martes, 1 de noviembre de 2022

¿La Biblia habla del Purgatorio?



Esta bien puede ser la pregunta más común que recibo con respecto a nuestra fe católica, ya sea en conferencias, vía e-mail, correo regular o cualquier otro medio. Empecemos aclarando simplemente a lo que nos referimos cuando decimos "Purgatorio." El Catecismo de la Iglesia Católica enseña:

Todo aquel que muera en gracia de Dios, pero sin estar perfectamente purificado, efectivamente tiene garantía de su salvación eterna; pero luego de la muerte deben someterse a una purificación, de manera que alcancen la santidad necesaria para entrar en el gozo del cielo (1030).

Esto parece ser bastante sencillo. Se trata del sentido común. Las Sagradas Escrituras son bien claras cuando señalan, "Pero nada profano entrará [al cielo]" (Ap 21:27).  Hab 1:13 dice, "Tú [Dios]... muy limpio eres de ojos para mirar el mal, ver la opresión no puedes..." ¿Cuántos de nosotros estaremos perfectamente santificados al momento de nuestra muerte?

Me atrevo a decir que la mayoría de nosotros necesitaremos una mayor purificación para entrar a las puertas del cielo después de morir, si, Dios lo permita, morimos en estado de gracia. A la luz de esto, la verdad sobre el purgatorio es casi evidente para los católicos. Sin embargo, para muchos protestantes esta es una de las enseñanzas católicas más repugnantes de todas. Representa "una invención medieval que no se encuentra en parte alguna de la Biblia." A menudo se denomina "una negación del sacrificio suficiente de Cristo." Se dice que representa una "teología de la segunda oportunidad que es abominable."

Un buen lugar para comenzar

Tal vez el mejor lugar para comenzar es con la referencia más pública en cierto modo del purgatorio en el Antiguo Testamento. Digo un "Purgatorio en cierto modo" porque el Purgatorio es una enseñanza revelada completamente en el Nuevo Testamento y definida por la Iglesia Católica. 

Las personas de Dios del Antiguo Testamento no lo habrían llamado "Purgatorio," pero sí creían claramente que los vivos podían desagraviar los pecados de los muertos, como lo probaré ahora. Este es un elemento que forma parte de lo que los católicos llaman "purgatorio".

En II Macabeos 12:39-46, descubrimos a Judas Macabeo y a los miembros de sus fuerzas militares recolectando los cadáveres de algunos compañeros caídos que habían muerto en combate. Cuando ellos descubrieron que estos hombres llevaban "objetos consagrados a los ídolos de Yamnia, que la ley prohíbe usar a los judíos" (vs. 40), Judas y sus compañeros discernieron que habían muerto como un castigo por su pecado. Por ello, Judas y sus hombres "pasaron a la súplica rogando que quedara completamente borrado el pecado cometido... Él también realizó una colecta… y la envió a Jerusalén como ofrenda por el pecado cometido. Al hacer esto, actuaron muy bien y de manera honorable… De esa manera realizó el sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado.

A menudo existen dos objeciones inmediatas al uso de este texto cuando se habla con los protestantes. En primer lugar, descartarán cualquier evidencia que se presente ahí porque no aceptan la inspiración de los libros de los Macabeos. Y segundo, afirmarán que estos hombres que aparecen en los Macabeos cometieron el pecado de idolatría, que sería un pecado mortal en la teología católica. Según la Iglesia Católica, ellos estarían en el infierno donde no hay posibilidad de redención. Así, y de esta manera irónica, señalarán que el purgatorio debe ser eliminado como una posible interpretación de este texto, si eres católico.

La respuesta católica

Rechazar la inspiración y la canonicidad del segundo libro de los Macabeos no niega su valor histórico. Los Macabeos nos ayudan a conocer, al menos desde una perspectiva histórica, que los judíos creían en rezar y en hacer expiación por los muertos poco antes de la venida de Cristo. Esta es la fe en la que Jesús y los apóstoles fueron criados.

Y es en este contexto que Jesús declara en el Nuevo Testamento: Y el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero el que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro. (Mateo 12:32)

Esta declaración de nuestro Señor implica que hay al menos algunos pecados que pueden ser perdonados en la próxima vida a un pueblo que ya lo creía.

La siguiente objeción presenta un problema más complejo. El castigo para el pecado mortal es, de hecho, la auto-exclusión definitiva de la comunión con Dios y los santos, en el infierno según la enseñanza católica (ver CCE 1033). Pero es una incongruencia concluir de su enseñanza que II Macabeos no se podría estar refiriendo a un tipo de purgatorio.

Primero que nada, una lectura cuidadosa del texto revela el pecado de estos hombres al portar pequeños amuletos u "objetos consagrados a los ídolos de Yamnia" bajo sus túnicas mientras se dirigían a la batalla. Esto estaría más cercano al caso de un jugador de béisbol que cree que existe cierto poder en realizar sus rituales supersticiosos antes de batear que al pecado mortal de la idolatría. Esto era, lo más probable, un pecado venial para ellos.

Pero incluso si lo que hicieron hubiera sido de una materia objetivamente grave, los buenos judíos en tiempos antiguos — tal y como los Buenos católicos hoy en día — creían que siempre debían rezar por las almas de aquellos que habían muerto "porque tú [Oh Dios], solo tú conoces los corazones de los hijos del hombre." (II Cr. 6:30).  Solo Dios conoce el grado de culpabilidad de estos "pecadores."

Además, algunos o todos ellos se podrían haber arrepentido antes de morir. Tanto los judíos como los cristianos católicos conservan la esperanza de la salvación de los muertos por este lado del cielo; y así, siempre rezamos por quienes han muerto.

Un texto más sencillo

En Mateo 5:24-25, Jesús es aún más explícito acerca del Purgatorio:

Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan a la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo (Mateo 5:25-26).

Para los católicos, como Tertuliano por ejemplo, en De Anima 58, escrito alrededor del año 208 DC, esta enseñanza es parabólica, utilizando el conocido ejemplo de la "prisión" y la necesaria penitencia que representa, como una metáfora del sufrimiento del purgatorio que se requerirá para las transgresiones menores, representadas por el "kodrantes" o "céntimo " del versículo 26.

Pero para muchos protestantes, nuestro Señor simplemente está dando instrucciones a sus seguidores con respecto a esta vida exclusivamente. Esto no tiene nada que ver con el purgatorio.

Esta interpretación tradicional protestante es bastante débil contextualmente hablando. Estos versículos se encuentran en medio del famoso "Sermón de la Montaña," en el que nuestro Señor nos enseña sobre el cielo (vs. 20), el infierno (vs. 29-30), y sobre los pecados tanto mortales (vs. 22) como veniales (vs. 19), en un contexto que presenta "el Reino de los Cielos" como la meta última (ver versículos 3-12). 

Nuestro Señor continúa diciendo que si no amas a tus enemigos, "¿qué recompensa vais a tener? (versículo 46)"  Y aclara muy bien que estas "recompensas" no son de este mundo.  Son las "recompensas de su Padre que está en el cielo" (6,1) o los "tesoros en el cielo " (6,19).

Además, como lo señala san Juan en 20,31, todas las Sagradas Escrituras están escritas "bajo la creencia que puedas tener vida [eterna] en su nombre." Las Sagradas Escrituras siempre deben ser vistas en el contexto de la realización total de la vida divina en el mundo que está por venir.

Nuestra vida actual es presentada "como un vapor que aparece durante corto tiempo, y luego se desvanecerá" (Santiago 1,17).  Parecería extraño ver el énfasis más profundo e incluso un "énfasis del otro mundo" a lo largo del Sermón de la Montaña, exceptuando estos dos versículos.

Cuando agregamos a esto el hecho que la palabra griega para prisión —“phulake”— es la misma palabra utilizada por Pedro en 1 Pedro 3,19, para describir el "lugar de espera" al cual Jesús descendió luego de su muerte para liberar a los espíritus detenidos de los creyentes del Antiguo Testamento, la posición Católica cobra aún más sentido. “Phulake” se usa de manera comprobable en el Nuevo Testamento para referirse a un lugar de espera temporal y no exclusivamente en esta vida.

