viernes, 3 de febrero de 2017

3 de febrero: San Blas, obispo de Sebaste y mártir (+316)

De Blas se sabe poco. Un hagiógrafo escribe su vida cuatro siglos después de su martirio. Las Actas contienen relatos que el pueblo había ido repitiendo y que, finalmente, se recogieron en el siglo IX, realzando las vidas de unos santos muy invocados y venerados por las generaciones anteriores.

De las cuatro actas griegas catalogadas de san Blas, podemos extraer los siguientes datos con visos de autenticidad: fue médico, elegido por aclamación obispo de Sebaste (hoy Sivas, Armenia) por el clero y el pueblo. Vivió en la época de los emperadores Diocleciano y Licinio (307-323), aunque algunos autores lo hacen contemporáneo de Juliano el Apóstata (361-363).

Época de persecuciones

Diocleciano y sus sucesores persiguen a los cristianos, entre los que se encuentra el obispo Blas, como lo atestigua el martirio de Eustracio, o el de Carcerio, o el de los 40 mártires de Sebaste que dieron su vida por la fe.

Cuenta el relato de su vida que Blas se refugió en las montañas y mantenía contacto con sus fieles esporádicamente. Una vez interrumpió aquel autodestierro para visitar a Eustracio en la cárcel antes de su martirio. Pasó la noche confortándolo, dándole la Eucaristía y dialogando sobre el premio del cielo.

De vuelta al destierro apenas hay fieles a los que instruir y curar; entonces, vienen las fieras a darle compañía en su cueva y a recibir la bendición del santo que las libraba de sus males. Así lo encuentran los soldados del prefecto Agrícola cuando buscaban fieras en el monte Argeo para las fiestas de los romanos en el circo.

El paso del prisionero Blas por tierras y pueblos hasta Sebaste es descrito como un cortejo triunfal por las aclamaciones de los cristianos y paganos que se le acercan, le tocan, besan sus vestidos, piden su bendición. También cura al cerdo de una mujer y sana la garganta de una joven que la tenía atravesada por una mala espina.

Es juzgado ante el procurador por blasfemo. Le dan la oportunidad de ofrecer unos granos de incienso en la pira encendida a los dioses para evitar la muerte. El obispo Blas resiste con firmeza y, entonces, lo apalean, lo cuelgan de un madero y rastrean su cuerpo con garfios y peines de hierro sin hacerle desistir de su fe.

Unas mujeres piadosas, dice el relato que fueron siete, tuvieron la osadía de tomar algo de su sangre y untar con ella sus cuerpos. Por este gesto son encadenadas y condenadas a morir, incluidos los dos pequeños de una de ellas. Blas es decapitado con los dos niños. Era el año 316.

Iconografía

Sobre todo a partir del s. XIV, san Blas es presentado en la iconografía con un peine: instrumento con que le habían rasgado las carnes.

Culto popular:
protector para los males de garganta

La gran popularidad de san Blas se debe sobre todo a los milagros que le atribuyen las actas apócrifas. En algunos lugares se ha mantenido la costumbre de bendecir a las personas el día 3 de febrero con dos velas -la Candelaria es la víspera- con esta fórmula: «Por la intercesión y los méritos de S. Blas, obispo y mártir, Dios te libre de los dolores de garganta y de cualquier otro mal».

Se le invoca como abogado contra la peste del ganado, principalmente el de cerda.  Con frecuencia también se le invoca como abogado contra la difteria. Patrono de cardadores y sombrereros.

Su culto se extendió por todo Oriente y, luego, por Occidente. Su fama de taumaturgo es muy relevante en el templo de Constantinopla consagrado a su nombre. En Armenia llegó a existir la Orden militar de San Blas.

"San Blas bendito, que se ahoga este angelito". Al tiempo que la experimentada abuela propinaba a la criatura un buen golpe seco en la espalda o le oprimía el pecho para facilitar la expulsión del cuerpo extraño, se estaba invocando a uno de los santos más populares, cercanos y amables de la antigüedad cuyo culto se extendió durante la Edad Media por toda la cristiandad y ha llegado a nuestra cultura como protector de los males de garganta.

Y no creas que sólo es por el interés de salir del paso por las molestias que acarrea un catarro, un enfriamiento, una infección o un cáncer. Como con las gargantas hacemos los hombres muchas cosas, también se recurre a él cuando hay peligro de renegar de la fe, o se pide su intercesión para los males que originaron las malas confesiones y hasta de las intemperancias en la bebida.

Fuentes:
archimadrid.es
primeroscristianos.com

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