sábado, 5 de noviembre de 2016

Domingo de la Semana 32 del Tiempo Ordinario, C: Sobre la vida eterna y otros asuntos mas terrenales, por Julio González, SF

2 Macabeos 7:1-2.7-14

Martirio de los Macabeos

















Sucedió también que siete hermanos, junto con su madre, fueron arrestados. El rey quería obligarlos, azotándolos con látigos y nervios de buey, a comer carne de cerdo, prohibida por la ley. Uno de los hermanos, hablando en nombre de todos, dijo:
   – Tú, criminal, nos quitas la vida presente. Pero el Rey del mundo nos resucitará a una vida eterna a nosotros que morimos por sus leyes.
   En seguida torturaron a otro hermano. Este, cuando se lo pidieron, sacó inmediatamente la lengua, extendió sin miedo las manos y dijo valientemente:
   – De Dios recibí estos miembros pero por sus leyes los desprecio y de él espero recobrarlos.
   Hasta el rey y los que estaban con él quedaron impresionados con el ánimo del joven, que de tal modo despreciaba los tormentos. Muerto este, otro hermano fue sometido a la tortura. Y cuando estaba a punto de morir, dijo:
   – Acepto morir a manos de los hombres, esperando las promesas hechas por Dios de que él nos resucitará. Para ti, en cambio, no habrá resurrección a la vida.

2 Tesalonicenses 2:16-3:5

Que nuestro Señor Jesucristo mismo y Dios nuestro Padre, que nos amó y por su gracia nos dio consuelo eterno y una buena esperanza, los anime y les fortalezca el corazón, para que tanto en palabra como en obra hagan todo lo que sea bueno. Por último, hermanos, oren por nosotros para que el mensaje del Señor se difunda rápidamente y se le reciba con honor, tal como sucedió entre ustedes. Oren además para que seamos librados de personas perversas y malvadas, porque no todos tienen fe. Pero el Señor es fiel, y él los fortalecerá y los protegerá del maligno. Confiamos en el Señor de que ustedes cumplen y seguirán cumpliendo lo que les hemos enseñado. Que el Señor los lleve a amar como Dios ama, y a perseverar como Cristo perseveró.

Lucas 20:27-38

Luego, algunos de los saduceos, que decían que no hay resurrección, se acercaron a Jesús y le plantearon un problema:
   — Maestro, Moisés nos enseñó en sus escritos que si un hombre muere y deja a la viuda sin hijos, el hermano de ese hombre tiene que casarse con la viuda para que su hermano tenga descendencia. Pues bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin dejar hijos. Entonces el segundo y el tercero se casaron con ella, y así sucesivamente murieron los siete sin dejar hijos. Por último, murió también la mujer. Ahora bien, en la resurrección, ¿de cuál será esposa esta mujer, ya que los siete estuvieron casados con ella?
   — La gente de este mundo se casa y se da en casamiento —les contestó Jesús—. Pero en cuanto a los que sean dignos de tomar parte en el mundo venidero por la resurrección: ésos no se casarán ni serán dados en casamiento, ni tampoco podrán morir, pues serán como los ángeles. Son hijos de Dios porque toman parte en la resurrección. Pero que los muertos resucitan lo dio a entender Moisés mismo en el pasaje sobre la zarza, pues llama al Señor "el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob". Él no es Dios de muertos, sino de vivos; en efecto, para él todos ellos viven.

Comentario:

Las lecturas de este domingo ponen de manifiesto como nuestra fe y compresión de la vida eterna influye en nuestra oración y reflexión sobre la vida presente y en las decisiones que tomamos, sobre todo en los momentos más importantes.

Algunos comentaristas utilizan estas lecturas para hablarnos de la vida eterna. Otros comentaristas utilizan estas lecturas para mostrarnos una manera de vivir y unas creencias, con sus correspondientes desafíos y conflictos. Yo creo que ambas perspectivas están llamadas a complementarse.

Para el creyente, la vida presente no merece vivirse de cualquier manera y sobrevivir a cualquier precio tampoco es suficiente. Es cierto que esta vida de ahora no es ni definitiva ni eterna, sino pasajera y perecedera, pero no por esto es menos digna de aprecio. La vida presente, no solo la eterna, es un don que hemos recibido de Dios; por eso, porque no nos pertenece, estamos llamados a vivir dándonos, ofreciéndonos, compartiéndonos. Algunos llaman a esto morir a nosotros mismos, a nuestro ego, orgullo, ambiciones, vanidades y, también, miserias.

A veces, la exaltación de la vida eterna ha dado lugar al menosprecio de la vida terrenal. Algunos creyentes optan por acabar con su vida presente y con las vidas de otros para acceder a la vida eterna más rápido y totalmente purificados. Esta creencia no tiene un fundamento cristiano. Para el cristiano, el sacrificio de la propia vida no se realiza para negar la vida presente y las vidas de otros, sino para reivindicarlas en su verdadero valor; por esto, el cristiano no muere a sí mismo para negar a otros sino para que a través de él otros tengan vida. En esto consiste el sacrificio de Jesús y de sus seguidores.

La vida eterna también ha sido utilizada por algunos para proteger sus privilegios. La pregunta que le hacen a Jesús, en realidad, escondía una trampa. El diálogo entre Jesús y los saduceos reproduce un conflicto social relacionado no solo con la vida eterna sino también con el honor y la autoridad del marido. En aquel tiempo, la mujer era considerada una "posesión" del esposo; pues bien, si esta mujer había ido pasando de manos (como una propiedad), quien será su señor en la vida eterna? Este no era un asunto de poca monta en la sociedad patriarcal.

La respuesta de Jesús ha sido malinterpretada por algunos. Ha habido comentaristas que han restado importancia al matrimonio porque en la vida eterna los esposos, dice Jesús, vivirán como ángeles; por esto, en algún momento se consideró la vida consagrada y la castidad como un modelo de vida superior al matrimonio. Sin embargo, la Biblia nos dice que Dios creó al hombre y a la mujer para que estuvieran juntos y su amor diera fruto. De modo que no es cierto que Dios creara a un cura y una monja para que le rindieran culto.

Uno de mis textos favoritos para meditar sobre la promesa de la vida eterna es: "Sed uno como el Padre y Yo somos uno." Esta unidad no está bajo el control de una autoridad que lo domina todo (como era la autoridad patriarcal) sino que es uno de los dones del amor. Este amor es el que nosotros estamos llamados a encarnar en la vida presente, a través de una vida de servicio y sacrificio, no de posesión y control.

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