miércoles, 13 de julio de 2016

Mateo 11:25-27: Hijo y Profeta, por Julio González, SF

Mateo 11,25-27

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.»

Comentario por Julio González, SF:
"Hijo y Profeta"

Estas palabras nos muestran al Jesús, Hijo (“Yo te bendigo, Padre...”), y al Jesús, Profeta (“... porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños”).

A veces corremos el riesgo de separar al Jesús "Hijo" del Jesús "Profeta". Algunos creyentes se contentan con adorar al Hijo, sin prestar atención a lo que se nos pide: que dejemos de mirar al cielo y dirijamos nuestros pasos hacia el prójimo; o, por el contrario, los conflictos más inmediatos nos absorben de tal manera que olvidamos que nuestras soluciones responden a una perspectiva temporal y pasajera.

Además, algunos "sabios e inteligentes" se escandalizaron al escuchar las palabras de Jesús. ¿Por qué?

La sociedad en la que vivió Jesús entendía la sabiduría y la inteligencia como dones de Dios. Los maestros de la ley, sacerdotes, escribas, etc., estaban más cerca de Dios que sus conciudadanos, pues estos eran iletrados e ignorantes.

Al decir: “Yo te bendigo, Padre, (...) porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños”, Jesús muestra la tensión que existe en la sociedad en que vive.

A veces rezamos a Dios como si las solución a los conflictos del mundo dependiera de Él y de un grupo reducido de personas poderosas e inteligentes. La solución a los males de nuestra sociedad —nos dice Jesús—, está en todos nosotros, sobre todo, en la gran mayoría de gente humilde y sencilla: los pequeños del evangelio.

En la sociedad de Jesús, los inteligentes y sabios son también los poderosos; es decir, los que aparentemente pueden cambiar el mundo. Sin embargo, su sabiduría e inteligencia están cegadas por los intereses, derechos y privilegios que protegen.

Por eso, la sabiduría de Dios no está en ellos sino en aquellos (los “pequeños”) que deben vivir día a día confiando en la bondad de Dios y, siendo ellos mismos, señal viva de su presencia en el mundo.

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