 3-4; cfr. Dt 8,3). Pareciera que el Padre se hubiese olvidado de su Hijo. Esa es la sutil tentación de Satanás. Un buen padre se preocupa de sus hijos. Pero Jesús prefiere pasar hambre antes que desobedecer al Padre.

La segunda tentación se refiere a la política, ambicionar el poder, mandar y ordenar las  estructuras de este mundo, teniendo como aliado los poderes de Satanás, fuente del poder opresor (vv. 5-8; cfr. Dt. 6,13). La adoración, consistiría en adelantar Jesús su Hora y convertirse en un Mesías con poder y ejércitos para luchar contra los enemigos de Israel. Todo un proyecto, pero distinto completamente de la voluntad del Padre. Sólo el Padre le señalará la Hora al Mesías, Mesías revelado a través del Siervo sufriente de Isaías: el Siervo que toma sobre sí las culpas de sus hermanos.

Finalmente, está la confianza radical en el  poder de los milagros que nos quisiera liberar del esfuerzo diario, humilde y  personal, fortalecido por la fe en Dios. No vivimos de milagros sino de fe pura y desnuda. La tercera tentación consiste en tentar a Dios, es decir, abusar de la  protección prometida, obligando a Yahvé a actuar.

El demonio usa la Palabra de Dios a su favor. No cree en ella, pero quiere saber si se cumple. El Padre debería recoger por medio de sus ángeles a su Hijo antes de golpearse contra las piedras en su caída.

En el trasfondo de todo el episodio hay una sola la tentación: su condición de Hijo de Dios le debería servir a Jesús para convertirse en un gran mesías al gusto de las gentes y del príncipe de este mundo, Satanás, enemigo de Dios y del hombre.

Jesús no se aparta del camino trazado por el Padre, obedece hasta el fin. El verdadero pan del hombre, es la palabra de Dios, más que la necesaria comida diaria. El poder del Evangelio de Jesús está en el servicio que presta a la humanidad, donde hay que conjugar la obediencia al Padre y el amor al prójimo.

Teresa de Jesús sufrió muchas tentaciones y, por eso, aconseja: “Tengo para mí que quiere el Señor dar muchas veces al principio, y otras a la postre, estos tormentos y otras muchas tentaciones que se ofrecen, para  probar a sus amadores, y saber si podrán beber el cáliz y ayudarle a llevar la cruz, antes que ponga en ellos grandes tesoros. Y para bien nuestro, creo nos quiere Su Majestad llevar por aquí para que entendamos bien lo poco que somos; porque son de tan gran dignidad las mercedes de después, que quiere por experiencia veamos antes nuestra miseria, primero que nos las dé, porque no nos acaezca lo que a Lucifer.” (Vida 11,11).

Romanos 10,8-13: Profesión del que cree en Jesucristo, por Julio Gonzalez Carretti O.C.D.

Romanos 10,8-13

Hermanos: La Escritura dice: "La palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón." Se refiere a la palabra de la fe que os anunciamos. Porque, si tus labios profesan que Jesús es el Señor, y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás. Por la fe del corazón llegamos a la justificación, y por la profesión de los labios, a la salvación. Dice la Escritura: "Nadie que cree en él quedará defraudado." Porque no hay distinción entre judío y griego; ya que uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan. Pues "todo el que invoca el nombre del Señor se salvará."

— Comentario por Julio Gonzalez Carretti O.C.D.
"Profesión del que cree en Jesucristo"

Pablo presenta el credo cristiano: confesar a Jesucristo como Señor: “Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo” (v. 9).

Inadmisible para los judíos que un profeta se diera el título de “Señor”. Para ellos Yahvé debía quedarse en su trascendencia y los hombres arreglar el mundo. La “encarnación” vendría a ser  como una especie de intromisión de Dios en la historia de los hombres.

