jueves, 11 de abril de 2019

¿Qué es el “Kerigma”?

La palabra “Kerigma” tiene sus raíces vinculadas a los emisarios o mensajeros reales. El “kerix” es el grupo de hombres que cruzaban los reinos para proclamar noticias relacionadas con el rey y la corte.

En la tradición cristiana, la palabra kerygma se convirtió en sinónimo del primer anuncio de las verdades de la fe. Los discípulos, después de la muerte de Jesús, fueron de ciudad en ciudad predicando “el kerigma del Reino de Dios” que, en las Escrituras, se resume así: “Jesús de Nazaret murió, resucitó y exaltó a la derecha de la mano de Dios”.

Esta afirmación es el centro de la fe cristiana. Entre los apóstoles, por ejemplo, a menudo se llamaba a san Pablo el gran misionero kerigmático porque sabía más que nadie proponer las bases del Evangelio y el nombre de Jesús a muchos pueblos diferentes y muchas culturas diferentes.

El kerigma cristiano consiste en la presentación de Jesús con sus tres grandes títulos: Salvador, Señor y Mesías. Todos aquellos que desean seguir a Jesucristo pasan, necesariamente, a través del primer anuncio de la fe, a través del despertar del amor por Jesucristo.

Este es, por lo tanto, el primer anuncio del Evangelio para aquellos que aún no conocen a Jesucristo . La palabra anunciada no es una teoría. Son las buenas nuevas las que revelan el amor de Dios por la humanidad en la entrega de su Hijo Jesús.

Autor: P. Evaldo César de Souza, C.SS.R

martes, 2 de abril de 2019

2 de abril: San Juan Pablo II, Papa

Biografía de Juan Pablo II


Karol Józef Wojtyła, conocido como Juan Pablo II desde su elección al papado en octubre de 1978, nació en Wadowice, una pequeña ciudad a 50 kms. de Cracovia, el 18 de mayo de 1920.

Primeros años

Era el más pequeño de los tres hijos de Karol Wojtyła y Emilia Kaczorowska. Su madre falleció en 1929. Su hermano mayor Edmund (médico) murió en 1932 y su padre (suboficial del ejército) en 1941. Su hermana Olga murió antes de que naciera él.

Fue bautizado por el sacerdote Franciszek Zak el 20 de junio de 1920 en la Iglesia parroquial de Wadowice; a los 9 años hizo la Primera Comunión, y a los 18 recibió la Confirmación. Terminados los estudios de enseñanza media en la escuela Marcin Wadowita de Wadowice, se matriculó en 1938 en la Universidad Jagellónica de Cracovia y en una escuela de teatro.

Cuando las fuerzas de ocupación nazi cerraron la Universidad, en 1939, el joven Karol tuvo que trabajar en una cantera y luego en una fábrica química (Solvay), para ganarse la vida y evitar la deportación a Alemania.

Seminarista

A partir de 1942, al sentir la vocación al sacerdocio, siguió las clases de formación del seminario clandestino de Cracovia, dirigido por el Arzobispo de Cracovia, Cardenal Adam Stefan Sapieha. Al mismo tiempo, fue uno de los promotores del "Teatro Rapsódico", también clandestino.

Tras la segunda guerra mundial, continuó sus estudios en el seminario mayor de Cracovia, nuevamente abierto, y en la Facultad de Teología de la Universidad Jagellónica, hasta su ordenación sacerdotal en Cracovia el 1 de noviembre de 1946 de manos del Arzobispo Sapieha.

Doctorado en Roma

Seguidamente fue enviado a Roma, donde, bajo la dirección del dominico francés Garrigou-Lagrange, se doctoró en 1948 en teología, con una tesis sobre el tema de la fe en las obras de San Juan de la Cruz (Doctrina de fide apud Sanctum Ioannem a Cruce). En aquel período aprovechó sus vacaciones para ejercer el ministerio pastoral entre los emigrantes polacos de Francia, Bélgica y Holanda.

En 1948 volvió a Polonia, y fue vicario en diversas parroquias de Cracovia y capellán de los universitarios hasta 1951, cuando reanudó sus estudios filosóficos y teológicos. En 1953 presentó en la Universidad Católica de Lublin una tesis titulada "Valoración de la posibilidad de fundar una ética católica sobre la base del sistema ético de Max Scheler". Después pasó a ser profesor de Teología Moral y Etica Social en el seminario mayor de Cracovia y en la facultad de Teología de Lublin.

Obispo

El 4 de julio de 1958 fue nombrado por Pío XII Obispo titular de Olmi y Auxiliar de Cracovia. Recibió la ordenación episcopal el 28 de septiembre de 1958 en la catedral del Wawel (Cracovia), de manos del Arzobispo Eugeniusz Baziak.

El 13 de enero de 1964 fue nombrado Arzobispo de Cracovia por Pablo VI, quien le hizo cardenal el 26 de junio de 1967.

Concilio Vaticano II

Además de participar en el Concilio Vaticano II (1962-1965), con una contribución importante en la elaboración de la constitución Gaudium et spes, el Cardenal Wojtyła tomó parte en las cinco asambleas del Sínodo de los Obispos anteriores a su pontificado.

Elegido Papa

Los cardenales reunidos en Cónclave le eligieron Papa el 16 de octubre de 1978. Tomó el nombre de Juan Pablo II y el 22 de octubre comenzó solemnemente su ministerio petrino como 263 sucesor del Apóstol Pedro. Su pontificado ha sido uno de los más largos de la historia de la Iglesia y ha durado casi 27 años.

Juan Pablo II ejerció su ministerio petrino con incansable espíritu misionero, dedicando todas sus energías, movido por la "sollicitudo omnium Ecclesiarum" y por la caridad abierta a toda la humanidad. Realizó 104 viajes apostólicos fuera de Italia, y 146 por el interior de este país. Además, como Obispo de Roma, visitó 317 de las 333 parroquias romanas.

Más que todos sus predecesores se encontró con el pueblo de Dios y con los responsables de las naciones con los que se entrevistó durante las 38 visitas oficiales y las 738 audiencias o encuentros con jefes de Estado y 246 audiencias y encuentros con Primeros Ministros.

Jornadas Mundiales de la Juventud

Su amor a los jóvenes le impulsó a iniciar en 1985 las Jornadas Mundiales de la Juventud. En las 19 ediciones de la JMJ celebradas a lo largo de su pontificado se reunieron millones de jóvenes de todo el mundo. Además, su atención hacia la familia se puso de manifiesto con los encuentros mundiales de las familias, inaugurados por él en 1994.


Promotor del diálogo intereligioso y la oración

Juan Pablo II promovió el diálogo con los judíos y con los representantes de las demás religiones, convocándolos en varias ocasiones a encuentros de oración por la paz, especialmente en Asís.

Bajo su guía, la Iglesia se acercó al tercer milenio y celebró el Gran Jubileo del año 2000, según las líneas indicadas por él en la carta apostólica Tertio millennio adveniente; y se asomó después a la nueva época, recibiendo sus indicaciones en la carta apostólica Novo millennio ineunte, en la que mostraba a los fieles el camino del tiempo futuro.

Con el Año de la Redención, el Año Mariano y el Año de la Eucaristía, promovió la renovación espiritual de la Iglesia.

El Papa de los Santos y Beatos

Realizó numerosas canonizaciones y beatificaciones para mostrar innumerables ejemplos de santidad de hoy, que sirvieran de estímulo a los hombres de nuestro tiempo: celebró 147 ceremonias de beatificación -en las que proclamó 1338 beatos- y 51 canonizaciones, con un total de 482 santos. Proclamó a santa Teresa del Niño Jesús Doctora de la Iglesia.

Amplió notablemente el Colegio cardenalicio, creando 231 cardenales (más uno "in pectore", cuyo nombre no se hizo público antes de su muerte) en 9 consistorios. Además, convocó 6 reuniones plenarias del colegio cardenalicio.

Presidió 15 Asambleas del Sínodo de los obispos: 6 generales ordinarias (1980, 1983, 1987, 1990, 1994 y 2001), 1 general extraordinaria (1985) y 8 especiales (1980, 1991, 1994, 1995, 1997, 1998 (2) y 1999).

Escritor

Entre sus documentos principales se incluyen: 14 Encíclicas, 15 Exhortaciones apostólicas, 11 Constituciones apostólicas y 45 Cartas apostólicas.

Promulgó el Catecismo de la Iglesia Católica, a la luz de la Revelación, autorizadamente interpretada por el Concilio Vaticano II. Reformó el Código de Derecho Canónico y el Código de Cánones de las Iglesias Orientales; y reorganizó la Curia Romana.

Publicó también cinco libros como doctor privado: "Cruzando el umbral de la esperanza" (octubre de 1994);"Don y misterio: en el quincuagésimo aniversario de mi ordenación sacerdotal" (noviembre de 1996); "Tríptico romano - Meditaciones", libro de poesías (marzo de 2003); “¡Levantaos! ¡Vamos!” (mayo de 2004) y “Memoria e identidad” (febrero de 2005).


