martes, 19 de agosto de 2014

20 de agosto: SAN BERNARDO DE CLARAVAL, Monje cisterciense. Doctor de la Iglesia.


Bernardo de Claraval además de ser una personalidad relevante en la historia de la Iglesia católica, ejerció una gran influencia en la vida política y religiosa de Europa; por ello, para muchos es la persona más notable de su siglo.

— Nacimiento y familia

Bernardo de Fontaine nació en el castillo de Fontaine-les-Dijon, en Borgoña, Francia, en el año 1090. Fue el tercero de siete hermanos. Su padre era caballero del duque de Borgoña y lo educó en la escuela clerical de Châtillon-sur-Seine. Será después de la muerte de su madre, cuando Bernardo entrará en la Orden del Císter.

— La Orden del Cister

La Orden del Cister había sido fundada pocos años antes por el abad Roberto, quien seguía la regla de san Benito. Al entrar Bernardo en la Orden había solamente un monasterio con pocos miembros por la austeridad y dureza de su vida religiosa. El monasterio estaba cerca de la casa paterna de Bernardo. Odón, duque de Borgoña, ayudó a construir el monasterio y donó tierras y ganados.

En 1113, Bernardo ingresó como novicio en la orden del Císter. Tenía 23 años. Le acompañaron 4 hermanos, un tío y algunos amigos. Bernardo les había convencido para que se unieran al monasterio cisterciense. También  su hermano Guido, casado con dos hijas, finalmente entró en la orden. Más tarde, entrarían su padre y su hermano menor.

El año 1115, Esteban Harding, el abad de Císter, envió a Bernardo a fundar el monasterio de Claraval, una de las primeras fundaciones cistercienses. Bernardo fue nombrado abad del nuevo monasterio, servicio que desempeñó hasta el final de sus días. El obispo de Chalons-sur-Marne, Guillermo de Champeaux, le ordenó sacerdote y le bendijo como abad.

La vida en el monasterio de Claraval era dura. El régimen de vida impuesto por Bernardo era muy austero y acabó afectando a su salud. Guillermo de Champeaux intervino, a instancias del capítulo general del Císter, suavizando los ayunos y la mortificación que Bernardo se había impuesto.

La orden estaba en formación. Esteban Harding era el tercer abad que tenía la orden, y en 1119 dió al Císter una regla propia, la Carta de caridad, conn la que establecía normas comunitarias de total pobreza, obediencia a los obispos y dedicación al culto divino con dejación de las ciencias profanas. Bernardo participó en la formación del espíritu cisterciense y fue el artífice de la gran difusión de la orden, pasando del único monasterio cuando ingresó a 343 cuando murió.

Císter profesaba un ideal de la vida monástica distinta a Cluny. La regla cisterciense era, en la práctica, una crítica de la de Cluny. Esta crítica a los cluniacenses, la concretó Bernardo en 1124, en su escrito Apología a Guillermo:

“La iglesia relumbra por todas partes, pero los pobres tiene hambre. Los muros de la iglesia están cubiertos de oro, pero los hijos de la iglesia siguen desnudos. Por Dios, ya que no os avergonzáis de tantas estupideces, lamentad al menos tantos gastos”, Apología a Guillermo.

A partir de la Apología a Guillermo, la regla cisterciense se entendió como una reacción contra los excesos cluniacenses. Si durante el siglo XI los monjes cluniacenses habían asumido una gran influencia, en el siglo XII este papel les correspondió a los cistercienses.

Bernardo de Claraval fundó 68 monasterios distribuidos por toda Europa. Pero los inicios fueron lentos. En los 10 primeros años solamente se establecieron tres nuevas fundaciones: Tres Fontanas (1118), Fontenay (1119) y Foigny (1121). A partir de 1130 se extienden las primeras abadías por Alemania, Inglaterra y España (Moreruela, 1132).

— Inspirador de la arquitectura cisterciense

La Apología a Guillermo estableció los criterios teóricos que luego se emplearían en la construcción de las abadías cistercienses. Bernardo critica la escultura, pintura, adornos y dimensiones excesivas de las iglesias cluniacenses. Creía firmemente que sus monjes no precisaban nada de eso para entregarse a Dios. Las esculturas y adornos eran un gasto inútil: despilfarran el pan de los pobres. Rechazaba también las imágenes porque distraían a los monjes apartándolos de la Escritura.