Jesús, como  Hijo de Dios, estorbaba a sus planes, pudiendo combinar una vida religiosa en el  Templo y los negocios de este mundo con la opresión por el pobre, la falta de  justicia y misericordia con el prójimo.

No era esa la mística del Éxodo del Israel pobre y dominado, estrenando libertad en el desierto. Practicaban la discriminación  con el griego o gentil, incluso en el templo. Ahora judíos y griegos están llamados a  servir a un único Señor. “Pues todo el que invoque al Señor se salvará” (v. 13).  Creer en el corazón, confesarlo con los labios y creer en su resurrección es camino cierto de salvación. 

Lucas 4,1-13: Fue tentado por el diablo, por Raniero Cantalamessa

Lucas 4,1-13

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: "Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan." Jesús le contestó: "Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre»". Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: "Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo." Jesús le contestó: "Está escrito: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto»". Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: "Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti», y también: «Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras»". Jesús le contestó: "Está mandado: «No tentarás al Señor, tu Dios»". Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

—  Fue tentado por el diablo, por Raniero Cantalamessa

El Evangelio de Lucas que leemos durante este año fue escrito, como dice él mismo en la introducción, para que el lector creyente se pudiera «dar cuenta de la solidez de las enseñanzas que había recibido». Esta intención es de extraordinaria actualidad. Frente a los ataques desde toda parte a la historicidad de los evangelios y a las manipulaciones sin límites de la figura de Cristo, es más importante que nunca que el cristiano y todo lector honesto del Evangelio se dé cuenta de la solidez de las enseñanzas y de los relatos en él referidos.

Partiendo del Evangelio ampliaremos la mirada a todo un sector o un aspecto de la persona y de la enseñanza de Cristo a él vinculado, para descubrir quién era verdaderamente Jesús: si un simple profeta y un gran hombre, o algo más y diferente. Desearíamos, en otras palabras, brindar un poco de cultura religiosa. Fenómenos como el del «Código da Vinci» de Dan Brown, con las imitaciones y las discusiones que ha suscitado, han puesto de manifiesto la alarmante ignorancia religiosa que reina entre la gente y que se convierte en el terreno ideal para toda desaprensiva operación comercial.

El evangelio del primer domingo de Cuaresma es el de las tentaciones de Jesús en el desierto. Según el plan anunciado, desearía partir de él para ampliar el tema al problema más general de la actitud de Jesús respecto a las potencias demoníacas y los poseídos por el demonio.

Es un hecho innegable y entre los más seguros, históricamente, que Jesús liberó a muchas personas del poder destructivo de Satanás. No tenemos tiempo de recordar todos los episodios. Limitémonos a evidenciar dos cosas: en primer lugar, la explicación que Jesús daba de su poder sobre el demonio; en segundo lugar, qué dice este poder de Él y de su persona.

Frente a la liberación clamorosa que Jesús había obrado en un endemoniado, sus enemigos, al no poder negar el hecho, dicen: «Expulsa a los demonios en nombre de Belcebú, el príncipe de los demonios» (Lc 11,15). Jesús demuestra que esta explicación es absurda (si Satanás estuviera dividido contra sí mismo, habría acabado desde hace tiempo su dominio; en cambio, prospera). La explicación es otra: Él expulsa los demonios con el dedo de Dios, esto es, con el Espíritu Santo, y esto demuestra que ha llegado a la tierra el Reino de Dios.

Satanás era «el hombre fuerte» que tenía bajo su poder a la humanidad; pero ahora ha venido uno «más fuerte que él» y le está despojando de su poder. Esto nos dice algo formidable sobre la persona de Cristo. Con su venida ha comenzado para la humanidad una nueva era, un cambio de régimen. Una cosa de este tipo no puede ser obra de un simple hombre; tampoco de un gran profeta.