Muerte

Juan Pablo II falleció el 2 de abril de 2005, a las 21.37, mientras concluía el sábado, y ya habíamos entrado en la octava de Pascua y domingo de la Misericordia Divina.

Desde aquella noche hasta el 8 de abril, día en que se celebraron las exequias del difunto pontífice, más de tres millones de peregrinos rindieron homenaje a Juan Pablo II, haciendo incluso 24 horas de cola para poder acceder a la basílica de San Pedro.

Beatificación y canonización

El 28 de abril, el Santo Padre Benedicto XVI dispensó del tiempo de cinco años de espera tras la muerte para iniciar la causa de beatificación y canonización de Juan Pablo II. La causa la abrió oficialmente el cardenal Camillo Ruini, vicario general para la diócesis de Roma, el 28 de junio de 2005.

El Papa Benedicto XVI lo beatificó el 1 de mayo de 2011.

El Santo Padre Francisco lo canonizó, junto a Juan XXIII, el 27 de abril del 2014.

+ SOBRE JUAN PABLO II  

Sobre la muerte del papa Juan Pablo II


Este 2 de abril (2019) se conmemoran 14 años del fallecimiento de san Juan Pablo II, el Papa polaco que estuvo al frente de la Iglesia Católica por 26 años y 5 meses. Es recordado como el “Papa peregrino”, fue un gran defensor de las familias y amado por los jóvenes.

San Juan Pablo II falleció el 2 de abril de 2005 a las 21:37 horas, la noche previa al Domingo de la Divina Misericordia que él mismo instituyó y de la que fue muy devoto. Pocos minutos después, Mons. Leonardo Sandri, que entonces era el Sustituto de la Secretaría de Estado de la Santa Sede, anunció la noticia a las miles de personas congregadas en la Plaza de San Pedro y al resto del mundo, que seguía las últimas horas del Pontífice a través de los medios de comunicación.

Desde aquella noche hasta el 8 de abril, día en que se celebraron las exequias del difunto pontífice, más de tres millones de peregrinos rindieron homenaje al papa polaco, haciendo incluso 24 horas de cola para poder acceder a la Basílica de San Pedro.

El 28 de abril, Benedicto XVI dispensó del tiempo de cinco años de espera tras la muerte para iniciar la causa de beatificación y canonización de Juan Pablo II. La causa la abrió oficialmente el Cardenal Camillo Ruini, vicario general para la diócesis de Roma, el 28 de junio de 2005.

Benedicto XVI lo beatificó el 1 de mayo de 2011 y fue canonizado por el Papa Francisco el 27 de abril del 2014 junto a San Juan XIII.

San Juan Pablo II lideró el tercer pontificado más largo en los más de 2.000 años de historia de la Iglesia, realizando 104 viajes apostólicos fuera de Italia y 146 en ese país.

Impulsó las Jornadas Mundiales de la Juventud en las que se reunió con millones de jóvenes de todo el mundo e inauguró los Encuentros Mundiales de las Familias.

Sobre la muerte del papa Juan Pablo
1. Murió de un colapso cardiocirculatorio

Juan Pablo II falleció el 2 de abril de 2005 a las 09:37 p.m. (hora de Roma) en la víspera del Domingo de la Misericordia, una fiesta establecida durante su pontificado. Sufrió un “choque séptico con colapso cardiocirculatorio debido a una infección, ya detectada, de vías urinarias”. Así lo detalló un exhaustivo informe sobre su agonía y muerte realizado en el Vaticano.

Durante la última semana de vida recibió comida procesada a través de un tubo nasal. Los doctores decían que los problemas en la ingesta de alimentos y en la respiración del Papa de 84 años, eran consecuencia de la enfermedad de Parkinson.

2. Su funeral duplicó la población de Roma

A su funeral asistieron 75 jefes de estado, incluyendo presidentes, príncipes, entre otras autoridades. La población de Roma se duplicó durante ese evento y los asistentes esperaron más de 24 horas para verlo en cuerpo presente.

3. Sus últimas palabras fueron en polaco

El informe del Vaticano precisa que seis horas antes de su muerte, Juan Pablo dijo en polaco, “con una voz muy débil y con palabras murmuradas, 'Déjame ir a la casa del Padre'”.

El diario La Repubblica de Roma citó a un sacerdote polaco, Jarek Cielecki, diciendo que el Papa murió “un instante” después de pronunciar con gran esfuerzo la palabra “amén”.

4. Escuchaba la oración de los fieles días antes de su muerte

Miles de fieles se reunieron para orar en voz alta y hacer vigilia en la Plaza de San Pedro en los días previos a su muerte.

El entonces Arzobispo de Cracovia y Secretario Personal de Juan Pablo II durante más de 40 años, Cardenal Stanislaw Dziwisz, aseguró que el Papa escuchaba las oraciones de la multitud.

5. Sumamente enfermo dio una última bendición desde su ventana

Tras su fallido y conmovedor intento de dar la bendición “Urbi et Orbi” el último Domingo de Pascua de 2005, el cual arrancó los aplausos y el llanto de los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro, el Papa Juan Pablo II –que después de su segunda hospitalización sufría “déficit nutricional y marcada debilidad”– volvió a asomarse a la ventana de su habitación el miércoles 30 de marzo para dar la bendición.

Este nuevo intento tampoco tuvo éxito. Aquella comparecencia “fue la última estación pública de su doloroso Vía Crucis”, dice el documento vaticano.

6. “Concelebró” una Misa en su agonía

El informe del Vaticano detalló que los ojos de Juan Pablo II estaban prácticamente cerrados durante una Misa celebrada al pie de su cama en la tarde del 31 de marzo de 2005.

“Pero en el momento de la consagración, débilmente levantó su mano derecha dos veces, es decir, cuando se eleva el pan y el vino. Hizo un gesto indicando que estaba tratando de golpear su pecho durante la recitación de la oración del Cordero de Dios”.

Ese día el Cardenal Marian Jaworski, amigo íntimo desde que ambos eran jóvenes sacerdotes en Polonia, le administró el sacramento de la unción de los enfermos.

Fuente: aciprensa.com

+ SOBRE SAN JUAN PABLO II

2 de Abril: San Juan Pablo II, por Celestino Hueso SF


Hacer la reseña de un santo conocido y estimado por todos es meterse en camisa de once varas, pero ¡en fin! Ustedes perdonen el atrevimiento.

Hoy celebramos nada más y nada menos que a Juan Pablo II, el Papa que vino de un país lejano trayendo a la Iglesia la frescura de su vida cercana y su sonrisa abierta y acogedora para con todos.

Sus comienzos fueron difíciles. Su madre murió cuando él tenía 9 años y recibió una gran formación en el sentido del deber y la disciplina por parte de su padre que era militar.

Ocupada Polonia por las tropas de Hitler en 1939, tuvo que abandonar sus estudios y ponerse a trabajar para evitar ser deportado a Alemania, al mismo tiempo se inició en el teatro. Durante la guerra, y poniendo en riesgo su propia vida, consiguió salvar a muchos judíos.

La muerte de su padre en 1941 cambia totalmente su vida pues, después de mucha reflexión, decide ser cura y será ordenado el 1 de Noviembre del 46.

A partir de ahí su ascenso será meteórico debido a su dedicación y entrega pastoral. Pio XII lo nombre obispo en 1958 y pasa a ser auxiliar de la diócesis de Cracovia. Sus grandes preocupaciones serán las vocaciones sacerdotales y la integración de los laicos en el trabajo pastoral.

Hecho cardenal por Pablo VI en 1967 se convierte en el gran impulsor del diálogo entre la Iglesia y el estado comunista polaco.

Fue elegido Papa el 16 de Octubre de 1978 y quiso seguir la labor comenzada por su antecesor Juan Pablo I, consiguiendo ser un papa cercano y bueno como Juan XXIII, al mismo tiempo que abierto al mundo, misionero y renovador como Pablo VI.

Finalmente partió para el Reino de Dios el 2 de Abril de 2005, fue beatificado el 1 de Mayo de 2011 y ya lo tenemos en los altares.

+ SOBRE JUAN PABLO II

lunes, 25 de marzo de 2019

La auténtica historia del 25 de diciembre, por William J. Tighe

William J. Tighe, profesor de Historia de la Universidad de Muhlenberg, publicó en diciembre de 2003 un análisis sobre el origen de la fecha de la Navidad –25 de diciembre–, negando que fuera una fecha que suplantara una fiesta pagana previa.

La opción del 25 de diciembre es el resultado de los intentos realizados por los primeros cristianos para averiguar la fecha de nacimiento de Jesús, basándose en cálculos de calendario que nada tenían que ver con los festivales paganos.

¿Cómo se determinó la fecha 
del nacimiento de Jesucristo?