El texto más sencillo de todos

1 Corintios 3:11-15 bien podría ser el texto más directo en todas las Sagradas Escrituras cuando se trata del Purgatorio:

Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo. Y si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego. Y la calidad de la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego. Y la calidad de la obra de cada cual, la probará el fuego. Aquel, cuya obra, construida sobre el cimiento, resista, recibirá la recompensa. Mas aquel cuya obra quede abrasada, sufrirá el daño. Él, no obstante, quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego.

Ninguna secta Cristiana que yo conozca siquiera intenta negar que este texto habla del juicio de Dios en el que la obra de los fieles será probada después de la muerte. Dice que nuestras obras pasarán por el “fuego”, hablando de manera figurada.

En la Escritura, el "fuego" se usa de manera metafórica de dos maneras: como un agente purificador (Mal 3:2-3; Mateo 3:11; Marcos 9:49); y como aquello que consume (Mateo 3:12; II Tes 1:7-8). De tal manera que se trata de un símbolo que encaja aquí para el juicio de Dios.

Algunas de las "obras" representadas son quemadas y otras son purificadas.  Estas obras sobreviven o se queman según su "calidad" esencial (Gr. “hopoiov” — de qué tipo).

A lo que se refiere no puede ser el cielo porque hay imperfecciones que necesitan "quemarse" (ver nuevamente, Ap 21:27, Hab 1:13).  No puede ser el infierno porque las almas son salvadas. ¿Entonces, qué es? Los protestantes lo llaman "el Juicio" y nosotros los católicos estamos de acuerdo. Nosotros los católicos simplemente especificamos que la parte del juicio de los salvados en la que las imperfecciones son purgadas es el "Purgatorio."

¡Objeción!

El protestante que responde inmediatamente pondrá la atención en el hecho que no hay mención alguna, al menos de manera explícita, de la "limpieza del pecado" en ningún lugar del texto. Solamente se prueban las obras. El enfoque está puesto en las recompensas que recibirán los creyentes por su servicio, y no en cómo se limpia su carácter del pecado o de la imperfección. Y los creyentes aquí observan cómo sus obras atraviesan el fuego, ¡pero escapan de él!

Ante todo, ¿qué son los pecados sino obras malas o malvadas (ver Mateo 7:21-23, Juan 8:40, Gálatas 5:19-21)?  Si estas "obras" no representan pecados e imperfecciones, por qué tendrían que ser eliminadas? 

Segundo, es imposible que una "obra" sea limpiada separada del ser humano que la cometió. Somos, en cierto sentido, lo que hacemos cuando se trata de nuestras opciones morales. No existe tal cosa como una "obra" flotando alrededor en algún lugar separada de un ser humano que pudiera limpiarse lejos de ese ser humano. La idea de que las obras estén separadas de las personas no tiene sentido.
Sin embargo, y lo que es más importante, esta idea de que estas "obras" se "quemen" aparte del alma que realizó tales obras se contradice en el mismo texto. El texto en efecto dice que las obras serán probadas con fuego, pero "si la obra sobrevive... él (o ella) recibirá una recompensa. Si la obra de un hombre se quema, él experimentará una pérdida." Y, "él será salvado, pero solamente a través del fuego" (Gr. “dia puros”).  La verdad es: que tanto las obras del individuo como el individuo mismo pasarán por el "fuego" purificador descrito por San Pablo para que "él" pueda finalmente ser salvado y entre en el gozo del Señor. Suena bastante parecido al Purgatorio.


Autor: Tim Staples es director de apologética y evangelización en Catholic Answers, pero no ha sido siempre católico. Es autor de The Sword Of The Spirit, Catholic Answers To Common Objections, Defending Your Faith: How to Counter Standard Objections to Catholicism, and Five Non-Negotiables.


Apuntes litúrgicos: CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS (2 de noviembre)


MISA DE LA CONMEMORACIÓN: 
Color blanco, morado o violeta, negro.



Blanco



Violeta o morado




Negro



Color de la vestimenta:

El primer tema de estos apuntes litúrgicos sobre la fiesta de los fieles difuntos es el color de la casulla, estola, etc. He visto celebraciones en donde el color que predomina es el blanco, en otras el morado, y en otras el negro.

El Calendario litúrgico pastoral publicado en España señala el color morado como el apropiado para esta celebración; sin embargo, el Calendario Litúrgico Pastoral de los Estados Unidos y el Reino Unido ofrece la posibilidad de escoger entre blanco, morado o negro.

Comprender el significado de los colores de las vestiduras y ornamentos que se usan en la Eucaristía puede ayudarnos a escoger el color para esta celebración en aquellas diócesis en donde se ofrece esta opción.

Blanco:

El color blanco simboliza tiempo de esperanza y júbilo. Antiguamente, cuando el color más usado en las exequias era el negro o morado, en el funeral de un niño recién nacido que ya hubiese sido bautizado, se usaban vestiduras blancas. Suele ser usado también en funerales de adultos como signo de resurrección.

Morado:

El color morado simboliza una profundización espiritual, una preparación. Se usa en funerales y misas de difuntos.

Rojo:

El color rojo simboliza el martirio y la fuerza del Espíritu Santo. Es usado en las fiestas de la Pasión del Señor, de los santos mártires y del Espíritu Santo, Domingo de Ramos, Viernes Santo y Pentecostés. En Roma, es usado para los funerales de cardenales y del Sumo Pontífice.

Negro:

El color negro simboliza duelo y tristeza. Antiguamente se usaba mucho, sobre todo en las misas exequiales o de funerales (sigue estando permitido). En el rito romano tradicional se usa el Viernes Santo, en las Misas de difuntos o de Requiem y en las tres misas que se dicen en la Conmemoración de los Fieles Difuntos (2 de noviembre). Aún más anteriormente durante la Cuaresma.

MISAL:

– Antífonas y oraciones. propias: 3 formularios a libre elección del celebrante.
– Prefacio de difuntos: el misal ofrece 5 opciones.
– No se puede decir la Plegaria Eucarística IV.

LECCIONARIO:

Se toman tres lecturas de las Misas de difuntos: Volumen V y VIII

Cristo es la Resurrección. Hoy la Iglesia recuerda con piedad y amor a todos los hermanos difuntos y eleva su oración al Señor a favor de todos ellos. El dolor, la misma muerte, deben conducir a confiar plenamente en Dios (1 lectura), porque Jesús es la vida y nos enseña el camino y la verdad (Evangelio); Pablo reafirma nuestra fe en la vida del resucitado (2 lectura).

COMUNIÓN:

Los fieles que hayan recibido la Comunión en una Misa pueden recibirla otra vez dentro de la celebración eucarística en la que participe.

ADORNOS:

Este día el altar no se adorna con flores.

MÚSICA:

La música de órgano y de los otros instrumentos solo se permite para sostener el canto.

OTRAS CELEBRACIONES:

Hoy no se permiten otras celebraciones, excepto la Misa exequial.


Fuentes:
Ordo de las Arquidiócesis de Denver y Santa Fe; de las diócesis de Cheyenne, Colorado Springs, Gallup, Las Cruces, Phoenix, Pueblo, Tucson (USA)
Calendario Litúrgico Pastoral, Conferencia Episcopal Española.
Calendario Litúrgico Pastoral, Conferencia Episcopal USA.
Calendario Litúrgico Pastoral, Conferencia Episcopa Reino Unido.
EWTN.com

La oración por los difuntos



Desde los comienzos del cristianismo y aún antes -en la tradición judía- la oración por los difuntos ha sido una costumbre que no se ha interrumpido nunca. 

Antiguo Testamento 

La tradición de los judíos está clara en el Segundo Libro de los Macabeos: Judas, comandante de las fuerzas de Israel “reuniéndolos…envió doce mil dracmas de plata a Jerusalén para ofrecer en sacrificio por los pecados de los muertos, pensando bien y religiosamente en relación a la resurrección (porque si él no esperara que aquellos que fueron esclavos pudieran levantarse nuevamente, habría parecido superfluo y vano orar por los muertos).

Es, por lo tanto, un pensamiento sagrado y saludable orar por los muertos, que ellos pueden ser librados de los pecados” (2 Mac 12,43-46). En los tiempos de los Macabeos los líderes del pueblo de Dios no tenían dudas en afirmar la eficiencia de las oraciones ofrecidas por los muertos para que aquellos que habían partido de ésta vida encuentren el perdón por sus pecados y esperanza de resurrección eterna.