En 1135, cuando el número de abadías aumentaban a un ritmo de 10 por año, Bernardo percibió que la orden crecía a un ritmo desmedido y era urgente diseñar un modelo de abadía que garantizase la uniformidad de la Orden. Intervino de forma decisiva en la construcción de las siguientes abadías, Claraval II (a partir de 1135) y Fontenay (comenzada en 1137). Bernardo quería que la arquitectura cisterciense reflejase el ascetismo y la pobreza absoluta inspirándose en el desposeimiento que practicaban a diario y que constituía el espíritu del císter. De este modo se fue definiendo una estética de simplificación y desnudez acorde a los ideales de la orden: silencio, contemplación, ascetismo y pobreza. Prescindiendo de lo superfluo, el estilo del cister se hizo plenamente identificable.

Las primeras abadías se construyeron en estilo románico borgoñés. Posteriormente, cuando en 1140 surgió el estilo gótico en la benedictina abadía de san Denis, el cister adoptó algunos conceptos del nuevo estilo y empezaron a construir en los dos estilos, siendo frecuentes las abadías donde conviven dependencias románicas y góticas de la misma época.

— Inspirador y organizador de la Orden del Temple

Bernardo contribuyó a la organización de las órdenes militares que se habían formado para defender a los peregrinos que se dirigían a Tierra Santa y para combatir el Islam. Su influencia fue enorme en la creación y expansión de la Orden del Temple. Redactó sus estatutos y consiguó su reconocimiento en el Concilio de Troyes (1128).

En el año 1099, los cruzados recuperaron Jerusalén y los lugares santos de Palestina pero los peregrinos eran atacados y robados en los caminos. Algunos caballeros decidieron prolongar su voto y dedicar su vida a la defensa de los peregrinos. En 1127, Hugo de Payens solicitó al papa Honorio II el reconocimiento de su organización. Hugo de Payens y sus caballeros recibieron el apoyo del abad Bernardo, sobrino de uno de los nueve Caballeros fundadores y quinto Gran Maestre de la Orden, André de Montbard. En en Concilio de Troyes se regularizó su situación.

Puede decirse que la regla del Temple fue una regla cisterciense pues fue su abad quien la escribió. Era una regla medieval: con una estructura muy jerarquizada, poderes totalitarios, pero que regulaba la elección de los responsables y el orden de las asambleas para asistir y controlar a los mandatarios. Después de esta primera redacción, hubo una segunda escrita por Esteban de Chartres, Patriarca de Jerusalén, denominada «regla latina» y cuyo texto se ha mantenido hasta nuestros días.

Bernardo escribió en 1130, el Elogio de la nueva milicia templaria, en la que equiparaba la nueva milicia a una milicia divina: “Aspira esta milicia a exterminar a los hijos de la infidelidad...combatiendo a la vez en un doble frente: contra los hombres de carne y hueso y contra las fuerzas espirituales del mal”, Elogio de la nueva milicia templaria.

— Cisma de Anacleto

En 1130, al fallecer el papa Honorio II, se produjo una doble elección papal. La mayoría de los cardenales apoyaron al cardenal Pietro Pierleoni que adoptó el nombre de Anacleto II; mientras que una minoría de cardenales se decantaron por Gregorio Papareschi (Inocencio II). La aparición de dos papas provocó el cisma y enfrentó a media cristiandad que apoyaba a Anacleto II con la otra media, que defendía a Inocencio II. Este último contaba con el apoyo de Bernardo, que  recorrió Europa desde 1130 a 1137, explicando sus puntos de vista a monarcas, nobles y prelados.

Su intervención fue decisiva en el concilio de Estampes, convocado por rey francés Luis VI. La influencia de Bernardo favoreció la confirmación de Inocencio II, consiguiendo los apoyos de Enrique I de Inglaterra, el emperador alemán Lotario II, Guillermo X de Aquitania, los reyes de Aragón, de Castilla, Alfonso VII, y las repúblicas de Génova y Pisa. Finalmente, Anacleto fue rechazado como papa y excomulgado.

— Controversias

Bernardo participó en las principales controversias religiosas de su época. Defendía que el conocimiento de las ciencias profanas es de escaso valor comparado con el de las ciencias sagradas. Su aversión a los dialécticos se mostró en los enfrentamientos que mantuvo con Gilberto de la Porré y Pedro Abelardo.

Abelardo, uno de los primeros escolásticos, defendía que se debían buscar los fundamentos de la fe con similitudes basadas en la razón humana: “Me dispuse a explicar los fundamentos de nuestra fe mediante similitudes basadas en la razón humana. Mis alumnos me pedían razones humanas y filosóficas y me reclamaban aquello que pudiesen entender y no aquello sobre lo que no pudiesen discernir. Decían que no servía de nada pronunciar muchas palabras, si no se hacía con inteligencia; que no se podía creer nada que previamente no se hubiese entendido; y que es ridículo que alguien predique nada que ni él ni sus alumnos no puedan abarcar con el intelecto”. Pedro Abelardo, Historia calamitatum.