La primera prueba hallada en Roma de la celebración cristiana del 25 de diciembre es del año 336 d.C., es decir, algunos años después de Aureliano, pero hay pruebas procedentes del cristianismo griego y del cristianismo latino que muestran que los cristianos intentaban averiguar la fecha del nacimiento de Cristo ya en los siglos II y III, mucho antes de que lo empezaran a celebrar de una forma litúrgica.

Las pruebas indican que la atribución a la fecha de 25 de diciembre fue una consecuencia de los intentos por determinar cuándo se debía celebrar la muerte y resurrección de Cristo.

[Tighe no lo detalla, pero un ejemplo claro es el de Sexto Julio Africano, escritor cristiano que en el año 221, en sus Chronographiai, dice que Jesús se encarnó el 25 de marzo (por lo que nació 9 meses después, en 25 de diciembre). Esto lo escribe medio siglo antes de que en el 274 Aureliano cree una fiesta para el 25 de diciembre en Roma].

¿Y cómo ocurrió todo esto? Parece haber una contradicción en la fecha de la muerte del Señor entre los evangelios sinópticos y el evangelio de Juan.

Los sinópticos la sitúan en la Pascua de los judíos (después de la Última Cena la noche anterior), mientras que Juan la sitúa en la Víspera de la Pascua: momento en que los corderos eran sacrificados en el Templo de Jerusalén para el ágape que tendría lugar después de la salida del sol ese mismo día. La primitiva Iglesia siguió a Juan y no a los sinópticos y creyó que la muerte de Cristo había acontecido el 14 Nisán, de acuerdo con el calendario lunar judío.

Los estudiosos modernos están de acuerdo con que la muerte de Cristo podría haber tenido lugar en el año 30 o en el 33 d.C., porque éstos son los años en los que la Vigilia de Pascua podía haber caído en viernes. Las posibilidades son, por tanto, el 7 de abril del 30 o el 3 de abril del 33. Sin embargo, la Iglesia primitiva, una vez expulsada del judaísmo, tuvo que datar sus propios momentos para celebrar la Pasión del Señor.

Durante el siglo II se produjeron fuertes disputas sobre si la Pascua tenía que caer siempre en domingo o en cualquier día de la semana dos días después del 14 Nisán. Estas disputas fueron especialmente virulentas entre los cristianos griegos y los cristianos latinos. Los cristianos griegos quisieron encontrar una fecha equivalente al 14 Nisán en su calendario solar y dado que Nisán era el mes en el que tenía lugar el equinoccio de primavera, eligieron el día 14 de Artemision cuando el equinoccio de primavera caía invariablemente en su calendario. Alrededor del 300 d.C., el calendario griego fue reemplazado por el romano y como las fechas de principio y final de los meses en estos dos sistemas no coincidían, el 14 Artemision se convirtió en el 6 de abril.

Por su parte, los cristianos latinos del siglo II en Roma y en África del norte querían establecer la fecha de la muerte de Jesús. En la época de Tertuliano [c.155 -220 d.C.] ya habían establecido que Jesús murió el viernes 25 de marzo del año 29. Debo hacer constar que ello es imposible: el 25 de marzo del año 29 no fue viernes, y la Víspera de Pascua judía en el 29 d.C. no caía en viernes ni en 25 de marzo, ni siquiera en el mes de marzo.

Cuando los antiguos 
creían en la "edad integral"

Así pues, los cristianos griegos comenzaron a celebrar la muerte del Señor el 6 de abril y los cristianos latinos el 25 de marzo. Ahora debo explicar una creencia del judaísmo del tiempo de Cristo que, al no aparecer en la Biblia, no la han tenido presente los cristianos. Se trata de la "edad integral" de los grandes profetas judíos: los profetas de Israel murieron en la misma fecha de su nacimiento o de su concepción.

Esto es un factor clave a la hora de entender por qué los primeros cristianos llegaron a la conclusión de que Jesús nació el 25 de diciembre. El 25 de marzo (para los cristianos latinos) y el 6 de abril (para los cristianos griegos) no sólo eran las supuestas fechas de la muerte de Jesús, sino también las de su concepción o nacimiento.

Hay alguna prueba de que algunos cristianos en los siglos I y II consideraron el 25 de marzo y el 6 de abril como la fecha del nacimiento de Cristo, pero finalmente prevaleció el 25 de marzo como la fecha de la concepción de Cristo en lugar de su nacimiento. Ese día el Arcángel Gabriel anunció la Buena Nueva a la Virgen María. ¿Cuánto dura un embarazo? Nueve meses. Si contamos nueve meses a partir del 25 de marzo, es 25 de diciembre; si es a partir del 6 de abril, tenemos el 6 de enero. El 25 de diciembre es Navidad y, el 6 de enero, es la Epifanía.

Una fiesta cristiana

El 25 de diciembre es improbable que fuera la fecha del nacimiento de Cristo. Surgió al tratar de averiguar la fecha de la muerte de Cristo. La decisión de escoger esta fecha se debió más a la influencia del judaísmo de la época de Jesús que a los ritos paganos romanos (culto al sol). La fecha del nacimiento de Jesús se estableció en relación al día que expiró en la cruz, que a su vez señaló el día de su concepción (encarnación).

miércoles, 6 de marzo de 2019

Sobre el AYUNO


¿En qué consiste el ayuno? ¿Cuál es su sentido?


Hay dos días al año en el que la Iglesia obliga a hacer ayuno y abstinencia, el miércoles de ceniza y el viernes santo. Sin embargo el ayuno es un instrumento muy valioso que no tiene porque reducirse a estos dos días. La Iglesia nos invita a realizarlo en ocasiones fuera de estos días, por ejemplo, el papa Francisco invitó a realizarlo en septiembre de 2013 por la paz en Siria. Pero ¿en que consiste el ayuno? ¿Cuál es su sentido?

Para explicar el ayuno habría que empezar hablando de lo que es la Ascesis o Penitencia, ya que el ayuno es solo parte de este trabajo espiritual que todo cristiano debe hacer si quiere llegar a la santidad propuesta por Jesucristo.

Cuando hablamos de Ascesis o Penitencia nos referimos al esfuerzo humano que responde a la gracia de Dios, y es el medio por el cual el hombre se dispone y purifica su vida para que en ella se desarrolle en plenitud la vida divina. Este esfuerzo en nosotros los cristianos adquiere una nota particular y quizás única, ya que, a diferencia de algunas otras “espiritualidades”, la Ascesis en el fiel cristiano, es animada y dirigida por el mismo Espíritu Santo, que no busca destruir sino construir.

El padre Rainiero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, al referirse a la santidad y su relación con la Penitencia, dice que ésta “es el arte de quitar todo lo que estorba en el hombre a fin de hacer visible esa santidad ya contenida en el hombre desde el bautismo”.

Por ello, la Ascesis es la herramienta de la que nos valemos para fortalecer los muros por los cuales transitan nuestros deseos y aspiraciones, los cuales fuera de control son capaces de destruir nuestra vida, o al menos impedir que ésta alcance la plenitud. Es, digamos, el elemento regulador, y, en muchos casos, el propulsor de una vida equilibrada y santa. Por eso dice al respecto el Catecismo de la Iglesia Católica: “Tomar la cruz cada día y seguir a Jesús es el camino más seguro de la penitencia” (Cat. No. 1435).

Por una ancestral tradición, los viernes son considerados como un día de Penitencia. Esto es debido, principalmente a que en un viernes Jesús padeció por nosotros para darnos la vida eterna. Por esta razón, entre otras, se ha identificado la Penitencia con el sufrimiento. Cuando pensamos en la Penitencia, de inmediato viene a nuestra mente los monjes dándose de latigazos, o poniéndose espinas en el pecho, o de alguna manera destruyendo su cuerpo. Sin embargo la Penitencia, como nos lo explicó el Papa Juan Pablo II en Reconciliación y Penitencia, es: todo aquello que ayuda a que el Evangelio pase de la mente al corazón y del corazón a la vida. Es decir la Penitencia es una ayuda para que podamos realmente vivir el Evangelio.

Un santo de la edad media que había entendido bien lo que era la Penitencia decía: la primera y más importante Penitencia es: Orar.

Desafortunadamente, el hombre de hoy tiene un concepto equivocado de lo que es la Ascesis o Penitencia y en muy baja estima el valor de la cruz. La vida cómoda y materialista que vivimos nos hace despreciar con facilidad estos dos valores que son fundamentales (cf. Mt 10,38), por no decir, indispensables, en la vida, no solo para alcanzar la santidad y con ello la plenitud, sino incluso para poder vivir una vida razonablemente alegre y estable. Y es que la Penitencia actúa como una fuerza reguladora sobre nuestras pasiones y deseos los cuales dejados en libertad pueden llegar a destruir nuestra vida. Para contenerlos, en algunos casos debemos agregar a nuestra vida algo, “Ascesis Positiva” , y en otros eliminar o matizar, “Ascesis Negativa”.