Es importante observar el nombre o el poder en base al cual Jesús expulsa a los demonios. La fórmula habitual con la que el exorcista se dirige al demonio es: «Te conjuro por...», o «en nombre de... te ordeno que salgas de esta persona». Apela, por lo tanto, a una autoridad superior, que generalmente es la de Dios, y para los cristianos la de Jesús. No así Jesús: Él dirige al demonio un tajante «te ordeno». ¡Yo te ordeno! Jesús no necesita apelar a una autoridad superior; Él es la autoridad superior.

La derrota del poder del mal y del demonio era parte integrante de la salvación definitiva anunciada por los profetas. Jesús invita a sus adversarios a sacar la consecuencia de lo que ven con sus propios ojos: así que ya no hay más que esperar, que mirar adelante; el reino y la salvación está en medio de ellos.

El tan mencionado discurso sobre la blasfemia contra el Espíritu Santo se explica a partir de esto. Atribuir al espíritu del mal, a Belcebú, o a magia, aquello que era manifiestamente obra del Espíritu Santo de Dios significaba cerrar obstinadamente los ojos ante la verdad, ponerse contra Dios mismo, y por lo tanto privarse solos de la posibilidad de perdón.

El corte histórico y formativo que intento dar a estos comentarios de Cuaresma no nos debe impedir recoger cada vez igualmente una sugerencia práctica del evangelio del día. El mal también es fuerte hoy a nuestro alrededor. Asistimos a formas de maldad que van más allá de nuestra capacidad de comprender; nos quedamos abatidos y sin palabras ante ciertos episodios de crónica. El mensaje consolador que brota de las reflexiones hasta aquí hechas es que existe en medio de nosotros uno que es «más fuerte» que el mal. La fe no nos sitúa a resguardo del mal y del sufrimiento, pero nos asegura que con Cristo podemos orientar al bien también el mal, hacerlo servir para la redención nuestra y del mundo.

Algunas personas experimentan en la propia vida o en la propia casa una presencia de mal que les parece de origen directamente diabólico. A veces ciertamente lo es (conocemos la difusión que tienen las sectas y los ritos satánicos en nuestra sociedad, especialmente entre los jóvenes), pero es difícil entender en casos individuales si se trata verdaderamente de Satanás o de perturbaciones de origen patológico. Afortunadamente no es necesario llegar a las certeza sobre las causas. Lo que hay que hacer es adherirse a Cristo con la fe, la invocación de su nombre, la práctica de los sacramentos.

El evangelio del domingo nos sugiere un medio con vistas a esta lucha, importante para cultivar sobre todo en tiempo de Cuaresma. Jesús no fue al desierto para ser tentado; su intención era retirarse en el desierto a orar y a escuchar la voz del Padre.

En la historia ha habido muchedumbres de hombres y mujeres que han elegido imitar a este Jesús que se retira al desierto. Pero la invitación a seguir a Jesús al desierto no se dirige sólo a monjes y ermitaños. De manera distinta, también se dirige a todos. Monjes y eremitas han elegido un espacio en el desierto; nosotros debemos elegir al menos un tiempo de desierto. Pasar un tiempo de desierto significa hacer un poco de vacío y de silencio entorno a nosotros; reencontrar el camino de nuestro corazón, sustraernos al bullicio y a los apremios externos, a fin de entrar en contacto con las fuentes más profundas de nuestro ser y de nuestro creer. 

Deuteronomio 26,4-10: Dios se compromete en la historia, por Fray Miguel de Burgos Núñez, O.P.

Deuteronomio 26,4-10 

Dijo Moisés al pueblo: "El sacerdote tomará de tu mano la cesta con las primicias y la pondrá ante el altar del Señor, tu Dios. Entonces tú dirás ante el Señor, tu Dios: "Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí, con unas pocas personas. Pero luego creció, hasta convertirse en una raza grande, potente y numerosa. Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron, y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y portentos. Nos introdujo en este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has dado." Lo pondrás ante el Señor, tu Dios, y te postrarás en presencia del Señor, tu Dios."