Nuevo Testamento

Hay varios pasajes en el Nuevo Testamento que apuntan a un proceso de purificación después de la muerte. Es por esto que Jesucristo declara (Mt 12,32) “Y quien hable una palabra contra el Hijo del Hombre, será perdonado: pero aquel que hable una palabra contra el Espíritu Santo, no será perdonado ni en este mundo ni en el que vendrá”. 

De acuerdo con san Isidoro de Sevilla (Deord. creatur., c. XIV, n. 6) estas palabras prueban que en la próxima vida “algunos pecados serán perdonados y purgados por cierto fuego purificador“.

San Agustín también argumenta “que a algunos pecadores no se les perdonarán sus faltas ya sea en este mundo o en el próximo no se podría decir con verdad a no ser que hubieran otros (pecadores) a quienes, aunque no se les perdone en esta vida, son perdonados en el mundo por venir.” (De Civ. Dei, XXI, XXIV).

San Gregorio el Grande (Dial., IV, XXXIX) hace la misma interpretación; san Beda (comentario sobre este texto) y san Bernardo (Sermo LXVI en Cantic., n.11) también lo entienden así.

Un nuevo argumento es dado por san Pablo en 1 Cor 3,11-15: “Un día se verá el trabajo de cada uno. Se hará público en el día del juicio, cuando todo sea probado por el fuego. El fuego, pues, probará la obra de cada uno. Si lo que has construido resiste al fuego, serás premiado. Pero si la obra se convierte en cenizas, el obrero tendrá que pagar. Se salvará, pero no sin pasar por el fuego.” Este pasaje es visto por muchos de los Padres y teólogos como evidencia de la existencia de un estado intermedio en el cual el alma purificada será salvada.

Tradición 

El testimonio de la Tradición es universal y constante. Llega hasta nosotros por un triple camino:

1) la costumbre de orar por los difuntos privadamente y en los actos litúrgicos

2) las alusiones explícitas en los escritos patrísticos a la existencia y naturaleza 
    de las penas del purgatorio

3) los testimonios arqueológicos, como epitafios e inscripciones funerarias en los que se muestra 
    la fe en una purificación ultraterrena

Esta doctrina de que muchos que han muerto aún están en un lugar de purificación y que las oraciones valen para ayudar a los muertos es parte de la tradición cristiana más antigua.

Tertuliano (155-225) en “De corona militis” menciona las oraciones para los muertos como una orden apostólica y en “De Monogamia” (cap. X, P. L., II, col. 912) aconseja a una viuda “orar por el alma de su esposo, rogando por el descanso y participación en la primera resurrección”; además, le ordena “hacer sacrificios por él en el aniversario de su defunción,” y la acusó de infidelidad si ella se negaba a socorrer su alma. 

Del siglo II  se conservan ya testimonios explícitos de las oraciones por los difuntos. Del siglo III hay testimonios que muestran que es común la costumbre de rezar en la Misa por ellos.

San Cirilo de Jerusalén (313-387) explica que el sacrificio de la Misa es propiciatorio y que «ofrecemos a Cristo inmolado por nuestros pecados deseando hacer propicia la clemencia divina a favor de los vivos y los difuntos» (Catequesis Mistagógicas 5,9: PG 33,1116-1117).

San Epifanio estima herética la afirmación de Aerio según el cual era inútil la oración por los difuntos (Panarión, 75,8: PG 42,513).

Refiriéndose a la liturgia, comenta san Juan Crisóstomo (344-407): «Pensamos en procurarles algún alivio del modo que podamos… ¿Cómo? Haciendo oración por ellos y pidiendo a otros que también oren... Porque no sin razón fueron establecidas por los apóstoles mismos estas leyes; digo el que en medio de los venerados misterios se haga memoria de los que murieron… Bien sabían ellos que de esto sacan los difuntos gran provecho y utilidad…» (In Epist. ad Philippenses Hom., 3,4: PG 62,203).

Y san Agustín (354-430): «Durante el tiempo que media entre la muerte del hombre y la resurrección final, las almas quedan retenidas en lugares recónditos, según es digna cada una de reposo o de castigo, conforme a lo que hubiere merecido cuando vivía en la carne. Y no se puede negar que las almas de los difuntos reciben alivio por la piedad de sus parientes vivos, cuando por ellas se ofrece el sacrificio del Mediador o cuando se hacen limosnas en la Iglesia» (Enquiridión, 109-110: PL 40,283).

Escribe san Efrén (306-373) en su testamento: “En el trigésimo de mi muerte acordáos de mí, hermanos, en las oraciones. Los muertos reciben ayuda por las oraciones hechas por los vivos” (Testamentum).

Entre los testimonios arqueológicos, se encuentra el conocido epitafio de Abercio. En este epitafio leemos: “Estas cosas dicté directamente yo, Abercio, cuando tenía claramente sesenta y dos años de edad. Viendo y comprendiendo, reza por Abercio”. Abercio era un cristiano, probablemente obispo de Ierápoli, en Asia menor, que antes de morir compuso de propia mano su epitafio, es decir la inscripción para su tumba. Se puede fácilmente comprender cómo la Iglesia primitiva, la Iglesia de los primeros siglos, creía en el Purgatorio y en la necesidad de rezar por las almas de los difuntos.

«Ofrecer el sacrificio por el descanso de los difuntos -escribía San Isidoro de Sevilla (560-636)- … es una costumbre observada en el mundo entero. Por esto creemos que se trata de una costumbre enseñada por los mismos Apóstoles. En efecto, la Iglesia católica la observa en todas partes; y si ella no creyera que se les perdonan los pecados a los fieles difuntos, no haría limosnas por sus almas, ni ofrecería por ellas el sacrificio a Dios» (De ecclesiasticis officiis, 1,18,11: PL 83,757).

Fuente: L. F. Mateo Seco

¿Qué dice el Catecismo de la Iglesia Católica sobre el Purgatorio?

1 parte: La profesión de fe
2 sección: La profesión de fe cristiana
Capítulo 3: Creo en el Espíritu Santo
Artículo 12: Creo en la Vida Eterna

III. La purificación final o purgatorio

1030 Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.

1031 La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820; 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por ejemplo 1 Co 3,15; 1 P 1,7) habla de un fuego purificador:

«Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12,31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, Dialogi 4, 41, 3).

1032 Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: "Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado" (2 M 12, 46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos:

«Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre (cf. Jb 1, 5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? [...] No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos» (San Juan Crisóstomo, In epistulam I ad Corinthios homilia 41, 5).

Celebración de todos los Santos con los niños (Holywins)

La fiesta de todos los Santos es una de las celebraciones que más gustan a los niños/as y a sus familias. Por este motivo, el Consejo Parroquial y el Parroco de nuestra Familia Parroquial decidieron celebrar todos los Santos el domingo mas proximo al dia 1 de Noviembre. 

Ese dia, las lecturas y oraciones son las propias del domingo en el que estamos, pero los niños/as celebran la misa vestidos de su santo o santa favorito y participan en la procesión de entrada. 

Durante lo homilia, el sacerdote, ademas de comentar las lecturas del domingo, invita a las familias a dejarse inspirar por las vidas de los santos/as. Al final de la celebración nos hacemos una foto en los jardines de la parroquia que aparecerá publicada en el boletin parroquial.

¿Quiénes son los santos? por el P. Raniero Cantalamessa



Hace tiempo que los científicos envían señales al cosmos en espera de respuestas de parte de seres inteligentes en algún planeta perdido. La Iglesia desde siempre mantiene un diálogo con los habitantes de otro mundo, los santos. Es cuanto proclamamos al decir: «Creo en la comunión de los santos».

Aunque existieran habitantes fuera del sistema solar, la comunicación con ellos sería imposible porque entre la pregunta y la respuesta pasarían millones de años. Aquí en cambio la respuesta es inmediata porque existe un centro de comunicación y de encuentro común que es Cristo Resucitado.