En ambas direcciones la Penitencia supone una renuncia, por lo que esto no se podrá hacer sin la ayuda de la cruz y del Espíritu Santo. La Penitencia cristiana, correctamente entendida, no es estoicismo, ni platonismo, por lo que no se trata de destruir nuestro cuerpo, sino de una “herramienta espiritual que ayuda a que los criterios y la vida evangélica, pasen de la mente al corazón y del corazón a la vida diaria”.

Para que la Penitencia sea verdaderamente una ayuda para el crecimiento espiritual, es necesario quitarle toda esa carga negativa que por años ha tenido, para redescubrirla como un momento privilegiado de encuentro con la misericordia de Dios que conoce nuestras miserias y que a pesar de ellas, nos ama y nos ha llamado a la santidad más elevada. Esto nos llevará sin lugar a dudas a experimentar el poder que sana el interior del hombre y que le impulsa a reemprender el camino de la felicidad, la alegría, el gozo y la paz, ya que como bien decía Clímaco: “es mediante la Penitencia como nos libramos de la tiranía de las pasiones”. Así la Ascesis es la cruz benéfica que nos ayuda a renunciar a nosotros mismos, a los excesos y exageraciones, y que prepara el camino para que Dios desarrolle en nosotros la vida divina, la “vida según el Espíritu”.

Sin embargo debemos ser conscientes que la falta de prudencia, puede también desordenar la misma Penitencia, con lo cual se causan graves daños, sobre todo al alma, ya que la práctica de la mortificación debe ser siempre un acto de templanza.

Santo Tomas, citando a San Jerónimo dice: “No hay diferencia entre matarse en largo o en corto tiempo. Se comete una rapiña, en vez de hacerse una ofrenda, cuando se extenúa inmoderadamente [sin templanza] el cuerpo por la demasiada escasez de alimento o el poco de sueño”.

Ahora si, teniendo en cuenta lo que te he dicho sobre la Penitencia, veamos un poco el Ayuno. El Ayuno, desde la vida espiritual, nos ayuda en dos áreas de nuestra vida. Por un lado, es la forma como la voluntad se entrena con la renuncia a cosas buenas, para en su momento poder rechazar las malas. Por otro lado, ejerce una acción misteriosa, que permite al alma abrirse de una manera particular a la gracia y a la presencia de Dios.

Cuando nos privamos de cualquier cosa que está en relación con nuestros apetitos, especialmente con el placer (comer, beber, ver, oír, sentir), estamos acostumbrando a nuestra voluntad a recibir ordenes directamente de nosotros y no de nuestras pasiones. Nos lleva a ser dueños de nosotros mismos. De esta manera, una persona habituada a ayunar será una persona habituada a la renuncia, y tendrá sometidas sus pasiones a la voluntad, de manera que el cuerpo come, duerme, y hace lo que la voluntad le indica. Si la voluntad está orientada a Dios, buscará evitar todo lo que lo separa de Dios y orientará todas sus acciones a Él.

Por otro lado, el Ayuno, especialmente el de la comida, nos abre de una manera misteriosa a la presencia de Dios. Parecería como si el hambre corporal se fuera convirtiendo en hambre de Dios.

Ahora bien, para que esto se realice, el Ayuno debe estar unido a la oración. Sin oración el Ayuno se convierte en dieta o en estoicismo, que poco o nada ayuda a la vida espiritual.

De manera práctica, indicamos algunos elementos que pueden ser de utilidad para iniciarse y crecer en este ejercicio espiritual:

1- Lo primero es que el Ayuno debe ser progresivo. Es decir hay que comenzar por lo poco y, poco a poco, progresar en él. Hay que empezar por tanto con pequeñas renuncias, como negarse un café, un vaso de agua, un dulce, un postre, un programa de televisión, etc. Esto irá poco a poco aumentando tu capacidad de renuncia.

2- Iniciar el Ayuno con un buen rato de oración. Es recomendable prepararlo desde un día antes. Por ejemplo haciendo por la noche un buen rato de oración y ofreciendo a Dios el día de Ayuno. Pidiendo a Dios la gracia que se necesita o el sentido que se quiere ver fortalecido con el Ayuno. Durante todo el día de Ayuno, dedicar el mayor tiempo que se pueda a la oración. Es conveniente que se escoja un salmo el día anterior y alguna frase del salmo para repetirlo durante todo el día de Ayuno, como: “Señor tú eres mi fuerza y mi victoria”, o alguna frase del mismo salmo. Regresar durante el día al salmo y tener el mayor tiempo de oración que se pueda. Hay que sustituir el alimento corporal con alimento espiritual.

3- Es muy conveniente iniciar el Ayuno con la Eucaristía. Buscar una Iglesia en donde se pueda comulgar en la mañana. Si no se puede, hacer al menos una comunión espiritual.

4- Una vez que se haya progresado con las renuncias, iniciar con lo que se llama el Ayuno Eclesiástico, que es lo mínimo que nos invita a vivir la Iglesia en los días prefijados de Ayuno (Miércoles de ceniza y Viernes Santo). Este consiste en desayunar un pan y un café, no tomar nada entre comidas, comer ligero (procurando que te quedes con un poco de hambre) y finalmente por la noche lo mismo un pan y un café.

5- El siguiente paso es hacer medio Ayuno, que consiste en solo un café en la mañana, nada entre comidas y una comida ligera. Solo agua todo el día. Por la tarde se puede tomar una cucharada de miel, sobre todo si se tiene un trabajo que requiera mucho desgaste de energía.

6- Finalmente se puede aspirar al Ayuno de pan y agua, que consiste en comer solo pan y agua. Lo mismo, se podría tomar una cucharada de miel a media mañana y a media tarde para recuperar energía.

Hay que recordar que es una obra del Espíritu, por lo que no hay que esperar resultados como si a cada acción hubiera una reacción. A veces un pequeño esfuerzo de nuestra parte corresponde a una gracia inmensa de Dios y viceversa, un gran esfuerzo humano y pocos resultados espirituales. Dios sabe cómo, y en qué momento darnos las gracias. De lo que si podemos estar seguro es que al iniciarse en el ayuno te abres a la santidad y tu vida cambia radicalmente. El Ayuno contribuye a la perfección cristiana.

Fuente: laverdadcatolica.org

+ SOBRE EL AYUNO

viernes, 1 de marzo de 2019

Cuaresma 2019: «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19).Mensaje del papa Francisco



Queridos hermanos y hermanas:

Cada año, a través de la Madre Iglesia, Dios «concede a sus hijos anhelar con el gozo de habernos purificado la solemnidad de la Pascua para que […] por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios» (Prefacio I de Cuaresma).

De este modo podemos caminar, de Pascua en Pascua, hacia el cumplimiento de aquella salvación que ya hemos recibido gracias al misterio pascual de Cristo: «Pues hemos sido salvados en esperanza» (Rm 8,24). Este misterio de salvación, que ya obra en nosotros durante la vida terrena, es un proceso dinámico que incluye también a la historia y a toda la creación. San Pablo llega a decir: «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19). Desde esta perspectiva querría sugerir algunos puntos de reflexión, que acompañen nuestro camino de conversión en la próxima Cuaresma.

1. La redención de la creación

La celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, culmen del año litúrgico, nos llama una y otra vez a vivir un itinerario de preparación, conscientes de que ser conformes a Cristo (cf. Rm 8,29) es un don inestimable de la misericordia de Dios.

Si el hombre vive como hijo de Dios, si vive como persona redimida, que se deja llevar por el Espíritu Santo (cf. Rm 8,14), y sabe reconocer y poner en práctica la ley de Dios, comenzando por la que está inscrita en su corazón y en la naturaleza, beneficia también a la creación, cooperando en su redención. Por esto, la creación —dice san Pablo— desea ardientemente que se manifiesten los hijos de Dios, es decir, que cuantos gozan de la gracia del misterio pascual de Jesús disfruten plenamente de sus frutos, destinados a alcanzar su maduración completa en la redención del mismo cuerpo humano.

Cuando la caridad de Cristo transfigura la vida de los santos —espíritu, alma y cuerpo—, estos alaban a Dios y, con la oración, la contemplación y el arte hacen partícipes de ello también a las criaturas, como demuestra de forma admirable el “Cántico del hermano sol” de san Francisco de Asís (cf. Enc. Laudato si’, 87). Sin embargo, en este mundo la armonía generada por la redención está amenazada, hoy y siempre, por la fuerza negativa del pecado y de la muerte.

2. La fuerza destructiva del pecado

Efectivamente, cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas —y también hacia nosotros mismos—, al considerar, más o menos conscientemente que podemos usarlos como nos plazca. Entonces, domina la intemperancia y eso lleva a un estilo de vida que viola los límites que nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar y se siguen los deseos incontrolados que en el libro de la Sabiduría se atribuyen a los impíos, o sea a quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones, ni una esperanza para el futuro (cf. 2,1-11). Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse.

