sábado, 18 de febrero de 2017

"Sed santos porque yo, vuestro Dios, soy santo" (Lev 19,1); "Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial" (Mt 5,48)


Sed santos, sed perfectos... como vuestro Dios y Padre. Esta es la llamada que se hace a todos los bautizados. Algunos piensan que el origen de todos los pecados del ser humano está en querer ser como Dios..., pero la invitación que hoy se nos hace no deja lugar a dudas: "Sed santos y perfectos como lo es vuestro Dios" (Domingo de la 7 Semana del Tiempo Ordinario, A).

La santidad despierta sentimientos, pensamientos, valoraciones y juicios muy diferentes en las personas. Para algunos es un don, una vocación, un proyecto de vida, un desafío, una meta o cima; para otros, es una insensatez, una pérdida de tiempo, una hipocresía, una provocación, el climax del meapilas.

La Biblia nos muestra que hay más de una manera de entender y sentir lo santo y lo sagrado. Por ejemplo, en muchas páginas se presenta lo santo como algo separado e inalcanzable para el creyente. Entonces, cuando la persona siente la cercanía de lo sagrado, se averguenza de su impureza, no es digno y teme morir...

Los gestores de esta mentalidad son los guardianes de que lo sagrado y lo santo no sea mancillado poniéndolo fuera del alcance del pueblo; sobre todo, de los ignorantes, de los que no conocen la ley o no la practican. Pero como todos necesitamos de la protección y la benevolencia de Dios también establecen vías de acceso "seguras", eso sí, con una regulación muy exigente para que lo sagrado no se desacralice.

En otras páginas de la Biblia, lo santo y lo sagrado no están fuera del alcance del ser humano; es más, la persona es imagen sagrada, tabernáculo, vasija de barro, en donde lo santo y sagrado es glorificado..., o deformado. Desde esta perspectiva, toda la creación, ser humano incluido, se desarrolla en la presencia de lo santo y sagrado: Dios.

Jesús tuvo que recordar a sus discípulos y a los maestros de la ley que nada de lo que Dios ha creado es impuro. En todo caso, la impureza -nos dice- reside en nuestra mirada. Jesús nos mira con los ojos del Padre (mirada amorosa = mirada santa) y su amor le mueve a sacrificarse por todos.

En la espiritualidad cristiana, el conflicto, la discusión, el insulto, la persecución..., es una oportunidad para llegar a ser lo que estamos llamados a ser: santos. Porque uno se muestra tal y como es en la lucha y en la adversidad; entonces, alimentamos el orgullo que llevamos dentro o al santo que llevamos dentro.


Cuando el autor del Levítico y Jesús de Nazaret nos llaman a ser santos y perfectos como nuestro Dios es santo y perfecto, no nos están llamando a que seamos más piadosos sino a que no nos venguemos de nuestros agresores, a que recemos por los que nos insultan y persiguen, a que demos al que nos pide, a que amemos a nuestros enemigos... porque así es nuestro Padre celestial, "que hace salir el sol para los justos y los injustos". El modelo de perfección y santidad que estas palabras describen es el modelo cristiano.

Algunos creyentes piensan que la santidad y la perfección consiste en no pecar nunca. Este ideal de santidad no existe, no es real; para empezar, el santo se reconoce pecador. Desde este instante, empezamos a descubrir que el ideal de santidad cristiano no es solamente muy atractivo sino también universal.

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