Tal vez también por el momento del año en que cae, la Solemnidad de todos los santos tiene algo especial que explica su popularidad y las numerosas tradiciones ligadas a ella en algunos sectores de la cristiandad. El motivo está en lo que dice Juan en la segunda lectura:

En esta vida «somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos»; somos como el embrión en el seno de la madre que anhela nacer. Los santos han «nacido» (la liturgia llama «día del nacimiento», dies natalis, al día de su muerte); contemplarles es contemplar nuestro destino. Mientras a nuestro alrededor la naturaleza se desnuda y caen las hojas, la fiesta de todos los santos nos invita a mirar a lo alto; nos recuerda que no estamos destinados a marchitarnos en tierra para siempre, como las hojas.

El pasaje del Evangelio es el de las Bienaventuranzas. Una en particular ha inspirado la elección del pasaje: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados». Los santos son aquellos que han tenido hambre y sed de justicia, esto es, en lenguaje bíblico, de santidad. No se han resignado a la mediocridad, no se han contentado con medias tintas.

Nos ayuda a entender quiénes son los santos la primera lectura de la Solemnidad. Son «los que han lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero». La santidad se recibe de Cristo; no es de producción propia. En el Antiguo Testamento ser santos quería decir «estar separados» de todo lo que es impuro; en la acepción cristiana quiere decir más bien lo contrario, o sea, «estar unidos», se entiende que a Cristo.

Los santos, esto es, los salvados, no son sólo los que enumera el calendario o el santoral. Existen también los «santos desconocidos»: quienes arriesgaron su vida por los hermanos, los mártires de la justicia y de la libertad, o del deber, los «santos laicos», como alguien les ha llamado. Sin saberlo, también sus vestiduras han sido lavadas en la sangre del Cordero, si han vivido según la conciencia y les ha importado el bien de los hermanos.

Surge espontáneamente una pregunta: ¿qué hacen los santos en el paraíso? La respuesta está, también aquí, en la primera lectura: los salvados adoran, echan sus coronas ante el trono, gritando: «Alabanza, honor, bendición, acción de gracias...». Se realiza en ellos la verdadera vocación humana, que es la de ser «alabanza de la gloria de Dios» (Ef 1,14). Su coro es guiado por María, que en el cielo continúa su canto de alabanza: «Proclama mi alma la grandeza del Señor». Es en esta alabanza donde los santos encuentran su bienaventuranza y su gozo: «Se alegra mi espíritu en Dios». El hombre es aquello que ama y aquello que admira. Amando y alabando a Dios uno se ensimisma con Dios, se participa de su gloria y de su propia felicidad.

Un día, un santo, San Simeón el Nuevo Teólogo, tuvo una experiencia mística de Dios tan fuerte que exclamó para sí: «Si el paraíso no es más que esto, ¡me basta!». Pero la voz de Cristo le dijo: «Eres bien mezquino si te contentas con esto. El gozo que has experimentado en comparación con el del paraíso es como un cielo pintado en papel respecto al verdadero cielo».


La devoción a los santos nace alrededor de las tumbas de los mártires



“Estos que visten estolas blancas,
¿quiénes son y de dónde han venido…?
Éstos son los que vienen de la gran tribulación
y han lavado sus estolas y las han blanqueado
en la sangre del Cordero.
Por eso están ante el trono de Dios,
y le adoran día y noche en su templo.”
(Apocalipsis 7,13-15)

HONOR Y RESPETO A LOS DIFUNTOS

La Iglesia Católica, ya desde la época de los primeros cristianos, ha rodeado a los muertos de una atmósfera de respeto sagrado. Esto y las honras fúnebres que siempre les ha tributado permiten hablar de un cierto culto a los difuntos: culto no en el sentido teológico estricto, sino entendido como un amplio honor y respeto sagrados hacia los difuntos por parte de quienes tienen fe en la resurrección de la carne y en la vida futura.

El cristianismo en sus primeros siglos no rechazó el culto para con los difuntos de las antiguas civilizaciones, sino que lo consolidó, previa purificación, dándole su verdadero sentido trascendente, a la luz del conocimiento de la inmortalidad del alma y del dogma de la resurrección; puesto que el cuerpo —que durante la vida es “templo del Espíritu Santo” y “miembro de Cristo” (1 Cor 6,15) y cuyo destino definitivo es la transformación espiritual en la resurrección— siempre ha sido, a los ojos de los cristianos, tan digno de respeto y veneración como las cosas más santas.

Este respeto  se ha manifestado, en primer lugar, en el modo mismo de enterrar los cadáveres.

Vemos que a imitación de lo que hicieron con el Señor José de Arimatea, Nicodemo y las piadosas mujeres, los cadáveres eran con frecuencia lavados, ungidos, envueltos en vendas impregnadas en aromas, y así colocados cuidadosamente en el sepulcro.

En las actas del martirio de San Pancracio se dice que el santo mártir fue enterrado “después de ser ungido con perfumes y envuelto en riquísimos lienzos”; y el cuerpo de Santa Cecilia apareció en 1599, al ser abierta el arca de ciprés que lo encerraba, vestido con riquísimas ropas.

Pero no sólo esta esmerada preparación del cadáver es un signo de la piedad y culto profesados por los cristianos a los difuntos, también la sepultura material es una expresión elocuente de estos mismos sentimientos. Esto se ve claro especialmente en la veneración que desde la época de los primeros cristianos se profesó hacia los sepulcros: se esparcían flores sobre ellos y se hacían libaciones de perfumes sobre las tumbas de los seres queridos.

LAS CATACUMBAS

En la primera mitad del siglo segundo, después de tener algunas concesiones y donaciones, los cristianos empezaron a enterrar a sus muertos bajo tierra. Y así comenzaron las catacumbas. Muchas de ellas se excavaron y se ampliaron alrededor de los sepulcros de familias cuyos propietarios, recién convertidos, no los reservaron sólo para los suyos, sino que los abrieron a sus hermanos en la fe.

Andando el tiempo, las áreas funerarias se ensancharon, a veces por iniciativa de la misma Iglesia. Es típico el caso de las catacumbas de San Calixto: la Iglesia asumió directamente su administración y organización, con carácter comunitario.

Con el edicto de Milán, promulgado por los emperadores Constantino y Licinio en febrero del año 313, los cristianos dejaron de sufrir persecución. Podían profesar su fe libremente, construir lugares de culto e iglesias dentro y fuera de las murallas de la ciudad y comprar lotes de tierra sin peligro de que se les confiscasen.

Sin embargo, las catacumbas siguieron funcionando como cementerios regulares hasta el principio del siglo V, cuando la Iglesia volvió a enterrar exclusivamente en la superficie y en las basílicas dedicadas a mártires importantes.

Pero la veneración de los fieles se centró de modo particular en las tumbas de los mártires; en realidad fue en torno a ellas donde nació el culto a los santos. Sin embargo, este culto especialísimo a los mártires no suprimió la veneración profesada a los muertos en general. Más bien podría decirse que, de alguna manera, quedó realzada.

En la mente de los primeros cristianos, el mártir, víctima de su fidelidad inquebrantable a Cristo, formaba parte de las filas de los amigos de Dios, de cuya visión beatifica gozaba desde el momento mismo de su muerte: ¿qué mejores protectores que estos amigos de Dios? Los fieles así lo entendieron y tuvieron siempre como un altísimo honor el reposar después de su muerte cerca del cuerpo de algunos de estos mártires, hecho que recibió el nombre de sepultura ad sanctos.

Por su parte, los vivos estaban también convencidos de que ningún homenaje hacia sus difuntos podía equipararse al de enterrarlos al abrigo de la protección de los mártires. Consideraban que con ello quedaba asegurada no sólo la inviolabilidad del sepulcro y la garantía del reposo del difunto, sino también una mayor y más eficaz intercesión y ayuda del santo.

Así fue como las basílicas e iglesias, en general, llegaron a constituirse en verdaderos cementerios, lo que pronto obligó a las autoridades eclesiásticas a poner un límite a las sepulturas en las mismas.

FUNERALES Y SEPULTURA

Pero esto en nada afectó al sentimiento de profundo respeto y veneración que la Iglesia profesaba y siguió profesando a sus hijos difuntos. De ahí que a pesar de las prohibiciones a que se vio obligada para evitar abusos, permaneció firme en su voluntad de honrarlos. Y así se estableció que, antes de ser enterrado, el cadáver fuese llevado a la Iglesia y, colocado delante del altar, fuese celebrada la Santa Misa en sufragio suyo.