Como sabemos, la causa de todo mal es el pecado, que desde su aparición entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y con la creación, a la cual estamos vinculados ante todo mediante nuestro cuerpo. El hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto (cf. Gn 3,17-18). Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador sino para su propio interés en detrimento de las criaturas y de los demás.

Cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil. El pecado que anida en el corazón del hombre (cf. Mc 7,20-23) —y se manifiesta como avidez, afán por un bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás y a menudo también por el propio— lleva a la explotación de la creación, de las personas y del medio ambiente, según la codicia insaciable que considera todo deseo como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien vive bajo su dominio.

3. La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón

Por esto, la creación tiene la irrefrenable necesidad de que se manifiesten los hijos de Dios, aquellos que se han convertido en una “nueva creación”: «Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2 Co 5,17). En efecto, manifestándose, también la creación puede “celebrar la Pascua”: abrirse a los cielos nuevos y a la tierra nueva (cf. Ap 21,1). Y el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual.

Esta “impaciencia”, esta expectación de la creación encontrará cumplimiento cuando se manifiesten los hijos de Dios, es decir cuando los cristianos y todos los hombres emprendan con decisión el “trabajo” que supone la conversión. Toda la creación está llamada a salir, junto con nosotros, «de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna.

Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón.

Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia.

Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad.

Queridos hermanos y hermanas, la “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc 1,12-13; Is 51,3). Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que «será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21).

No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación.

Otros mensajes de Cuaresma

sábado, 16 de febrero de 2019

Lucas 6,20-26: Las Bienaventuranzas

Lucas 6,20-26
Domingo de la 6 Semana del Tiempo Ordinario, Ciclo C
Miércoles de la 23 Semana del Tiempo Ordinario, Año I y II

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: "Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas."

DOMINGO DE LA 6 SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C

Jeremías 17,5-8
Salmo 1,1-2.3.4.6:
Dichoso el hombre que ha 
puesto su confianza en el Señor
1 Corintios 15,12.16-20
Lucas 6,17.20-26

Jeremías 17,5-8

Así dice el Señor: «Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita. Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto.»

Salmo 1,1-2.3.4.6
R. Dichoso el hombre que ha 
puesto su confianza en el Señor

Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche.
R. Dichoso el hombre que ha 
puesto su confianza en el Señor

Será como un árbol plantado
al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin.
R. Dichoso el hombre que ha 
puesto su confianza en el Señor

No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal.
R. Dichoso el hombre que ha 
puesto su confianza en el Señor

1 Corintios 15,12.16-20

Si anunciamos que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo es que dice alguno de vosotros que los muertos no resucitan? Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís con vuestros pecados; y los que murieron con Cristo se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.

Lucas 6,17.20-26

En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: «Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacian vuestros padres con los falsos profetas.»

sábado, 9 de febrero de 2019

Lucas 5,1-11: La pesca milagrosa por Rafael Sanzio

LA PESCA MILAGROSA
Rafael Sanzio, 1515-1516
Victoria and Albert Museum, Londres
Lucas 5,1-11:

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: "Rema mar adentro y echad las redes para pescar". Simón contestó: "Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes". Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: "Apártate de mí, Señor, que soy un pecador". Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: "No temas: desde ahora serás pescador de hombres". Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

+ SOBRE Lc 5,1-11  

Lucas 5,1-11: La pesca milagrosa

Lucas 5,1-11
Domingo de la 5 Semana del Tiempo Ordinario, ciclo C
Jueves de la 22 Semana del Tiempo Ordinario I y II

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: "Rema mar adentro, y echad las redes para pescar." Simón contestó: "Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes." Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: "Apártate de mí, Señor, que soy un pecador." Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: "No temas; desde ahora serás pescador de hombres." Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron".

SOBRE EL MISMO TEMA:
Por la Orden Carmelita  
por Francisco
La fuerza del Evangelio 
Evangelio en imágenes:
   por Rafael Sanzio

Lc 5,1-11: La fuerza del Evangelio


El episodio de una pesca sorprendente e inesperada en el lago de Galilea ha sido redactado por el evangelista. Lucas para infundir aliento a la Iglesia cuando experimenta que todos sus esfuerzos por comunicar su mensaje fracasan. Lo que se nos dice es muy claro: hemos de poner nuestra esperanza en la fuerza y el atractivo del Evangelio.

El relato comienza con una escena insólita. Jesús está de pie a orillas del lago, y la gente se va agolpando a su alrededor para oír la Palabra de Dios. No vienen movidos por la curiosidad. No se acercan para ver prodigios. Solo quieren escuchar de Jesús la Palabra de Dios.

No es sábado. No están congregados en la cercana sinagoga de Cafarnaún para oír las lecturas que se leen a al pueblo a lo largo del año. No han subido a Jerusalén a escuchar a los sacerdotes del Templo. Lo que les atrae tanto es el Evangelio del Profeta Jesús, rechazado por los vecinos de Nazaret.

También la escena de la pesca es insólita. Cuando de noche, en el tiempo más favorable para pescar, Pedro y sus compañeros trabajan por su cuenta, no obtienen resultado alguno. Cuando, ya de día, echan las redes confiando solo en la palabra de Jesús que orienta su trabajo, se produce una pesca abundante, en contra de todas sus expectativas.

En el trasfondo de los datos que hacen cada vez más patente la crisis del cristianismo entre nosotros, hay un hecho innegable: la Iglesia está perdiendo de manera imparable el poder de atracción y la credibilidad que tenía hace solo unos años. No hemos de engañarnos.

Los cristianos venimos experimentando que nuestra capacidad para transmitir la fe a las nuevas generaciones es cada vez menor. No han faltado esfuerzos e iniciativas. Pero, al parecer, no se trata solo ni primordialmente de inventar nuevas estrategias.

Ha llegado el momento de recordar que en el Evangelio de Jesús hay una fuerza de atracción que no hay en nosotros. Esta es la pregunta más decisiva: ¿Seguimos «haciendo cosas» desde una Iglesia que va perdiendo atractivo y credibilidad, o ponemos todas nuestras energías en recuperar el Evangelio como la única fuerza capaz de engendrar fe en los hombres y mujeres de hoy?

¿No hemos de poner el Evangelio en el primer plano de todo? Lo más importante en estos momentos críticos no son las doctrinas elaboradas a lo largo de los siglos, sino la vida y la persona de Jesús. Lo decisivo no es que la gente venga a tomar parte en nuestras cosas sino que puedan entrar en contacto con él. La fe cristiana solo se despierta cuando las personas se encuentran con testigos que irradian el fuego de Jesús.

Autor: José Antonio Pagola

+ SOBRE Lc 5,1-11  

miércoles, 6 de febrero de 2019

6 de Febrero: San Pablo Miki y sus compañeros, por C.H.


Todos sabemos que la cruz es un instrumento cruel de tormento y muerte; pero también sabemos que es el trono desde el que Cristo abraza a la humanidad entera para llevarla a un mundo nuevo donde no existen problemas sociales de ningún tipo porque el amor de Dios es la sangre en las venas de esa humanidad redimida.

San Francisco Javier llevó la buena noticia del Evangelio al Japón, consiguiendo que, en pocos años, los cristianos llegaran a ser unos 300.000.

En cierto momento el mandamás allá fue el emperador Toyotomi, que parecía una veleta con respecto a los misioneros, pues tan pronto los permitía como los perseguía. En 1587 publicó un decreto de expulsión de los cristianos porque se disponía a invadir Corea, aunque poco después recibió misioneros en su país y, finalmente volvió a la persecución por motivos políticos antioccidentales.

El catequista Pablo Miki y 25 compañeros más, entre ellos varios españoles, fueron trasladados a Nagasaki y crucificados.

Como Cristo, quisieron abrazar a todos desde su trono y partieron para el mundo nuevo del cielo perdonando a sus verdugos y los niños Luis Ibaraki, Antonio y Tomás Cosaki de 11, 13 y 14 años cantando el salmo Laudate, pueri, Dominum. Ya sé que es un latinajo, pero queda bonito, significa “Alabad, niños, al Señor"

A todos ellos celebra hoy la Iglesia universal.

lunes, 28 de enero de 2019

28 de enero: Santo Tomás de Aquino, por Celestino Hueso SF


Era fraile dominico a pesar de su familia, que lo tuvieron encerrado en el castillo de su propiedad y sometido a duros castigos para impedirle seguir su vocación, pero era más terco que una mula y consiguió sus propósitos. Marchó a estudiar a Bolonia, Colonia y Paris.

Cierto día los compañeros quisieron tomarle el pelo. “¡Mira! ¡Una vaca volando!” le dijeron. Se levantó de la silla y fue a mirar por la ventana. Se rieron de él como está mandado. “Prefiero, dijo, creer que las vacas vuelan antes que pensar que un cristiano miente”.

Le llamaban el buey mudo. Porque era algo gordito y por su silencio. San Alberto Magno, que fue su maestro, vaticinó: "El día que este buey muja, sus mugidos se van a oír en el mundo entero". Si hubiera jugado a la lotería habría ganado el gordo, porque acertó plenamente.

