domingo, 8 de noviembre de 2015

Marcos 12,38-44: Claves de lectura

1 Reyes 17,10-16
Salmo 145: Alaba, alma mía, al Señor
Hebreos 9,24-28
Marcos 12,38-44

1 Reyes 17,10-16

En aquellos días, el profeta Elías se puso en camino hacia Sarepta, y, al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo: «Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba.» Mientras iba a buscarla, le gritó: «Por favor, tráeme también en la mano un trozo de pan.» Respondió ella: «Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos.» Respondió Elías: «No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: "La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra."» Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo. Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías.

Salmo 145: Alaba, alma mía, al Señor

Que mantiene su fidelidad perpetuamente,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos. 
R. Alaba, alma mía, al Señor

El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos. 
R. Alaba, alma mía, al Señor

Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad. 
R. Alaba, alma mía, al Señor

Hebreos 9,24-28

Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres imagen del auténtico, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros. Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces como el sumo sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecia sangre ajena; si hubiese sido así, tendría que haber padecido muchas veces, desde el principio del mundo. De hecho, él se ha manifestado una sola vez, al final de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo. Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez. Y después de la muerte, el juicio. De la misma manera, Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, a los que lo esperan, para salvarlos. 

Marcos 12,38-44

En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa.» Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»

CLAVES DE LECTURA:

— El contexto en tiempos de Jesús:

El texto de Marcos 12,38-44 relata la parte final de las actividades de Jesús en Jerusalén (Mc 11,1 a 12,44). Fueron días muy intensos, llenos de conflictos:

• expulsión de los mercaderes del Templo (Mc 11,12-26)
•discusiones con las autoridades: (Mc 11,27 a 12,12)
• con los fariseos, herodianos y saduceos (Mc 12,13-27)
• con los doctores de la ley (Mc 12,28-37).

El texto de este domingo (Mc 12,38-44) nos presenta una última palabra crítica de Jesús respecto al mal comportamiento de los doctores de la ley (Mc 12,38-40) y una palabra de elogio respecto al buen comportamiento de la viuda. Casi al término de su actividad en Jerusalén, sentado delante del tesoro donde se recogía las limosnas del Templo, Jesús llama la atención de los discípulos sobre el gesto de una pobre viuda y les enseña el valor del compartir (Mc 12,41-44)

— El contexto en tiempos de Marcos

En los primeros cuarenta años de la historia de la Iglesia, desde los años 30 al 70, las comunidades cristianas eran, en su mayoría, formadas por gente pobre (1Cor 1,26). Poco después se les agregaron también personas más ricas o que tenían varios problemas.

Las tensiones sociales, que marcaba el imperio romano, comenzaron también a despuntar en la vida de las comunidades. Estas divisiones, por ejemplo, surgían, cuando las comunidades se reunían para celebrar la cena (1Cor 11,20-22) o cuando había alguna reunión (Sant 2,1-4). Por esto, la enseñanza del gesto de la viuda era para ellos actual. Era como mirarse al espejo, porque Jesús compara el comportamiento de los ricos y el comportamiento de los pobres.

— El contexto hoy

Jesús elogia a una pobre viuda porque sabe compartir más y mejor que todos los ricos. Muchos pobres de hoy hacen la misma cosa. La gente dice: "El pobre no deja nunca morir de hambre a otro pobre." Pero a veces ni siquiera esto es verdad. Doña Crisanta una señora pobre de la campiña se trasladó a la periferia de una gran ciudad, decía: "Allí, en la campiña, yo era muy pobre, pero tenía siempre algo para compartir con un pobre que tocaba a la puerta. Ahora que me encuentro en la ciudad, cuando veo a un pobre que viene a llamar a mi puerta, me escondo por la vergüenza porque no tengo nada que compartir”. Por un lado la gente rica que tiene de todo y por otro la gente pobre que no tiene casi nada para compartir, excepto lo poco que tienen.

— Comentario del texto

Marcos 12,38-40: Jesús critica a los doctores de la ley:

Jesús llama la atención a los discípulos sobre el comportamiento hipócrita y aprovechado de algunos doctores de la ley. “Doctores” o Escribas eran aquellos que enseñaban a la gente la Ley de Dios. Pero enseñaban de palabra, porque el testimonio de sus vidas mostraba lo contrario. A ellos les gustaba deambular por las plazas con largas túnicas, recibir el saludo de la gente, ocupar los primeros puestos en las sinagogas y en los banquetes. Eran personas que usaban su ciencia y su profesión como medio para subir la escala social y enriquecerse, y no para servir. A ellos les gustaba entrar en las casa de las viudas y recitar largas oraciones en cambio de dinero. Y Jesús termina diciendo: ¡Esta gente recibirá un juicio severo!”

Marcos 12,41-42: La limosna de la viuda:

Jesús y los discípulos, sentados ante el tesoro del Templo, observaban a las personas que colocaban en el tesoro sus limosnas. Los pobres echaban pocos centavos, los ricos arrojaban monedas de gran valor. El tesoro del templo se colmaba de dinero.

Todos aportaban algo para el mantenimiento del culto, para sostener a los sacerdotes y para la conservación del Templo mismo. Parte de este dinero era usado para ayudar a los pobres, porque entonces no existía la asistencia social. Los pobres dependían de la caridad pública.

