viernes, 31 de julio de 2015

31 de julio: SAN IGNACIO DE LOYOLA, por Celestino Hueso, S.F.


Íñigo de Loyola quería ser soldado. Y lo consiguió. Y disfrutaba como un cosaco en medio de las batallas. Hasta que una bala de cañón le cortó las alas. Bueno, las alas exactamente, no fue lo que le cortó, quedó malherido de una pierna y no tuvo más remedio que pasarse una buena temporada en cama.

Se aburría como una ostra, así es que empezó a pedir con insistencia libros de caballería para leer, pero el Capitán Trueno aún no existía y en el castillo de Loyola lo único que encontraron fue la Vida de Cristo y un libro de las vidas de los santos.

A falta de pan, buenas son tortas, se dijo; pero la lectura de las vidas de los santos, cambió por completo su propia vida, pues marchó a Montserrat donde realizó una confesión general y se decidió a cambiar definitivamente la espada por la cruz. En una cueva de Manresa, donde se retiró, vieron la luz los ejercicios espirituales.

Desde entonces se dedicó a la causa de Cristo, estudió, entre otros lugares, en París, donde se ganó a varios compañeros para la causa y finalmente fundó la Compañía de Jesús o Jesuitas que tanto bien ha hecho y sigue haciendo en nuestro mundo. Y el antiguo soldado se convirtió así en un gran campeón del reino de Cristo.

Bueno, felicidades a los Ignacios, Iñakis y Nachos.

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