Santo Tomás de Aquino, el doctor angélico, tuvo cátedra en París, consiguió compaginar la filosofía de Aristóteles con el cristianismo y escribió varios tratados de teología que han sido la base de estudio eclesiástico en las universidades del cristianismo a lo largo de muchos siglos. En los seminarios católicos se dejó de estudiar la Suma Teológica de Santo Tomás, allá por los años 70 del siglo XX.

Es el patrono universal de los estudiantes.

Felicidades a quienes celebran hoy su día y a todos los estudiantes.

+ SOBRE STO. TOMÁS DE AQUINO  

viernes, 25 de enero de 2019

25 de enero: Conversión de San Pablo

25 de Enero: Conversión de San Pablo, por Celestino Hueso SF


Convertirse no es girarse para tomar la dirección opuesta. Tampoco es volverse como el que sale de casa, recuerda que ha olvidado el bonobús, da media vuelta y otra vez para casa.

Cuando queremos limpiar bien una bolsa (costal o saco, según el país) la volvemos del revés para sacudirla. Cuando la tenemos mas limpia que los chorros del oro la colocamos nuevamente bien y la llenamos, no de basura sino de cosas útiles. Eso es convertirse. Es meternos dentro de nosotros mismos para volvernos del revés y sacar toda la basura acumulada (léase odios, rencores, envidias, mentiras, maledicencias, impaciencia, ira…) y comenzar a llenarnos de las cosas de Dios (perdón, generosidad, bondad, paciencia, tolerancia, comprensión, misericordia… Amor, en definitiva).

Saulo era un judío convencido, veía claro por donde había de encaminar sus pasos. Los cristianos, para él, representaban un peligro porque querían cambiar la ley de Moisés que era su luz, por eso los perseguía. Hasta que tropezó con el Evangelio y se cayó de su arrogancia y entonces se dio cuenta que estaba ciego. Descubrió que la Ley, su luz, no lo llevaba a ninguna parte. Volvió su vida del revés, sacó de dentro todo lo que le venía de las puras normas vacías y empezó a llenar su vida con la luz del amor; esa luz nueva y definitiva que es Cristo. Y Saulo, el judío, dio paso a Pablo, el cristiano. Y el perseguidor dio paso al misionero. Y el fariseo seguro de sí mismo dio paso al santo seguro de Cristo.

Hoy celebramos la Conversión de San Pablo que nos invita a nosotros a hacer lo mismo, a volver del revés nuestra vida, a tirar el candil del egoísmo para echar mano a la luz del sol que nos viene del cielo.

Aunque nadie se acuerde de él, también celebramos hoy a San Ananías, que fue quien bautizó a San Pablo nada menos; y a los santos mártires Artemas y Agileo, así como al obispo San Bretanión, al ermitaño San Palemón y otros cuantos santos que no menciono porque tienen el nombre muy raro.

Felicidades a los Pablos, aunque suelen celebrarlo el 29 de Junio que se conmemora el martirio del Apóstol.

+ SOBRE SAN PABLO  

Estudio bíblico comparativo de la conversión de san Pablo


La caída sin caballo

La conversión más famosa de la historia es, sin duda, la de san Pablo. Cómo fueron los detalles de aquél hecho lo sabemos gracias a san Lucas, que lo inmortalizó en un conmovedor relato conservado en Los Hechos de los Apóstoles.

Cuenta este libro que Pablo era un joven y fogoso judío, llamado entonces Saúl, y que observaba con preocupación cómo se expandía en Jerusalén el cristianismo, que él consideraba una secta peligrosa. Resolvió, por lo tanto, combatirlo y no descansar hasta aniquilarlo por completo.

Cierto día decidió viajar a Damasco con una autorización especial para encarcelar a todos los cristianos que encontrara en esa ciudad. Damasco distaba unos 230 kilómetros de Jerusalén y era una de las ciudades más antiguas del mundo, en la que habitaba una importante comunidad cristiana. El viaje debió de haberle llevado a Pablo y a sus compañeros alrededor de una semana.

Casi en las puertas de la ciudad, una poderosa luz lo envolvió y lo tiró por tierra. Entonces oyó una voz que le decía: “Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?” Pablo respondió: “¿Quién eres, Señor?” La voz le contestó: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad. Allí se te indicará lo que tienes que hacer”.

Luz para el ciego

Pablo se levantó, y comprobó que no veía nada. Entonces con la ayuda de sus compañeros pudo ingresar en la ciudad. Así, aquél que había querido entrar en Damasco hecho una furia, arrasando y acabando con cuantos cristianos encontrara, debió entrar llevado de la mano, ciego e impotente como un niño.

En Damasco se alojó en la casa de un tal Judas y permaneció allí tres días ciego, sin comer y sin beber. Hasta que se presentó en la casa un hombre llamado Ananías y le dijo: “Saúl, hermano, el Señor Jesús que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recuperes la vista y quedes lleno del Espíritu Santo”. Entonces le impuso las manos, y al instante cayeron de sus ojos una especie de escamas y recuperó la vista.

A partir de ese momento Pablo fue otra persona. Un cambio impresionante sucedió en él. Ananías lo bautizó, le explicó quién era Jesús, lo introdujo en la comunidad local, lo instruyó en la doctrina cristiana y lo mandó a predicar el evangelio.

De este modo Pablo conoció el cristianismo, y llegó a ser miembro de la Iglesia a la que en un principio combatía.

Sin contar las intimidades

Resulta curioso que este relato tan detallado del libro de los Hechos no coincida con la versión que el propio Pablo da en sus cartas.

En primer lugar, en ninguna escrito suyo Pablo cuenta a nadie lo que experimentó aquél día camino a Damasco. Ni siquiera a los Gálatas, los cuales habían puesto en duda su apostolado, y para los que hubiera sido un excelente argumento contarles ese suceso extraordinario. Sólo menciona su conversión de pasada (Gal 1,15).

Y cuando en otras partes cuenta sus visiones y revelaciones lo hace en tercera persona (“Sé de un hombre...”; 2 Cor 12,2), como si no le gustara hablar de ese tema ni a sus más íntimos. En cambio, en los Hechos Pablo aparece divulgándolo varias veces y una vez ante una multitud de gente desconocida (Hch 22). ¿Es éste el mismo Pablo de las cartas?

En segundo lugar, los Hechos no dicen que Pablo haya visto a Jesús. Cuentan que sólo “vio una luz venida del cielo” y “oyó una voz” que le hablaba (9,3-4). En cambio Pablo en sus cartas asegura, aunque sin entrar en detalles, haber visto ese día personalmente a Jesús. A los corintios les advierte: “¿Acaso no he visto yo a Jesús, Señor nuestro?” (1 Cor 9,1). Y también: “Se le apareció a Cefas y a los Doce... y finalmente se me apareció también a mí” (1 Cor 15,8).

¿Conversión o vocación?

En tercer lugar, Pablo asegura haber recibido tanto su vocación como el evangelio que predicaba, directamente de Dios, sin intermediario alguno. En sus cartas afirma: “Pablo, apóstol, no de parte de los hombres ni por medio de hombre alguno, sino por Jesucristo” (Gal 1,1). Y dice: “Les cuento, hermanos, que el evangelio que les anuncio no es cosa de hombres; pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno sino por revelación de Jesucristo” (1,11). En cambio en Hechos se dice que fue Ananías quien explicó a Pablo el significado de la luz que lo envolvió, y quien le enseñó la doctrina cristiana (9,6-19).

Hay otras diferencias entre la versión de Los Hechos de los Apóstoles y la de Pablo. Por ejemplo, Hechos presenta la experiencia de Damasco como una “conversión”; en cambio Pablo nunca dice que se haya convertido, sino que habla de su “vocación” (Gal 1,15). Hechos dice que su conversión estuvo acompañada de fenómenos externos (una luz celestial, una voz misteriosa, la caída al suelo, la ceguera); en cambio Pablo nunca menciona tales fenómenos exteriores sino que sostiene que la revelación que él tuvo fue una experiencia interior (Gal 1,16).

¿Cómo se explican estas diferencias? ¿Por qué Lucas parece no ajustarse a lo que Pablo señala en sus cartas? Para responder a esto debemos tener en cuenta la intención de los Hechos de los Apóstoles.

Como un militar griego

Lucas, al momento de componer su libro, conocía una tradición que contaba que Pablo, camino a Damasco, había vivido cierta experiencia especial, y que un tal Ananías había desempeñado un papel importante en ella. Y con estos datos compuso un relato siguiendo el esquema de las llamadas “relatos de conversión”.

— ¿Qué eran las “relatos de conversión”?

Eran narraciones estereotipadas en las que se mostraba cómo a algún personaje, enemigo de Dios, se le manifestaba éste con señales extraordinarias y terminaba convirtiéndolo.