Esta práctica, ya casi común hacia finales del s. IV y de la que San Agustín nos da un testimonio claro al relatar los funerales de su madre Santa Mónica en sus Confesiones, se ha mantenido hasta nuestros días.

San Agustín también explicaba a los cristianos de sus días cómo los honores externos no reportarían ningún beneficio ni honra a los muertos si no iban acompañados de los honores espirituales de la oración: “Sin estas oraciones, inspiradas en la fe y la piedad hacia los difuntos, creo que de nada serviría a sus almas el que sus cuerpos privados de vida fuesen depositados en un lugar santo. Siendo así, convenzámonos de que sólo podemos favorecer a los difuntos si ofrecemos por ellos el sacrificio del altar, de la plegaria o de la limosna” (De cura pro mortuis gerenda, 3 y 4).

Comprendiéndolo así, la Iglesia, que siempre tuvo la preocupación de dar digna sepultura a los cadáveres de sus hijos, brindó para honrarlos lo mejor de sus depósitos espirituales. Depositaria de los méritos redentores de Cristo, quiso aplicárselos a sus difuntos, tomando por práctica ofrecer en determinados días sobre sus tumbas lo que tan hermosamente llamó San Agustín sacrificium pretii nostri, el sacrifico de nuestro rescate.

Ya en tiempos de San Ignacio de Antioquia y de San Policarpo se habla de esto como de algo fundado en la tradición. Pero también aquí el uso degeneró en abuso, y la autoridad eclesiástica hubo de intervenir para atajarlo y reducirlo. Así se determinó que la Misa sólo se celebrase sobre los sepulcros de los mártires.

LOS DIFUNTOS EN LA LITURGIA

Por otra parte, ya desde el s. III es cosa común a todas las liturgias la memoria de los difuntos. Es decir, que además de algunas Misas especiales que se ofrecían por ellos junto a las tumbas, en todas las demás sinaxis eucarísticas se hacía, como se sigue haciendo todavía, memoria —memento— de los difuntos. Este mismo espíritu de afecto y ternura alienta a todas las oraciones y ceremonias del maravilloso rito de las exequias.

La Iglesia hoy en día recuerda de manera especial a sus hijos difuntos durante el mes de noviembre, en el que destacan la “Conmemoración de todos los Fieles Difuntos”, el día 2 de noviembre, especialmente dedicada a su recuerdo y el sufragio por sus almas; y la “Festividad de todos los Santos”, el día 1 de ese mes, en que se celebra la llegada al cielo de todos aquellos santos que, sin haber adquirido fama por su santidad en esta vida, alcanzaron el premio eterno, entre los que se encuentran la inmensa mayoría de los primeros cristianos.

Fuente: primeroscristianos.com

Fiesta vinculada a los primeros mártires



La Solemnidad de Todos los Santos es una de las fiestas más antiguas de la Iglesia y está vinculada al testimonio de los primeros mártires. Aunque la instauración de la forma y fecha actual provenga del siglo VIII, los cristianos del mundo, en especial los de los diversos territorios del Imperio Romano, celebraban, un día a la año, una liturgia especial en la que se pedía por la intercesión de todos los santos anónimos, cuyos nombres no conocían, pero que tenían constancia de que habían sufrido el martirio.

Desde sus inicios, la celebración tuvo una vinculación especial a los mártires, en gran parte debido a la cercanía en la memoria de las muchas persecuciones emprendidas por los emperadores romanos en contra de los cristianos, destacando la persecución de Diocleciano entre las que más impacto ocasionó en la memoria de los fieles de la época.

No hubo de pasar mucho tiempo para que los seguidores de Jesús de Nazaret comenzaran a recordar a los mártires que habían muerto en algún pueblo o acompañados de algún miembro destacado de la Iglesia naciente. En esas ocasiones, se solía recordar a los «santos mártires» de tal o cual lugar, o se mencionaba el nombre del más conocido, seguido por alguna referencia a sus acompañantes, que hoy en día se sigue escuchando en la forma de «y compañeros mártires».

Referencias alusivas a las costumbres litúrgicas de los primeros cristianos, testifican que ya en el siglo IV existía la costumbre de recordar a los mártires en alguna fecha específica del año. Estas fechas se fueron eligiendo de distintas maneras, algunas aludiendo al día del martirio del santo, otras a su nacimiento, y otras referidas a algún hito importante en su vida o de la comunidad a la que pertenecía. Debido a las constantes persecuciones, en especial la emprendida por el emperador Diocleciano en el siglo IV, el común de los mártires comenzó a tener una relevancia singular.

En el siglo VII, el Papa Bonifacio IV consagró el Panteón de Roma a «la Santísima Virgen y todos los Mártires», en referencia a la fiesta ya establecida de Sanctae Mariae ad Martyres, celebrada por ese entonces el día 13 de mayo, el mismo de la consagración del Panteón.

Del 13 de mayo al 1 de noviembre

Cuando el Papa Gregorio III decidió dedicar la Basílica de San Pedro a las reliquias «de los santos apóstoles y de todos los santos, mártires y confesores, y de todos los justos hechos perfectos que reposan en paz en todo el mundo«, la celebración de Todos los Santos fue cambiada al día primero de noviembre, aniversario de la dedicación de la sede petrina. Desde entonces, la fiesta se viene celebrando en esta fecha, aunque la lista de los santos recordados haya sido enormemente aumentada desde entonces.

¿Qué celebramos?

El día de Todos los Santos, los católicos aprovechamos para rememorar a todos aquellos hombres y mujeres ejemplares cuyos nombres no suelen aparecer en el santoral. 

Este día, es la ocasión propicia para traer a la memoria que hay más creyentes que han alcanzado la santidad que aquellos que los días del año nos permiten evocar. La esperanza de saber que hay tantos y tantos hombres de carne y hueso, igual que nosotros, que han conseguido, a través de luchas y momentos difíciles, seguir las enseñanzas y los pasos de Nuestro Señor hasta la perfección, debe de ser un señuelo para todos para buscar la santidad. La memoria de Todos los Santos, nos debe animar y convencer de que, con la Gracia de Dios, la santidad sí es posible.

Reseña histórica de la Fiesta de Todos los Santos, por Luis Antequera



Celebramos los cristianos la fiesta de todos los santos. Y la pregunta que me formulo hoy es: ¿de cuándo data dicha fiesta y desde cuándo la celebramos el 1 de noviembre?

Todo parece indicar que el emplazamiento de la festividad el 1 de noviembre se la debemos al Papa Gregorio III, que reina diez años entre el 731 y el 741. Algo que corrobora el hagiógrafo medieval Jacobo de la Vorágine en su obra “Leyenda Dorada” cuando nos dice: “Otro papa, también llamado Gregorio, dispuso que en adelante esta fiesta se celebrase el primer día de noviembre”.

El cual, además, habría dedicado un oratorio con dicha advocación en lo que era ya entonces la basílica de San Pedro.

La fecha elegida no es casual. Nos lo cuenta el mismo Jacobo:

“Como era muchísima la gente que todos los años acudía a Roma para celebrar esta nueva solemnidad […] dispuso [el Papa Gregorio] que en adelante se celebrase el primer día de noviembre, fecha más conveniente, al estar ya recolectadas las mieses y efectuada la vendimia, Roma disponía de provisiones para abastecer a los peregrinos”.

Lo que nos habla además, de una festividad muy popular.

Según Jacobo de la Vorágine, la festividad, aunque celebrada en fecha diferente del 1 de noviembre, era sin embargo anterior al Papa Gregorio III, y habría que atribuír su instauración al Papa Bonifacio IV que, en el año 605, en tiempos del Emperador Focas, habría consagrado al cristianismo bajo la advocación de “la Santísima Virgen y todos los santos” un templo pagano existente en Roma con los ídolos y deidades de las diversas ciudades y provincias bajo el poder imperial.

Testimonios de que ya se celebraba la festividad con anterioridad podrían encontrarse, según recoge la Enciclopedia Católica, en un sermón de San Efrén el Sirio datable en 373, y en la Homilía 74 de San Juan Crisóstomo, datable en 407.