Las nuevas ideas de Abelardo fueron rechazadas por los que pensaban de forma tradicional, entre ellos el abad Bernardo. En 1139, Guillermo de Saint-Thierry encontró 19 proposiciones supuestamente heréticas de Abelardo y Bernardo de Claraval las remitió a Roma para que fuesen condenadas. En el sínodo de Sens exigieron a Abelardo retractarse. Al negarse, el Papa condenó a Abelardo a perpetuo silencio como docente.

Bernardo en carta a Inocencio II (Contra errores Petri Abaelardi), refutó los supuestos errores de Abelardo, pues consideraba que la fe sólo debe ser aceptada: “Puesto que estaba dispuesto a emplear la razón para explicarlo todo, incluso aquellas cosas que están por encima de la razón, su presunción estaba contra la razón y contra la fe. Porque, ¿hay algo más hostil a la razón que tratar de trascender la razón por medio de la razón? y ¿qué hay más hostil a la fe que negarse a creer lo que no puede alcanzarse con la razón? Contra quaedam capitula errorum Abaelardi.

Para Bernardo, la verdad que hay tras la creencia en Dios es un hecho directamente infundido por la divinidad y, por tanto, incuestionable. Contra la pretensión de los racionalistas de que la teología debía apoyarse en pruebas, afirmó en un argumento muy conocido: “La conocemos [la Verdad]. Pero ¿cómo pensamos que la comprendemos? La disquisición no la comprende, pero sí la santidad, si de algún modo es posible comprender lo incomprensible. Pero si no pudiese ser comprendida, el apóstol no habría dicho... «y fundados en la caridad, podáis comprender en unión de todos los santos». Los santos, por tanto, comprenden. ¿Queréis saber cómo? Si sois santos, comprenderéis y sabréis. Si no, sed santos y sabréis por experiencia. Tractatus de laudibis Parisius.

La opinión de Bernardo, acerca del mal empleo que hacía Abelardo de la razón, se ganó el apoyo de místicos e irracionalistas, que estuvieron de acuerdo con él.

— Predicador

Reclamado constantemente por la clerecía local, Bernardo viajó por el sur de Francia, Renania y otras regiones. También predicó sobre la vida monástica y convenció a muchos para que ingresasen en la orden cisterciense. Se le conocía como Doctor melifluo (boca de miel). Solía desplazarse a pie, acompañado de un monje, que hacía de secretario y escribía a su dictado durante los desplazamientos.

Bernardo predicó en el Languedoc en 1145 a los cátaros o albigenses. Años después de la muerte de Bernardo, en 1209, los cátaros fueron declarados herejes, y varios cistercienses se pusieron al frente de la cruzada que reprimió este movimiento.

— Fuentes de su doctrina

Sus fuentes fueron las Sagradas Escrituras y la tradición cristiana. Ambas fueron siempre sus grandes argumentos. Bernardo creía en «la revelación verbal» del texto bíblico. Esta creencia, considerada hoy errónea por la teología católica, la aprendió de Orígenes, su maestro en exégesis. Así, en cada palabra de la Biblia buscaba interpretaciones y sentidos desconocidos y ocultos. Cuando no comprendía unas frases o un sentido del texto, pedía a Dios que le iluminara pues creía que si Dios había puesto esa palabra o esa frase y no otra, lo hacía por una razón concreta. Esta fe en la revelación verbal le originó experiencias místicas que quedaron recogidas en sus escritos.

Su interpretación del texto sagrado, sin limitarse al sentido pretendido por el escritor sagrado, para obtener de él la justificación de sus experiencias personales, sigue la reflexión de la Iglesia primitiva y continúa la tradición mística de los padres griegos de la Escuela catequística de Alejandría.

Es interesante saber lo que pensaban del abad Bernardo los dos reformadores protestantes más importantes. Martín Lutero dijo que «Bernardo supera a todos los demás Doctores de la Iglesia» y Juan Calvino lo alabó: «El abad Bernardo habla el lenguaje de la misma verdad».

Los libros de la Biblia que más citó y por lo tanto con los que más se identificaba son: el libro de los Salmos: 1519 veces; las cartas de Pablo: 1388 veces; el Evangelio de Mateo: 614 veces; el Evangelio de Juan: 469 veces; el Evangelio según san Lucas: 465 veces; el Libro de Isaías: 358 veces y el Cantar de los Cantares: 241 veces.