Un ejemplo de ellas es la conversión de Heliodoro, relatada en el 2º libro de los Macabeos. Cuenta esta leyenda que Heliodoro, ministro del rey Seleuco IV de Siria, en su persecución contra los judíos intentó saquear el tesoro del Templo de Jerusalén. Cuando estaba a punto de lograrlo, Dios se le apareció en una impresionante manifestación. Heliodoro cayó al suelo envuelto en una ceguera total, mientras sus compañeros presentían lo sucedido sin poder reaccionar. Al final Heliodoro, que había entrado al Templo con tanta soberbia, debió ser sacado en una camilla mudo e impedido. Luego de varios días, y gracias a la intervención de un judío, el ministro recuperó sus fuerzas, se convirtió y recibió la misión de anunciar en todas partes la grandeza de Dios (2 Mac 3).

Tres veces lo mismo

Existen muchas otras leyendas judías que cuentan de idéntico modo la conversión de algún personaje enemigo de Dios, por lo tanto, no debemos tomar los detalles de la conversión de san Pablo como históricos, sino más bien como parte de un género literario convencional.

¿Y por qué a Lucas le importaba tanto de la conversión de san Pablo, al punto tal de no sólo ampliarla en detalles sino de repetirla ¡nada menos que tres veces! (9,3-19; 22,6-16 y 26,12-18)? ¿Por qué contar tres veces lo mismo, en un libro como los Hechos que se caracteriza por la sobriedad y economía de detalles narrativos, y cuando otros episodios más importantes, como el de Pentecostés, aparecen una sola vez?

Porque Lucas, a lo largo de todo su libro, intenta mostrar cómo se cumple una profecía de Jesús: que la Palabra de Dios se extenderá por todo el mundo de aquel entonces. Al principio, Jesús se les aparece a los apóstoles y les dice: “El Espíritu Santo vendrá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, hasta los confines de la tierra” (1,8). ¿Y cuál era en aquel entonces “los confines de la tierra”? Era precisamente Roma, la capital del Imperio. Por lo tanto su objetivo es mostrar cómo la Palabra de Dios llega justamente hasta Roma.

La profecía que cumplir

Pero Lucas no sabía de ninguno de los doce apóstoles que haya llegado hasta Roma. Pedro, la cabeza del grupo, nunca sale más allá de Judea y Samaria. Juan, compañero de Pedro, tampoco viaja más que hasta Samaria. Santiago el Mayor es asesinado temprano. Santiago el Menor no se mueve de Jerusalén. Matías, elegido en lugar de Judas, desaparece inmediatamente después de su elección. De los demás apóstoles no hay ni noticias. ¿Cómo mostrar que la profecía de Cristo se cumple y que la Iglesia llega “hasta los confines de la tierra”?

La solución fue hacer recaer sobre Pablo el cumplimiento de esta misión. Pero el problema estaba en que Pablo no era un verdadero apóstol. Porque para Lucas “apóstol” era el que había conocido personalmente a Jesús, y había recibido de él la misión de anunciar el evangelio (Hch 1,21-26), cosa que no había sucedido con Pablo.

Entonces para explicar por qué Pablo es el que cumple la misión de llegar a Roma, encargada en realidad a los apóstoles, Lucas lo muestra recibiendo del propio Jesús este encargo en el camino de Damasco. Y lo repite tres veces a lo largo del libro, mientras va camino a Roma, como para que no queden dudas.

El arte expositor de Lucas

Ahora bien, Lucas sabe que no puede contar tres veces lo mismo, de la misma manera. Hubiera sido terriblemente aburrido y su libro hubiera perdido fuerza y convicción. Entonces, con habilidad extraordinaria, presentó sus tres narraciones de maneras diferentes. Por eso, si comparamos los tres relatos de la conversión de Pablo, encontraremos que el autor fue haciendo cambios entre ellos, presentándolos en forma gradual.

Así, sobre la luminosidad que envolvió a Pablo, el primer relato dice “una luz del cielo” (9,3). El segundo, “una gran luz” (22,6). Y el tercero, “una luz más luminosa que el sol” (26,13).

El primer relato no dice a qué hora fue aquella luz. Pero el segundo aclara que fue “cerca del mediodía”, lo cual resalta el esplendor luminoso. Y el tercero ya dice “en pleno mediodía”, mostrando cómo el brillo de la luz superaba al sol cuando éste brilla con mayor fuerza.

En el primero y en el segundo relato dice que la luz envolvió sólo a Pablo (9,3 y 22,6). En el tercero dice que la luz envolvió también a “todos sus compañeros” (26,13).

¿De pie o caídos?

También las persecuciones que realizaba Pablo antes de convertirse aparecen descritas con esta técnica de graduación. El primero dice que Pablo a los cristianos los “conducía a la cárcel” (8,3). El segundo agrega que los “perseguía a muerte” (22,4). Y el tercero, que los metía en la cárcel, los torturaba para que renunciaran a su fe cristiana, los perseguía hasta en ciudades extranjeras, y cuando eran condenados a muerte él contribuía con su voto (26,10-11).

Lo mismo ocurre con la misión encomendada a Pablo. El primer relato sólo anticipa que Pablo llevará “el nombre de Cristo ante los gentiles, los reyes y los judíos” (9,15). En el segundo ya aparece enviado, pero sin aclarar cómo será su misión (22,15). En el tercero Pablo no sólo es enviado sino que se especifica los detalles de su misión (26,16-18).

Sin importarle que aparezcan como contradictorios, Lucas también cambia otros detalles para hacer más variada su exposición. Así, el primer relato dice que los compañeros de Pablo oyeron la voz pero no vieron la luz (9,7). El segundo dice que vieron la luz pero no oyeron la voz (22,9). Y el tercero, que ni vieron ni oyeron nada.

De igual manera sucede con el efecto de la conmoción. La primera vez dice que Pablo cayó al suelo y sus compañeros quedaron de pie (9,7). Pero e otra parte dice que ellos cayeron al suelo con Pablo (26,14). Se trata de simples técnicas de variación sin importancia histórica alguna.

Un diálogo conocido

Hay un único elemento que se mantiene igual y que no fue cambiado en ninguno de los tres relatos: el diálogo entre Pablo y Cristo en el momento de la aparición. ¿Por qué fue conservado este diálogo con tanto cuidado? ¿Porque sí reflejaba, quizás, una conversación real entre Jesús y el apóstol?

Hoy los biblistas sostienen que se trata de un diálogo también artificial, muy común en el Antiguo Testamento, llamado “diálogo de aparición”. Los escritores sagrados lo emplean cada vez que quieren contar la aparición de Dios o de un ángel a alguna persona.

El “diálogo de aparición” consta normalmente de cuatro elementos: a)la doble mención del nombre de la persona (¡Saúl, Saúl!); b)una breve pregunta del personaje (¿Quién eres, Señor?); c)la autopresentación del Señor (Yo soy Jesús, a quien tú persigues); y d)un encargo (Levántate y vete).

Este mismo “diálogo” lo tenemos, por ejemplo, cuando el ángel le encarga a Jacob regresar a su patria (Gn 31,11-13); cuando Dios autoriza a Jacob a bajar a Egipto (Gn 46,2-3); en la vocación de Moisés (Ex 3,2-10); en el sacrifico de Isaac (Gn 22,1-2); en la vocación de Samuel (1 Sm 3,4-14).

Utilizando este “diálogo” artificial, empleado oficialmente para estas ocasiones, Lucas quiso decir a sus lectores que Pablo realmente había conversado con Jesucristo camino a Damasco, y que no había sido una mera alucinación.

Pablo y nosotros

Siempre nos han resultado lejanos y misteriosos los personajes bíblicos, precisamente porque aparecen viviendo experiencias extrañas y especialísimas, que ningún cristiano normal vive hoy en día.

También Pablo, en cierto momento de su vida, experimentó un encuentro íntimo y especial con Jesús, que lo llevó a abandonar todo y a centrar su existencia únicamente en Cristo Resucitado. Fue una experiencia interior inefable, imposible de contar con palabras. Pero el autor bíblico la describe adornada con voces divinas, luces celestiales, caídas estrepitosas, ceguera, para exponer de algún modo lo que nadie es capaz de comunicar.

En realidad la experiencia paulina fue semejante a la de muchos de nosotros. Seguramente nuestra propia vocación cristiana fue también un encuentro grandioso con Jesús resucitado. Pero no oímos voces extrañas, ni vimos luces maravillosas. Y por eso no la solemos valorar. Y muchas veces languidece anémica en algún rincón de nuestra vida diaria.

Por eso hace bien reconocer que tampoco Pablo vio nada de aquello. Que no nos lleva ventaja alguna. Recordarlo, y pensar luego en la cantidad de veces que podemos experimentar a Jesús resucitado en nuestra vida, puede ser la ocasión para animarnos a hacer cosas mayores que las que hacemos ordinariamente. Como las que hizo Pablo.