De La Vorágine atribuye al mismo Papa Gregorio III la ampliación de la celebración a todo el orbe cristiano, si bien otros escritos atribuyen dicha ampliación a un Papa Gregorio, sí, pero no al tercero sino al cuarto, el cual en el año 835 habría solicitado al emperador Ludovico Pío, hijo de Carlomagno, su extensión a todo el Imperio bajo su jurisdicción, hablamos del actual territorio francés y de parte del territorio alemán.

La celebración pretende acoger a todos los mártires que no tienen una festividad específicamente dedicada. Una vez más, cedemos la palabra a Vorágine, quien nos dice:

“En la carta al lector que San Jerónimo a modo de introducción antepuso a su calendario, advierte que a excepción del primero de enero, no hay un solo día del año que no tenga asignados varios millares de mártires. Con razón pues la Iglesia, ante la imposibilidad de honrar individualmente a cada uno de los santos, dispuso que hubiese anualmente una fecha dedicada a venerarlos a todos colectivamente”.

La intencionalidad de la fiesta no es sino la de rendir homenaje a los mártires del cristianismo, y sólo a los mártires, no a otro tipo de santo. El propio De la Vorágine cae en la cuenta de ello:

“Conviene advertir que cuando se hizo esta dedicación, no se había introducido aún en la Iglesia la costumbre de honrar con actos de culto a los confesores [esto es, los santos que no han pasado por el martirio]”.

Hoy, sin embargo, el espíritu de la fiesta trasciende el martirio, como demuestran las palabras de Juan Pablo II en la celebración de la festividad del año 1980.

“Cuando un día, uno preguntó a Jesús: ‘Señor, ¿son pocos los que se salvan?’, El no respondió directamente; sin embargo, aun recordando la necesidad de ‘entrar por la puerta estrecha", prosiguió: ‘Vendrán de Oriente y de Occidente, del Septentrión y del Mediodía, y se sentarán en la mesa del reino de Dios’” (Lc 13,22.24.29).

Hasta considerar “santo” no sólo a aquéllos que tienen un lugar en el santoral de la Iglesia, sino a todos aquellos de los que sin ser necesariamente conocedora la Iglesia, gozan ya del cielo junto al Creador. O en otras palabras, todos aquellos que, según la doctrina cristiana, no se hallan ni en el infierno ni en el purgatorio.

Devoción a los santos: Jesucristo es el único mediador pero todos podemos ser intercesores

Si Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres, ¿por qué pedimos a los santos que intercedan por nosotros?

La devoción a los santos es uno de los temas por los que somos criticados lo católicos. Nuestros hermanos separados (y muchos católicos dentro de la Iglesia) no terminan de entender el por qué de este tipo de devociones y suelen mencionar este pasaje de la Biblia: “Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre” (1 Timoteo 2,5).

Al leer este pasaje surge la siguiente pregunta: Si Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres ¿Por qué le pedimos a los santos?

Jesucristo, el único mediador entre Dios y los hombres

Muchos creen que los católicos hacemos mal pidiendo a los santos que recen por nosotros porque no entienden en qué consiste la mediación de Jesús. Por eso debemos conocer el contexto judío en el que vivió Jesús. Israel, el pueblo de Jesús, tenía un rito con las siguientes características:

– Era el rito principal de la Antigua Alianza.
– Tenían un sumo sacerdote.
– El sumo sacerdote entraba una vez al año al lugar santísimo del templo.
– El sumo sacerdote ofrecía la sangre de un cordero sin mancha para el perdón de sus pecados 
   y los de todo el pueblo de Israel.
– Por eso el sumo sacerdote era el mediador entre Dios y el pueblo de Israel.

Pero con la muerte y resurrección de Jesucristo se establece una Nueva Alianza con estas características:

– Jesús hace perfecto el rito de la Antigua Alianza.
– Jesús es el nuevo sumo sacerdote.
– Jesús asubió a la cruz como sumo sacerdote y víctima.
– Jesús murió en la cruz como verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
– Por eso Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres.

Como pueden notar en este breve paralelo (que está explicado en los capítulos 9 y 10 del libro de los Hebreos), la mediación de Jesús es sacerdotal y no tiene que ver con llevar recados de los hombres para Dios. Esto otro es intercesión.

Mediación de Jesús vs Intercesión de los Santos

La mediación única de Jesús es sacerdotal y tiene que ver específicamente con la perfección del antiguo rito con el derramamiento de su sangre, sangre de la alianza nueva y eterna. ¿Cómo entendemos entonces la intercesión de los santos? Un intercesor es todo aquel que reza para que Dios se compadezca de otra persona.

Todos podemos ser intercesores; de hecho, el pasaje bíblico más usado por los protestantes para decir que la intercesión no es bíblica en realidad comienza así:

“Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad. Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador“, (1 Timoteo 2,1-3).

En la Biblia hay numerosos ejemplos de personas santas que intercedieron por sus hermanos:

– En Génesis 18, 23-33 Abraham intercede por Sodoma.
– En Romanos 15,30 San Pablo le pide a sus hermanos que recen por él.

Si en vida rezaban por sus hermanos ¡cuánto más en el cielo que están frente a Él! Por eso podemos dirigirnos con confianza a nuestros hermanos los santos para pedirles que nos ayuden rezando por nuestras necesidades.

Conclusión: Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres, y todos podemos ser intercesores.


¿Enseña la Biblia sobre la Comunión de los Santos? La doctrina sobre la intercesión de los santos, por Jesús Urones



El 1 de noviembre, fecha de Todos los Santos, la iglesia celebra la memoria de aquellos que han alcanzado la santidad. La doctrina de la comunión de los Santos es una enseñanza que no compartimos con nuestros hermanos separados, ni con las sectas.

Con frecuencia los círculos protestantes nos acusan de que la doctrina de intercesión de los santos no es bíblica, que no existe ningún caso en la Escritura de que un muerto haya intercedido por los vivos. Por ello, comparto unos argumentos que responden a estos ataques y cuestionamientos:

Moisés y Samuel

Para empezar, os propongo esta cita del profeta Jeremías:

Entonces Yavhé me dijo:
«Aunque Moisés y Samuel
se pusieran delante de mí,
no estaría mi voluntad con este pueblo.
Échalos de mi presencia,
y que salgan (Jeremías 15,1)

Moises y Samuel eran conocidos por su poderosa intercesión ante el pueblo de Israel (Ex 32:11-12; 1 Sam 7:9; Sal 99: 6; Jer 15:1).

En el momento que Dios dice esto al profeta Jeremias, Moises y Samuel estaban muertos, sin embargo Dios enseña la posibilidad de que se pongan delante de él para pedir por el pueblo, aún asi, Dios no cambiará de voluntad, y no los quiere delante de él. Esto muestra como dos personas ya fallecidas aún pueden interceder por otros.

Moisés y Samuel son también nombrados en otros dos pasajes de la Escritura donde vemos existe un contacto directo entre la tierra y el mundo espiritual:

“Y viendo la mujer a Samuel, clamó en alta voz, y habló aquella mujer a Saúl, diciendo: ¿Por qué me has engañado? pues tú eres Saúl. Y el rey le dijo: No temas. ¿Qué has visto? Y la mujer respondió a Saúl: He visto dioses que suben de la tierra. El le dijo: ¿Cuál es su forma? Y ella respondió: Un hombre anciano viene, cubierto de un manto. Saúl entonces entendió que era Samuel, y humillando el rostro a tierra, hizo gran reverencia. Y Samuel dijo a Saúl: ¿Por qué me has inquietado haciéndome venir? Y Saúl respondió: Estoy muy angustiado, pues los filisteos pelean contra mí, y Dios se ha apartado de mí, y no me responde más, ni por medio de profetas ni por sueños; por esto te he llamado, para que me declares lo que tengo que hacer. Entonces Samuel dijo: ¿Y para qué me preguntas a mí, si Yavhé se ha apartado de ti y es tu enemigo? (1Samuel 28:12-16)

El medio usado por Saúl es pecaminoso e ilícito, pero yo no argumento sobre el medio, sino sobre como Dios permite exista un contacto entre un profeta ya fallecido y un rey, para comunicarle a este, lo que le va a pasar, y lo que Dios ha decidido para él. 