La segunda fuente para él era la Tradición. En su tiempo había dos escuelas teológicas contrarias: la escuela antigua o tradicional, de la que él era el principal exponente, y la escuela moderna de Abelardo basada en especulaciones y en la crítica filosófica de las ideas.

Bernardo consideraba estéril la filosofía pues decía que de nada nos sirve para alcanzar nuestro fin último. Despreciaba a Platón y Aristóteles. En cierta ocasión dijo: «Mis maestros son los apóstoles, ellos no me han enseñado a leer a Platón ni a ejercitarme en las disquisiciones de Aristóteles». Sin embargo, tenía una concepción neoplatónica del alma humana, que consideraba estaba creada a imagen y semejanza de Dios y destinada a una unión perfecta con Él.

Los Padres de la Iglesia que más seguía eran san Ambrosio y san Agustín. Los llamó las dos columnas de la Iglesia y escribió que difícilmente se apartaría de su parecer (en el Tratado sobre el bautismo).

En moral, su referencia era Gregorio Magno. Copió con frecuencia a Casiodoro en sus comentarios sobre los Salmos. Muchos pensamientos bernardianos en realidad son de Casiodoro. Entre los Padres griegos, citó a menudo a Orígenes (elogiaba su exégesis alegórica) y a Atanasio. Tenía una gran devoción a Benito de Nursia y a la Régula monasteriorum (la regla de los monjes). Esta obra era la maestra de su corazón y de su intelecto, y estaba convencido que, como la Biblia, era un libro directamente inspirado por Dios.

Cuatro de sus obras tienen similitudes con otras de la literatura patrística:

∙ Los sermones sobre el «Cantar de los cantares»: en el Concilio de Sens, Berenguer de Escocia le recriminó haber copiado descaradamente a Orígenes, Ambrosio, Rexio de Autun y Beda el Venerable.
∙ Los 17 sermones sobre el salmo 90 están copiados de la doctrina de san Agustín.
∙ Las 4 homilías de alabanzas de la Virgen María tienen plagios de Ambrosio y de san Agustín
∙ Sobre la gracia y el libre albedrío es un resumen de la doctrina de san Agustín.

— Místico

San Bernardo fue el primero que formuló los principios básicos de la mística, contribuyendo a configurarla como cuerpo espiritual de la Iglesia católica. Su devoción a la humanidad del Redentor se fundamente en el Cristo de los Santos Padres y de san Pablo. Su forma de relacionarse con Cristo, llevó a nuevas formas de espiritualidad basadas en la imitación de Cristo.

Su teología mística tuvo como fin principal mostrar el camino de la unión espiritual con Dios. Su doctrina de búsqueda de unión con Dios se inspiró en el estudio de las escrituras y de los padres de la Iglesia, así como en su propia experiencia religiosa. El esquema de la mística bernardiana propone ascender desde lo más profundo del pecado original hasta lo más elevado del amor, la unión mística con Dios. En este ascenso enumeró 4 grados de amor, descritos en su tratado Del amor de Dios:

“...En primer lugar, pues, se ama el hombre a sí por sí mismo, pues es carne, y no puede gustar nada fuera de sí...más, cuando ve que no puede subsistir por sí, comienza a buscar a Dios por la fe, y a amarle, como que le es tan necesario. Ama, pues, en el segundo grado a Dios, pero por sí, no por Él mismo. Ya después que comenzó, con ocasión de la propia necesidad, a reverenciarle y frecuentarle, meditando, orando, obedeciéndole, poco a poco en virtud de este género de familiaridad, se da a conocer Dios y consiguientemente se hace también más dulce, y así... pasa al grado tercero, para amar a Dios no ya por sí, sino por Él mismo... en este grado se está mucho tiempo...y desde entonces, juntándose a Él será con Él un espíritu...cuando se entra en estas grandezas espirituales y divinas habría de ser despejado de todas las enfermedades de la carne...”,
Del amor de Dios.

Conocemos tres venidas del Señor… hay una venida intermedia… oculta, sólo la ven los elegidos, en sí mismos…pero, para que no pienses…que… la venida intermedia son invención nuestra, oye al mismo Señor: «El que me ama guardara mi palabra; mi Padre lo amará y vendremos a fijar en él nuestra morada»…gracias a esta venida, nosotros que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial...” Sermón 5 en el Adviento.