— Comentario por  Fray Miguel de Burgos Núñez, O.P.

Nos encontramos con uno de los textos más primitivos del Antiguo Testamento. En esta lectura se nos da un “confesión de fe”, lo que el pueblo creía y repetía frecuentemente: que ellos son descendientes de un arameo errante, un hombre oriental, nuestro padre Abrahán, que lo dejó todo por el Dios que se acercó a los hombres para reconducir la historia de la humanidad, que había perdido su rumbo.

La confesión de fe aparentemente es pobre porque es un fórmula y como tal no ofrece detalles; pero tiene la fuerza de la experiencia vital, de los que consideran que su vida tiene una orientación determinada y determinante. El pueblo descendiente de Abrahán ha pasado por numerosas vicisitudes hasta ser un pueblo, una nación.

Importante es poner de manifiesto que todo se lo deben a Dios. No a un dios innominado, sino a un Dios que se compromete en la historia de un pueblo concreto y de una comunidad concreta. Ese pueblo es Israel, quien ha dado a la humanidad una de las experiencias religiosas más radicales: porque es un pueblo que ha sentido la liberación de Dios. Ha sido Dios quien buscó a este pueblo, no ha sido el pueblo quien buscó a Dios.

Es verdad que éste no es un privilegio de elección para encerrarse en él mismo, ni para presumir orgullosamente, ya que debe abrirse a todos los demás pueblos y naciones para que conozcan a ese Dios: Yahvé, liberador de Israel y liberador de todos los hombres. Todo lo expresa el Deuteronomio en esa formulación de su fe más radical.

Deuteronomio 26,4-10: Profesión de fe

Deuteronomio 26,4-10

Dijo Moisés al pueblo: "El sacerdote tomará de tu mano la cesta con las primicias y la pondrá ante el altar del Señor, tu Dios. Entonces tú dirás ante el Señor, tu Dios: "Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí, con unas pocas personas. Pero luego creció, hasta convertirse en una raza grande, potente y numerosa. Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron, y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y portentos. Nos introdujo en este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has dado." Lo pondrás ante el Señor, tu Dios, y te postrarás en presencia del Señor, tu Dios."

— Comentario por Reflexiones Católicas

Este fragmento, uno de los más importantes del Antiguo Testamento, contiene la profesión de fe que proclamaba todo israelita al acercarse al santuario con motivo de la celebración anual de la fiesta de la recolección y ofrecimiento de las primicias de la tierra.

Pero hay que advertir que en los pubelos paganos la presentación de ofrendas iba acompañada de la recitación de un mito de fecundidad; el hebreo, por el contrario, recordaba, actualizándola, la historia de las intervenciones salvíficas del Dios de los Padres en favor de su pueblo.

El credo de Israel se desarrollaba en un movimiento alternativo de sufrimiento y salvación: el arameo errante —es decir, en condición de abandono y peligro— se ha convertido por gracia de Dios en una nación numerosa (v. 5) según la promesa hecha a Abrahán. Este pueblo grande y fuerte experimentó la opresión y la humillación, pero Dios escuchó la oración e intervino para sacar a Israel de Egipto y hacerle entrar en un país fértil y agradable “que mana leche y miel”, es decir, abundante en pastos para los rebaños y flores para las abejas.

La palabra clave del texto pertenece a la raíz “entrar” o “llegar”. La utilización frecuente del término quiere significar que la entrada histórica en la tierra prometida se actualiza año tras año con la “entrada” de la cosecha. Por medio de la “cosecha” el hombre “entra” nuevamente en posesión de la tierra.

En la liturgia se repite en un ámbito sacro el movimiento histórico: el pueblo entró en la tierra, ahora entra en el santuario. El hombre responde a Dios con la profesión de fe, con la ofrenda de una parte de lo que de él ha recibido, con la acción de gracias, la adoración, el culto y la obediencia manifestados en el gesto de la postración.