sábado, 25 de mayo de 2013

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD, C, por Julio González, S.F.


Proverbios 8, 22-31
Salmo 8: Señor, dueño nuestro, 
¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
Romanos 5, 1-5
Juan 16, 12-15

Proverbios 8, 22-31

Así dice la sabiduría de Dios: "El Señor me estableció al principio de sus tareas, "al comienzo de sus obras antiquísimas. En un tiempo remotísimo fui formada, antes de comenzar la tierra. Antes de los abismos fui engendrada, antes de los manantiales de las aguas. Todavía no estaban aplomados los montes, antes de las montañas fui engendrada. No había hecho aún la tierra y la hierba, ni los primeros terrones del orbe. Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo; cuando sujetaba el cielo en la altura, y fijaba las fuentes abismales. Cuando ponía un límite al mar, cuyas aguas no traspasan su mandato; cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como aprendiz, yo era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en su presencia: jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres."

Salmo 8: Señor, dueño nuestro, 
¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él,
el ser humano, para darle poder?
R. Señor, dueño nuestro, 
¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos.
R. Señor, dueño nuestro, 
¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Todo lo sometiste bajo sus pies:
rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por el mar.
R. Señor, dueño nuestro, 
¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Romanos 5, 1-5

Hermanos: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Más aún, hasta nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia, la constancia, virtud probada, la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

Juan 16, 12-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará."

Comentario por Julio González, S.F.

Volvemos a reunirnos este domingo para celebrar con gran solemnidad la fe de la Iglesia, nuestra fe. Y la fiesta que celebramos hoy nos presenta una fe que no se identifica con filosofías, cultos esotéricos, leyes y ritos.

El misterio de la Santísima Trinidad —el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo—, no fue recibido por los apóstoles como una "idea" sino como una "relación de amistad, de amor..., de familia".

Cuando Jesús nos habla del Padre y del Espíritu Santo, nos está hablando de Él mismo. Jesús nos dice que sus palabras y sus obras no le pertenecen: “Cuando me escucháis a mí, escucháis al Padre, porque yo no digo o hago nada por mi cuenta”.

Esta relación tan personal entre Jesús y el Padre llamó la atención de los apóstoles. Por eso, le dicen: “Enséñanos a escuchar al Padre como tú le escuchas, enséñanos a hablarle como tú le hablas, enséñanos a rezar como tú rezas”.

En su oración, Jesús nos acerca al Padre para que también nosotros participemos de esa relación, que no es la relación del Señor y el esclavo, sino la del Padre y el Hijo, la de los hermanos, la de una familia. Esta relación entre Jesús y el Padre se nos muestra con tal intensidad en los evangelios que no podemos conocer a Jesús si le separamos del Padre y sin el Espíritu Santo.

Cuando nosotros no participamos en esta relación de amistad, de amor y de familia, entonces, todos (obispos, sacerdotes, familias) corremos el peligro de convertirnos en una institución más donde las estructuras parecen ser más impotantes que las personas.

Cuando el amor, la pasión, el sacrificio de Jesús... no es sal o levadura en nuestras relaciones personales, entonces, son las normas, los preceptos y las leyes, lo que nos mantiene unidos. Pero la Iglesia no es una institución más, pues el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo nos llaman a ser familia, sintiendo y colaborando en esa relación de amor y entrega que les une a ellos.

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