jueves, 29 de marzo de 2018

LA LITURGIA DEL JUEVES SANTO


La liturgia del Jueves Santo es una invitación a profundizar en el misterio de la Pasión de Cristo, ya que quien quiera seguirle tiene que sentarse a su mesa y participar de lo que aconteció 'en la noche en que iban a entregarlo'.

Jesús nos da testimonio de la vocación al servicio del mundo y de la Iglesia que tenemos todos los cristianos. El Evangelio de San Juan presenta a Jesús “sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos” pero que, ante cada hombre, siente tal amor que se arrodilla y le lava los pies.

En la segunda lectura, san Pablo recuerda a las comunidades cristianas lo que él mismo recibió: aquella noche la entrega de Cristo se hizo sacramento en un pan y en un vino que convierte en alimento su Cuerpo y Sangre para todos los que quieran recordarle y esperar su venida al final de los tiempos, quedando instituida la Eucaristía.

La Santa Misa es entonces la celebración de la Cena del Señor en la cuál Jesús, la víspera de su pasión, "mientras cenaba con sus discípulos tomó pan..." (Mt 28,26).

Como en su última Cena, quiso que sus discípulos nos reuniéramos y nos acordáramos de Él bendiciendo el pan y el vino: "Hagan esto en memoria mía" (Lc 22,19).

Antes de ser entregado, Cristo se entrega como alimento. Lo que hizo, lo hizo como anuncio profético y ofrecimiento anticipado de su muerte. Por eso "cuando comemos de ese pan y bebemos de esa copa, proclamamos la muerte del Señor hasta que vuelva" (1 Cor 11,26). De modo que podemos decir que la Eucaristía es memorial de la Última Cena y de la Muerte de Cristo. Él mismo dijo en su despedida: "Un poco y ya no me veréis y otro poco y me volveréis a ver" (Jn 16,16).

Como dice el prefacio de este día: "Cristo verdadero y único sacerdote se ofreció como víctima de salvación y nos mandó perpetuar esta ofrenda en conmemoración suya".

Esta Eucaristía debe celebrarse con características propias: como Misa "en la Cena del Señor".

De manera distinta a todas las demás Eucaristías, no celebramos "directamente" ni la muerte ni la Resurrección de Cristo. No nos adelantamos al Viernes Santo ni a la Noche de Pascua. Hoy celebramos la alegría de saber que esa muerte del Señor tuvo un por qué y para qué: fue una "entrega", un "darse", fue "por algo" o, mejor dicho, "por alguien", por "nosotros y por nuestra salvación" (Credo).

Esta Eucaristía debe celebrarse solemnemente, pero, en los cantos, en los signos, en el mensaje, no debe ser tan festiva como la Noche de Pascua, en que celebramos el desenlace glorioso de esta entrega sin el cual hubiera sido inútil; hubiera sido la entrega de uno más que muere por los pobres y no los libera.

Pero esta Misa no está llena de la solemne y contrita tristeza del Viernes Santo porque lo que celebramos en este momento es que "el Padre nos entregó a su Hijo para que tengamos vida eterna" (Jn 3,16) y que el Hijo se entregó voluntariamente a nosotros.

Hoy hay alegría y la Iglesia rompe la austeridad cuaresmal cantando el "gloria": es la alegría del que se sabe amado por Dios, pero al mismo tiempo es sobria y dolorida porque conocemos el precio que le costamos a Cristo. Podríamos decir que la alegría es por nosotros y el dolor por Él; sin embargo, predomina el gozo porque el que da y se da con amor y por amor lo hace con alegría y para dar alegría.

Podemos decir que hoy celebramos con la liturgia (1a Lectura), la Pascua, pero la de la Noche del Éxodo (Ex 12) y no la de la llegada a la Tierra Prometida (Jos 5,10-ss). Hoy inicia la fiesta de la "crisis pascual", es decir de la lucha entre la muerte y la vida, ya que la vida nunca fue absorbida por la muerte pero si combatida por ella. La noche del Sábado de Gloria es el canto a la victoria teñida de sangre y hoy es el himno a la lucha pero de quien lleva la victoria.

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