Los pobres más necesitados eran los huérfanos y las viudas. Ellos no poseían nada. Dependían del todo de la caridad de los otros. Pero aunque no tenían nada se esforzaban para compartir con los otros lo poco que tenían. Así pues, una viuda muy pobre deposita su limosna en el tesoro del templo. ¡Sólo unos céntimos!

Marcos 12, 43-44: Jesús muestra dónde se manifiesta la voluntad de Dios:

¿Qué vale más: los dos céntimos de la viuda o las miles de monedas del rico? Para los discípulos, las miles de monedas de los ricos eran mucho más útiles para hacer caridad, que los dos céntimos de la viuda. Ellos pensaban que el problema de la gente se podría resolver con mucho dinero.

Cuando la multiplicación de los panes, ellos habían dicho a Jesús: “Señor, ¿qué quieres que compremos con doscientos denarios para dar de comer a tanta gente?” (Mc 6,37). En efecto, para aquéllos que piensan así, los dos céntimos de la viuda no servía para nada. Pero Jesús dice: “Esta viuda ha echado en el tesoro más que todos los otros”. Jesús tiene criterios diversos.

Llamando la atención de los discípulos sobre el gesto de la viuda, enseña dónde ellos y nosotros debemos buscar la manifestación de la voluntad de Dios, a saber, en el compartir. Si hoy compartiésemos nuestros bienes, que Dios ha puesto en el Universo a disposición de la humanidad, no habría ni pobres, ni hambre. Habría suficiente para todos y sobraría también para muchos otros.

— Ampliando informaciones: Limosnas, compartir, riquezas

La práctica de dar limosna era muy importante para los judíos. Era considerada “una buena acción” (Mt 6,1-4), porque la ley del Viejo Testamento decía: “Puesto que los necesitados no faltarán nunca en el país; por esto yo te doy este mandato y te digo: Abre generosamente la mano a tu hermano pobre y necesitado en tu país” (Dt 15,11).

Las limosnas, puestas en el tesoro del templo, tanto para el culto como para el mantenimiento del templo o para los necesitados, los huérfanos y las viudas, eran consideradas como acciones gratas a Dios. Dar limosnas era una forma de compartir con los otros, un modo de reconocer que todos los bienes y dones pertenecen a dios y que nosotros somos administradores de estos bienes, de modo que haya vida en abundancia para todos.

Fue a partir del Éxodo cuando el pueblo de Israel se dio cuenta de la importancia de la limosna, del compartir. La caminata de cuarenta años a través del desierto fue necesaria para superar el proyecto de acumulación que venía desde el faraón de Egipto y que estaba bien presente en la cabeza de la gente. Es fácil salir del país del faraón. Pero es difícil librarse de la mentalidad del faraón.

La ideología de los grandes es falsa y engañosa. Ha sido necesario experimentar el hambre en el desierto para aprender que los bienes necesarios para la vida son para todos. Y esto es la enseñanza del Maná: “Aquel que había cogido de más, no tenía mucho, aquel que había cogido de menos no le faltaba” (Éx 16,18).

Pero la tendencia a la acumulación era continua y muy fuerte. Y renace casi siempre en el corazón humano. Precisamente en esta tendencia a la acumulación se formaron los grandes imperios de la historia de la humanidad. El deseo de poseer y de acumular está en el corazón de estos imperios y reinos humanos.

Jesús muestra la conversión necesaria para entrar en el reino de Dios. Dice al joven rico: “Ve, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres” (Mc 10,21). Esta misma exigencia se repite en los otros evangelios: “ Vended lo que tenéis y dadlo en limosnas; haceos bolsas que no envejecen, un tesoro inexhausto en los cielos, donde los ladrones no llegan y no lo consume el moho. (Lc 12,33-34; Mt 6,9-20). Y añade una razón a esta exigencia: “Porque donde está tu tesoro, allí estará también vuestro corazón”

La práctica del compartir, de la limosna y de la solidaridad es una de las características que el Espíritu de Jesús, comunicado en Pentecostés (Act 2,1-13), quiere realizar en las comunidades. El resultado de la efusión del Espíritu es precisamente esto: “Ninguno entre ellos pasaba necesidad, porque cuantos poseían haciendas o casas las vendían, llevaban el importe de todo lo vendido y lo dejaban a los pies de los apóstoles” (Act 4,34-35ª; 2,44-45). Estas limosnas recibidas por los apóstoles no se acumulaban, sino que ”se distribuía a cada uno según su necesidad” (Act 4,35b; 2,45).

La entrada de los ricos en la comunidad cristiana, por un lado hacía posible la expansión del cristianismo, ofreciendo mejores condiciones al movimiento misionero, pero de la otra, la acumulación de bienes blocaba el movimiento de solidaridad y del compartir provocado por la fuerza del Espíritu en Pentecostés.

Santiago quiere ayudar a algunas personas a entender el camino errado que han emprendido: “Y ahora vosotros ricos; llorad y gritad por las desventuras que os sobrevendrán. Vuestras riquezas están podridas, vuestros vestidos serán devorados por la polilla” (Sant 5,1-3). Para aprender el camino del Reino, todos tienen necesidad de convertirse en alumnos de aquella pobre viuda, que compartió lo que tenía, lo necesario para vivir.

Fuente: ocarm.org

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