Es evidente Samuel, ya estaba muerto, pero aun así profetizó lo que le pasaría a Saúl. Esto viene apoyado al leer Eclesiástico (Sirácida) 6,19-20: "Samuel después de que él se había quedado dormido, profetizó y... reveló al rey de su muerte, y alzó su voz de la tierra en la profecía, para borrar la maldad de la gente".

Ahora vamos con Moisés:

“Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él. Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías” (Mateo 17,1-4)

En un monte, en la Tierra se aparecen dos fallecidos, Moisés y Elías, hablaban con Jesús, pero Pedro, Santiago y Juan estaban presentes. Otra prueba de que el contacto espíritu y hombre es posible y no es malo, nadie condenaría a Cristo y a Pedro por hablar con muertos ¿no? Si Dios permite los muertos interactúen con los seres humanos para un buen fin, con mayor motivo permitirá nos ayuden en nuestras debilidades y escuchen nuestras súplicas, pues son conscientes como ya hemos demostrado de lo que sucede en la tierra.

Elías

Aquí se menciona además de Moisés, ya conocido como poderoso intercesor (Jeremías 15,1) a Elías, uno de los más grandes profetas, tanto que Dios no quiso que conociera muerte, y se fue al cielo:

“Mientras iban caminando y conversando, de pronto apareció un carro de fuego, tirado por caballos de fuego. Pasó entre los dos hombres y los separó, y Elías fue llevado al cielo por un torbellino. Eliseo lo vio y exclamó: «¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Veo los carros de Israel con sus conductores!». Mientras desaparecían de su vista, rasgó su ropa en señal de angustia” (2 Reyes 2:11-12)

Elías era muy conocido entre la Tradición judía como un poderoso intercesor, tenemos la prueba de que el pueblo judío si creía en la intercesión de los profetas y patriarcas, en este versículo bíblico:

“Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Y algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: Mirad, llama a Elías. Y corrió uno, y empapando una esponja en vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber, diciendo: Dejad, veamos si viene Elías a bajarle” (Marcos 15,34-36)

Si los judíos no creyeran en la intercesión de Elías, nunca habrían dicho, "llama a Elías" o "Esperad a ver si viene Elías a bajarle". Parece invocar a Elías era algo común en la Tradición judía.

Debemos tener en cuenta que en Marcos 15:34 se usa ßοαω —clamar, implorar—, también usada en Lucas18,7 y 1 Samuel 7,8 para implorar a Dios en oración o intercesión. Esta palabra se puede encontrar en contexto de intercesión/oración en dichos pasajes, lo cual refuerza la idea de que Jesús estaba rezando, pero a Dios no a Elías. Sin embargo, los judíos que allí estaban pensaban se trataba de Elías, como prueba los versículos 35 y 36.

Esto es lógicamente posible ya que Elías se había aparecido a Cristo antes en el monte, (Mateo 17,3-4) por lo que no es de extrañar los evangelistas aquí mencionaran este dato.

La Torah

Por otro lado, sabemos que dentro de la Torah judía se recogen enseñanzas sobre la intercesión de los profetas y patriarcas:

Tenemos en Sota 34b, como uno de los espías que mandó Moises a la tierra de Canaán hizo un desvío a Hebron para rezar delante de la tumba de Abraham Sara e Isaac y pedir por su alma y luego se salvó de la decisión que tomaron los otros espías.

En Taanit 16c se nos dice que es costumbre visitar un cementerio en día de ayuno, para pedir que los que están allí enterrados intercedan por nosotros.

Eliseo

Para finalizar, me gustaría citar la última prueba de la intercesión de un difunto con los vivos:

“Y cuando estaban sepultando a un hombre, he aquí, vieron una banda de merodeadores y arrojaron al hombre en la tumba de Eliseo. Y cuando el hombre cayó y tocó los huesos de Eliseo, revivió, y se puso en pie (2 Reyes 13,21).

Dios se vale de los huesos de un santo profeta, Eliseo, para revivir a un Muerto. Esto muestra la posibilidad de que aun muerto, los profetas podían hacer milagros a través de Dios, y Dios los seguía usando, aunque no se pidió revivir al muerto. El contacto de un hombre con un santo lo resucita, la intercesión se ve en que el hombre muerto "toca los huesos del Santo" estos huesos son el medio que Dios usa para que el muerto resucite.

Nuestro medio es la oración a los justos —Santiago 5:16—, la cual tiene mucho poder para solicitarles su intercesión en nuestras aflicciones.

Abraham

Igualmente, con Abraham:

“Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado. En el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Entonces, gritando, dijo: “Padre Abraham, ten misericordia de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama.” Pero Abraham le dijo: “Hijo, acuérdate de que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado. Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quieran pasar de aquí a vosotros no pueden, ni de allá pasar acá.” Entonces le dijo: “Te ruego, pues, padre, que lo envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les testifique a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento.” Abraham le dijo: “A Moisés y a los Profetas tienen; ¡que los oigan a ellos!” Él entonces dijo: “No, padre Abraham; pero si alguno de los muertos va a ellos, se arrepentirán.” Pero Abraham le dijo: “Si no oyen a Moisés y a los Profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levante de los muertos” (Lc 16,22-31).

En este pasaje vemos como se pide al Padre Abraham que se envíe al mendigo a casa del padre del rico para que dé testimonio de lo que estaba por venir. Esto es que un ser desde el seno de Abraham puede testificar en la Tierra sobre lo que ha de venir, para que las personas se conviertan al evangelio. Es muy significativa la frase“ si alguno de los muertos va, ellos se arrepentirán”.

Por tanto, si existe un contacto entre muertos y vivos, tal y como esta frase indica ¿por qué los vivos no pueden pedir que estos intercedan por ellos? Curiosamente el rico desde el Hades, está pidiendo la intercesión de un muerto por los vivos (sus padres y hermanos). Esto es una prueba más de la posibilidad que existe de intercesión una vez muerto.


La Comunión de los Santos en el Catecismo de la Iglesia Católica

Primera Parte: La Profesión de Fe
Segunda Sección: La Profesión de la Fe Cristiana
Capítulo III: Creo en el Espíritu Santo
Artículo 9: “Creo en la Santa Iglesia Católica”

Párrafo 5: La Comunión de los Santos

946 Después de haber confesado "la Santa Iglesia católica", el Símbolo de los Apóstoles añade "la comunión de los santos". Este artículo es, en cierto modo, una explicitación del anterior: "¿Qué es la Iglesia, sino la asamblea de todos los santos?" (San Nicetas de Remesiana, Instructio ad competentes 5, 3, 23 [Explanatio Symboli, 10]: PL 52, 871). La comunión de los santos es precisamente la Iglesia.

947 "Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros [...] Es, pues, necesario creer [...] que existe una comunión de bienes en la Iglesia. Pero el miembro más importante es Cristo, ya que Él es la cabeza [...] Así, el bien de Cristo es comunicado [...] a todos los miembros, y esta comunicación se hace por los sacramentos de la Iglesia" (Santo Tomás de Aquino, In Symbolum Apostolorum scilicet «Credo in Deum» expositio, 13). "Como esta Iglesia está gobernada por un solo y mismo Espíritu, todos los bienes que ella ha recibido forman necesariamente un fondo común" (Catecismo Romano, 1, 10, 24).

948 La expresión "comunión de los santos" tiene, pues, dos significados estrechamente relacionados: "comunión en las cosas santas [sancta]" y "comunión entre las personas santas [sancti]".
Sancta sanctis [lo que es santo para los que son santos] es lo que se proclama por el celebrante en la mayoría de las liturgias orientales en el momento de la elevación de los santos dones antes de la distribución de la comunión. Los fieles (sancti) se alimentan con el cuerpo y la sangre de Cristo (sancta) para crecer en la comunión con el Espíritu Santo (Koinônia) y comunicarla al mundo.

I. La comunión de los bienes espirituales

949 En la comunidad primitiva de Jerusalén, los discípulos "acudían [...] asiduamente a la enseñanza de los Apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones" (Hch 2,42):

La comunión en la fe. La fe de los fieles es la fe de la Iglesia recibida de los Apóstoles, tesoro de vida que se enriquece cuando se comparte.