Autor: Ariel Álvarez Valdés

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Episodio de la conversión de san Pablo en la Biblia


La Biblia, en el capítulo 9 de los Hechos de los Apóstoles, narra así la conversión de san Pablo:

"Saulo, respirando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote y le pidió cartas de recomendación para las sinagogas de los judíos de Damasco, para que si encontraba algunos seguidores de Cristo, los pudiera llevar presos y encadenados a Jerusalén. Y sucedió que yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo; cayó en tierra y oyó una voz que le decía: "Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues?". El respondió: ¿Quién eres tú Señor? Y oyó que le decían: "Yo soy Jesús a quien tú persigues. Pero ahora levántate; entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tendrás que hacer".

Los hombres que iban con él se habían detenido mudos de espanto, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, y aunque tenía los ojos abiertos no veía nada. Lo llevaron de la mano y lo hicieron entrar en Damasco. Pasó tres días sin comer y sin beber.

Había en Damasco un discípulo llamado Ananías. El Señor le dijo en una visión: ¡Ananías! El respondió: "Aquí estoy Señor" y el Señor le dijo: "Levántate. Vete a la calle Recta y pregunta en la casa de Judas por uno de Tarso que se llama Saulo; mira: él está en oración y está viendo que un hombre llamado Ananías entra y le coloca las manos sobre la cabeza y le devuelve la vista. Respondió Ananías y dijo: "Señor, he oído a muchos hablar de ese hombre y de los males que ha causado a tus seguidores en Jerusalén, y que ha venido aquí con poderes de los Sumos Sacerdotes para llevar presos a todos los que creen en tu nombre". El Señor le respondió: "Vete, pues a éste lo he elegido como un instrumento para que lleve mi nombre ante los que no conocen la verdadera religión y ante los gobernantes y ante los hijos de Israel. Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre".

Fue Ananías. Entró en la casa. Le colocó sus manos sobre la cabeza y le dijo: "Hermano Saulo: me ha enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías. Y me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo". Al instante se le cayeron de los ojos unas como escamas y recobró la vista. Se levantó y fue bautizado. Tomó alimento y recobró las fuerzas.

Estuvo algunos días con los discípulos de Damasco y enseguida se puso a predicar en favor de Jesús, en las sinagogas o casas de oración, y decía que Jesús es el Hijo de Dios. Todos los que lo escuchaban quedaban admirados y decían: ¿No es éste el que en Jerusalén perseguía tan violentamente a los que invocaban el nombre de Jesús? Y ¿No lo habían enviado los Sumos Sacerdotes con cartas de recomendación para que se llevara presos y encadenados a los que siguen esa religión? "Pero Saulo seguía predicando y demostraba a muchos que Jesús es el Mesías, el salvador del mundo".

Saulo se cambió el nombre por el de Pablo. En la carta a los Gálatas dice:

"Cuando Aquél que me llamó por su gracia me envió a que lo anunciara entre los que no conocían la verdadera religión, me fui a Arabia, luego volví a Damasco y después de tres años subí a Jerusalén para conocer a Pedro y a Santiago". Las Iglesias de Judea no me conocían pero decían: "El que antes nos perseguía, ahora anuncia la buena noticia de la fe, que antes quería destruir". Y glorificaban a Dios a causa de mí.

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jueves, 24 de enero de 2019

Cartel de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada 2019

"No nos enojemos en el camino unos contra otros", san Francisco de Sales


La vida de este «apóstol de la amabilidad», doctor de la Iglesia, es uno de los claros ejemplos de lucha sin cuartel contra el defecto dominante y muestra de que cuando se ama a Dios, con su gracia, todo es posible.

Nacido en el castillo de Sales, en Saboya, el 21 de agosto de 1567, fue conquistando la virtud día tras día. En ella condensaba la exquisita enseñanza evangélica que había recibido de su madre, excelente narradora de la fe que desmenuzó ante los ojos inquietos del niño. Heredó su paciencia y constancia, así como la elegancia en el trato.

Temiendo su padre que la influencia materna hiciera de él un hombre frágil, designó al riguroso y exigente padre Déage para ser su preceptor. El santo agradeció siempre sus enseñanzas y las acogió humildemente. Eso sí, determinó actuar con los demás de un modo distinto, allanándoles el camino y liberándoles del peso que encierra el perfeccionismo.

Al recibir la primera comunión en el colegio de Annecy con 8 años, estableció las consignas que seguiría su vida de entrega a Cristo: orar, visitar al Santísimo, ayudar a los pobres y leer vidas ejemplares. Procuró ser fiel a ellas hasta el fin de sus días.

Sentía ardientes deseos de consagrarse a Cristo, pero su padre lo envió a estudiar a París. Recibió educación en el colegio Clermont de los jesuitas, que combinaba con dos horas diarias de equitación, esgrima y baile, bajo la dirección del padre Déage, en un plan diseñado por él que incluía confesión y comunión semanal. Destacó en retórica, filosofía y teología. La determinación que tomó de consagrarse a la Santísima Virgen le ayudó a superar todas las pruebas que sufrió en esa época, manteniendo incólume su pureza. Sus modelos eran san Francisco de Asís y san Felipe Neri.

A los 18 años era manifiesta su inclinación a la ira. Y, consciente de ello, ponía todo su empeño en contenerla. Se dice que la sangre se agolpaba en sus mejillas en determinadas situaciones incómodas para él. Qué esfuerzos haría para someter este defecto que quienes le conocían, al ver su delicado trato, consideraban que estaba libre de esa tendencia y jamás podrían haber imaginado el combate interior que libraba. Experimentaba también una profunda angustia que le llevaba a pensar en su condenación. Esta idea se le clavó hondamente y trazó en su organismo las huellas de su inquietud: una suma delgadez y el temor por su razón. Le aterrorizaba saber que en el infierno no podría amar a Dios. Este desasosiego se disipó al recitar ante la Virgen la oración de san Bernardo «Acordaos…»,y también le ayudó a curar su orgullo.

En 1588 comenzó a estudiar derecho en Padua, como deseaba su padre, sin descuidar la teología que precisaba dominar para ser sacerdote. Aún seguía estrictamente el plan de vida que se trazó a los 8 años. Todos los días hacía su examen particular; tenía presente su defecto dominante: el mal genio, y veía si había actuado con la virtud contraria a esta tendencia. Oraba, meditaba, se proponía ser cada día más amable en su trato con los demás, con la prudencia debida, trayendo a su mente la presencia de Dios. Prosiguió defendiendo su vocación con paciencia y tesón hasta que logró vencer la férrea voluntad de su padre en cuyos planes no entraba la opción de entrega total a Dios, sino que esperaba que hubiera contraído matrimonio eligiendo esa otra forma de vida.

Finalmente, logró su deseo, y fue ordenado sacerdote. Lo destinaron a la costa sur del lago de Ginebra para luchar contra el protestantismo, y allí desplegó todas sus artes obteniendo numerosas conversiones. En esta compleja misión de Chablais tuvo que hacer acopio de paciencia y esperar confiadamente que en el árido corazón de las gentes germinase la semilla de la fe. El arma fue el amor, y así lo confió él mismo a santa Juana Chantal: «Yo he repetido con frecuencia que la mejor manera de predicar contra los herejes es el amor, aún sin decir una sola palabra de refutación contra sus doctrinas». En 1602 fue designado obispo de Ginebra, sucediendo en el gobierno de la diócesis al prelado Claudio de Granier. Fijada su residencia en Annecy, enseguida destacó por su generosidad, caridad y humildad.

Juana Chantal fue una de las incontables personas a las que dirigiría espiritualmente. La conoció en 1604 cuando predicaba un sermón de Cuaresma en Dijón. Con ella fundó la Congregación de la Visitación en 1610.

Como rector de almas no tenía precio. Era bondadoso y firme a la par. En su Introducción a la vida devota había hecho notar: «Quiero una piedad dulce, suave, agradable, apacible; en una palabra, una piedad franca y que se haga amar de Dios primeramente y después de los hombres».Acuñó esta conocida apreciación, surgida de su experiencia: «un santo triste es un triste santo».

A él se debe también la consigna escrita en su Tratado del Amor de Dios:«La medida del amor es amar sin medida». Preocupado por la genuina vivencia de la caridad evangélica había escrito:

«No nos enojemos en el camino unos contra otros». «Caminemos con nuestros hermanos y compañeros con dulzura, paz y amor; y te lo digo con toda claridad y sin excepción alguna: no te enojes jamás, si es posible; por ningún pretexto des en tu corazón entrada al enojo». Así había vivido: entregado a los demás; hecho ascua de amor.

Tras su muerte, acaecida en Lyon el 28 de diciembre de 1622, monseñor Camus manifestó que al extraerle la vesícula biliar hallaron nada menos que 33 piedras. Eso da idea del ímprobo esfuerzo que habría hecho el santo a lo largo de su vida para trocar en mansedumbre y dulzura un temperamento volcánico poderosamente inclinado al mal genio y a la cólera. Fue canonizado el 19 de abril de 1665 por Alejandro VII. Es patrón de los escritores y periodistas católicos.

Autora: Isabel Orellana Vilches

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