sábado, 18 de mayo de 2013

DOMINGO DE PENTECOSTÉS, ciclo C, por Mons. Francisco González, S.F.


Hechos 2,1-11
Salmo 103: Envía tu Espíritu, Señor, 
y repuebla la faz de la tierra
Romanos 8:8-17; o del Año A: I Corintios 12,3b-7.12-13
Juan 14:15-16.23b-2; o del año A: Juan 20,19-23

Hechos 2,1-11

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos preguntaban: "¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua."

Salmo 103: Envía tu Espíritu, Señor, 
y repuebla la faz de la tierra

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas.
R. Envía tu Espíritu, Señor, 
y repuebla la faz de la tierra

Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.
R. Envía tu Espíritu, Señor, 
y repuebla la faz de la tierra

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras.
Que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.
R. Envía tu Espíritu, Señor, 
y repuebla la faz de la tierra

Romanos 8:8-14

Los que viven según la carne, no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece; mas si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros. Así que, hermanos míos, no somos deudores de la carne para vivir según la carne, pues, si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis. En efecto, todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, si compartimos sus sufrimientos, para ser también con él glorificados.

O del Año A: 1 Corintios 12,3b-7.12-13

Hermanos: Nadie puede decir "Jesús es Señor", si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todo hemos bebido de un solo Espíritu.

Juan 14:15-16.23b-26

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el espíritu de verdad. Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.

O del Año A: Juan 20,19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en su casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: "Paz a vosotros." Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: "Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envió yo." Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos."

Comentario de Mons. Francisco González, S.F.

Este domingo celebramos la fiesta de Pentecostés, el cumpleaños de la Iglesia. Pentecostés era una fiesta con sentido agrícola, conocida también como "fiesta de las semanas" pues se celebraba siete semanas después de la fiesta de la Pascua y señalaba el fin de la cosecha. Tenía, pues, también un sentido de fin y de comienzo.

Para nosotros, los cristianos, tiene también, no ya un aspecto agrícola, sino más bien religioso, y eso sí, vemos el fin de algo y el comienzo de una nueva era, de una nueva etapa de la acción de Dios. El ruido, las ráfagas de viento, las lenguas de fuego nos recuerdan teofanías, visiones, manifestaciones extraordinarias de Dios en el Antiguo Testamento.

Las lecturas de hoy nos presentan dos relatos de cómo los apóstoles recibieron el Espíritu Santo: uno lo encontramos en la primera lectura (Hch) y el segundo en el evangelio, si tomamos la opción de leer Jn 20,19-23.

San Lucas nos describe, en la primera lectura, el comienzo oficial, podríamos decir, de la Iglesia. Vemos cómo la comunidad fortalecida y guiada por el Espíritu Santo da comienzo a su misión, la misión de proclamar el evangelio de Cristo con miras universales, todo el evangelio a toda la gente.

El aliento de Dios (Ruah), lo vemos en comienzos de eventos importantes: por el aliento de Dios el muñeco de barro adquiere vida; por el mismo aliento los huesos del sueño de Ezequías se cubren de carne; la ráfaga de viento trae el Espíritu a los apóstoles reunidos el día de Pentecostés (1º lectura) y cuando Jesús “sopló sobre ellos, recibieron el Espíritu Santo” (evangelio).

Dios es el origen de la vida. Dios da sentido a la vida. La ciencia y la tecnología de hoy parecen buscar cómo prolongar la vida, cómo hacerla más cómoda, incluso cómo hacerla más llevadera y menos penosa. Sin embargo, me da la impresión, que no hay tanto empeño, ni tanta energía en buscar cómo dar sentido a la vida.

En los laboratorios se gastan millones y millones, cantidades astronómicas de dinero para descubrir el origen de la vida, la química de la vida, pero no estamos profundizando en el “sentido” de la vida. Parece, como alguien ha señalado, que la humanidad actual “tiene una cabeza demasiado grande para su alma”. En su libro Dios a la Vista, el P. Javier Gafo, SJ, q.e.p.d., escribió: “Al escuchar muchos de los datos que recibimos estos días, ¿no tenemos la impresión de que es verdad que la humanidad actual es un gigantesco laboratorio al que le falta humanidad?”

Jesús vino para “que tuviéramos vida en abundancia”. El Espíritu nos llena de todo lo que necesitamos para vivir la vida a plenitud. La venida del Espíritu nos reta a incrementar y profundizar nuestra relación fraterna con los demás, pues por su poder hace que nos entendamos, a pesar de nuestras diferencias lingüísticas y culturales. El Espíritu Santo es la fuerza que vence al pecado y establece la fraternidad.

Jesús “al exhalar su aliento sobre los discípulos” les dio una nueva vida. Su presencia fue motivo de alegría para todos ellos. Su saludo (deseo) para todos ellos fue el de la paz y el encargo que les dio, fue el imitarle en su misión: el Padre lo había enviado a Él, Él ahora los envía para que sean sus testigos en Jerusalén, Judea, Samaria y el resto del mundo. Una vez más vemos a Jesús invitándonos a la universalidad, por eso toda aquella gente venida de lugares tan dispersos como Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto e incluso Roma entendían en su propio idioma lo que se decía acerca de las maravillas de Dios.

Cuando Dios baja al hombre, el hombre se encuentra a sí mismo. Cuando el hombre se busca a sí mismo sin contar con Dios, pierde el Camino, no se deja guiar por la Verdad y no da con la Vida.

Ese Espíritu también está hoy con nosotros, así lo prometió el Señor: "...y yo rogaré al Padre, dijo Jesús, y les dará otro Defensor (Él es el primero) que permanecerá siempre con ustedes". ¿Estamos respondiendo con fidelidad al Espíritu?

"¡Ven Espíritu Santo: llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!

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