950 La comunión de los sacramentos. “El fruto de todos los Sacramentos pertenece a todos. Porque los Sacramentos, y sobre todo el Bautismo que es como la puerta por la que los hombres entran en la Iglesia, son otros tantos vínculos sagrados que unen a todos y los ligan a Jesucristo. Los Padres indican en el Símbolo que debe entenderse que la comunión de los santos es la comunión de los sacramentos [...]. El nombre de comunión puede aplicarse a todos los sacramentos puesto que todos ellos nos unen a Dios [...]. Pero este nombre es más propio de la Eucaristía que de cualquier otro, porque ella es la que lleva esta comunión a su culminación” (Catecismo Romano, 1,10, 24).

951 La comunión de los carismas: En la comunión de la Iglesia, el Espíritu Santo "reparte gracias especiales entre los fieles" para la edificación de la Iglesia (LG 12). Pues bien, "a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común" (1 Co 12,7).

952 “Todo lo tenían en común” (Hch 4,32): "Todo lo que posee el verdadero cristiano debe considerarlo como un bien en común con los demás y debe estar dispuesto y ser diligente para socorrer al necesitado y la miseria del prójimo" (Catecismo Romano, 1, 10, 27). El cristiano es un administrador de los bienes del Señor (cf. Lc 16, 1, 3).

953 La comunión de la caridad: En la comunión de los santos, "ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo" (Rm 14,7). "Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo. Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte" (1 Co 12,26-27). "La caridad no busca su interés" (1 Co 13,5; cf. 1 Co 10,24). El menor de nuestros actos hecho con caridad repercute en beneficio de todos, en esta solidaridad entre todos los hombres, vivos o muertos, que se funda en la comunión de los santos. Todo pecado daña a esta comunión.

II. La comunión entre la Iglesia del cielo y la de la tierra

954 Los tres estados de la Iglesia. «Hasta que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte, tenga sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando "claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es"» (LG 49):

«Todos, sin embargo, aunque en grado y modo diversos, participamos en el mismo amor a Dios y al prójimo y cantamos el mismo himno de alabanza a nuestro Dios. En efecto, todos los que son de Cristo, que tienen su Espíritu, forman una misma Iglesia y están unidos entre sí en Él» (LG 49).

955 "La unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza con la comunicación de los bienes espirituales" (LG 49).

956 La intercesión de los santos. "Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad [...] No dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra [...] Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (LG 49):

«No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida» (Santo Domingo, moribundo, a sus frailes: Relatio iuridica 4; cf. Jordán de Sajonia, Vita 4, 69).

Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Santa Teresa del Niño Jesús, verba).

957 La comunión con los santos. "No veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de fuente y cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios" (LG 50):

«Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios; en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su rey y maestro; que podamos nosotros, también, ser sus compañeros y sus condiscípulos (Martirio de san Policarpo 17, 3: SC 10bis, 232 [Funk 1, 336]).

958 La comunión con los difuntos. «La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció sufragios por ellos; "pues es una idea santa y piadosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados" (2 M 12,46)"» (LG 50). Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor.

959 En la única familia de Dios. "Todos los hijos de Dios y miembros de una misma familia en Cristo, al unirnos en el amor mutuo y en la misma alabanza a la Santísima Trinidad, estamos respondiendo a la íntima vocación de la Iglesia" (LG 51).

Resumen

960 La Iglesia es "comunión de los santos": esta expresión designa primeramente las "cosas santas" (sancta), y ante todo la Eucaristía, "que significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes, que forman un solo cuerpo en Cristo" (LG 3).

961 Este término designa también la comunión entre las "personas santas" (sancti) en Cristo que ha "muerto por todos", de modo que lo que cada uno hace o sufre en y por Cristo da fruto para todos.

962 "Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones" (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 30).



Los santos: una vida a contracorriente, una vida revolucionaria

 SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

Papa Francisco

Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz fiesta, buenos días!

Hoy festejamos a todos los Santos y podríamos tener una impresión errónea: podríamos pensar que celebramos a aquellas hermanas y a aquellos hermanos que en vida han sido perfectos, siempre rectos, precisos, incluso “almidonados”. En cambio, el Evangelio de hoy desmiente esta versión estereotipada, esta “santidad de estampa”. De hecho, las Bienaventuranzas de Jesús (cf. Mt 5,1-12), que son el carné de identidad de los santos, muestran todo lo contrario: ¡hablan de una vida a contracorriente, de una vida revolucionaria! Los santos son los verdaderos revolucionarios.

Tomemos, por ejemplo, una bienaventuranza muy actual: «Bienaventurados los que trabajan por la paz» (v. 9), y veamos cómo la paz de Jesús es muy diferente de lo que imaginamos. Todos deseamos la paz, pero a menudo lo que nosotros queremos no es precisamente la paz, es estar en paz, que nos dejen en paz, no tener problemas sino tranquilidad. Jesús, en cambio, no llama bienaventurados a los tranquilos, a aquellos que están en paz, sino a aquellos que hacen la paz y luchan por hacer la paz, a los constructores, a los que trabajan por la paz. De hecho, la paz hay que construirla y como toda construcción, requiere compromiso, colaboración, paciencia. A nosotros nos gustaría que la paz lloviera de lo alto, y en cambio, la Biblia habla de la  «semilla de paz» (Zc 8,12), porque germina del terreno de la vida, de la semilla de nuestro corazón; crece en silencio, día tras días, a través de obras de justicia y de misericordia. Como nos muestran los testimonios luminosos que festejamos hoy. Es más, se nos hace creer que la paz llega con la fuerza y la potencia: para Jesús es lo contrario. Su vida y la de los santos nos dicen que la semilla de paz, para crecer y dar fruto, debe antes morir. La paz no se alcanza conquistando o derrotando a alguien, nunca es violenta, nunca es armada. Estaba viendo en el programa “A Sua Immagine” [A su imagen], a tantos santos y santas que lucharon, hicieron la paz pero con el trabajo, dando la propia vida, ofreciendo la vida.

¿Cómo convertirse, entonces, en alguien que trabaja por la paz? Ante todo, es necesario desarmar el corazón. Sí, porque estamos todos equipados con pensamientos agresivos, uno contra otro, con palabras cortantes y pensamos en defendernos con el alambre de espino de la queja y con los muros de cemento de la indiferencia; y entre quejas e indiferencia nos defendemos, pero esto no es la paz, esto es la guerra. La semilla de la paz pide que se desmilitarice el campo del corazón. ¿Cómo está tu corazón? ¿Está desmilitarizado o está tanto con estas cosas, con las quejas y la indiferencia, con la agresión? 

Y, ¿cómo se desmilitariza el corazón? Abriéndonos a Jesús, que es «nuestra paz» (Ef 2,14); estando frente a su Cruz, que es la cátedra de la paz; recibiendo de Él, en la Confesión, «el perdón y la paz». Desde aquí se empieza, porque ser operadores de paz, ser santos, no es una capacidad nuestra, es un don suyo, es una gracia.

Hermanos y hermanas, mirémonos dentro y preguntémonos: ¿Somos constructores de paz? ¿Allí donde vivimos, estudiamos y trabajamos, llevamos tensión, palabras que hieren, chácharas que envenenan, polémicas que dividen? O ¿abrimos la vía de la paz: perdonamos a quien nos ha ofendido, nos ocupamos de los que se encuentran en los márgenes, reparamos alguna injusticia ayudando a quien menos tiene? Esto se llama construir la paz.

Puede surgir una última pregunta, que vale para todas las bienaventuranzas: ¿Conviene vivir así? ¿No es perdedor? Es Jesús quien nos da la respuesta: los que trabajan por la paz «serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9): en el mundo parecen fuera de lugar, porque no ceden a la lógica del poder y del predominio, en el Cielo serán los más cercanos a Dios, los más parecidos a Él. Pero, en realidad, también aquí, el que prevarica se queda con las manos vacías, mientras el que ama a todos y no hiere a nadie gana: como dice el Salmo, “el pacífico tendrá porvenir” (cf. Sal 37,37).

Que la Virgen María, Reina de todos los santos, nos ayude a ser constructores de paz en la vida de cada día.

lunes, 31 de octubre de 2022