La influencia del pensamiento de Bernardo sobre misticismo y devoción mariana en las órdenes religiosas europeas fue muy importante. Bernardo es considerado uno de los fundadores de la mística medieval. Tuvo gran influencia en el desarrollo de la devoción a la Virgen María.

— Devoción mariana

En el occidente cristiano y a partir de finales del siglo XI, se desarrolló masivamente el culto popular a la Virgen María. Bernardo tuvo un papel importante en la propagación de ese culto mariano. Su teología sobre María fue aceptada por los fieles y sus sermones se difundieron por toda la cristiandad. El más conocido, es Del acueducto:

“...Tan grande acueducto...sobrepasase los cielos y pudiese llegar a aquella vivísima fuente de las aguas que está sobre los cielos...¿Cómo llegó este nuestro acueducto a aquella fuente tan sublime? [...] Según está escrito: la oración del justo penetra en los cielos...¿Quién será justo, si no lo es María, de quien nació para nosotros el sol de justicia? [...] Sea lo que fuere aquello que dispones ofrecer, acuérdate de encomendarlo a María, para que vuelva la gracia, por el mismo cauce por donde corrió, al dador de la gracia...aquello que deseas ofrecer, procura depositarlo en aquellas manos de María... a fin de que sea ofrecido al Señor, sin sufrir de Él repulsa...”, Del acueducto.

— Eugenio III, discípulo y Papa

En 1145, Eugenio III fue nombrado papa. Es el primer papa cisterciense. Discípulo del abad Bernardo, había pasado en Claraval 10 años de vida monástica. En 1140, Bernardo lo envió a Italia como abad de Tres Fontanes, la 34 fundación de Claraval.

Siendo papa, mantenían frecuente correspondencia con Bernardo. Eugenio le pidió que escribiera un tratado sobre las obligaciones de ser papa. Bernardo escribió el tratado De Consideratione en 5 libros. El primero lo escribió en 1149, el segundo en 1150, el tercero después del desastre de la cruzada en 1152 y los dos últimos a continuación. Es su tratado más conocido y aunque lo escribió para el papa Eugenio, en la práctica, sirvió a los papas posteriores.

Bernardo se sentía el padre espiritual del papa Eugenio III. Así lo manifestó en el prólogo de De Consideratione: “El amor que os profeso no os considera como Señor, os reconoce por hijo suyo entre las insignias y el esplendor de vuestra excelsa dignidad...Os amé cuando eras pobre, igual os he de amar hecho padre de los pobres y de los ricos. Porque bien os conozco, no por haber sido hecho padre de los pobres dejáis de ser pobre de espíritu”.

En este escrito, insiste en la necesidad de la vida interior y de la oración para aquellos que tienen las mayores responsabilidades de la Iglesia. Escribió sobre el peligro de dejarse llevar por los asuntos de Estado y descuidar la oración y las realidades de lo alto.

Sobre los poderes del papa, defendió la supremacía del poder espiritual y el derecho de la Iglesia a emplear los ejércitos seglares. Bernardo se basa en las palabras que los apóstoles dijeron a Jesús cuando lo apresaron, recogidas en el Evangelio de san Lucas, que él interpretó para fundamentar de nuevo «la doctrina de las dos espadas», presente en el pensamiento cristiano desde los inicios de la Edad Media: “Si la espada material no perteneciese a la Iglesia, el Señor no habría replicado «Es bastante» a los apóstoles cuando le dijeron «Aquí hay dos espadas», sino «Es demasiado». Por tanto, de la Iglesia son la espada espiritual y la espada material, pero esta ha de ser manejada para la Iglesia, y aquella, por la Iglesia”, De consideratione.

También escribió que el poder del papa no es ilimitado: “Yerras si, como creo, piensas que tu poder apostólico es el único instituido por Dios (dice el apóstol:) «No hay poder que no proceda de Dios...Todos han de estar sometidos a las autoridades superiores». No dice «la autoridad superior», como si se refiriese a una, sino «las autoridades superiores», como si se refiriese a varias. Por tanto, tu poder no es el único que procede de Dios, también proceden de «Él», el poder de los medianos y de los pequeños”, De consideratione.

Bernardo estaba convencido de que todos los cargos de la Iglesia procedían directamente de Dios y así lo escribió al papa: “Reflexiona que la santa Iglesia romana no es la señora, sino la madre de las iglesias. Vos no sois el señor de los obispos, sino uno de ellos”.

— La segunda cruzada

Su más trágica empresa fue la Segunda Cruzada. Allí mostró con toda su fuerza y debilidad su ideal religioso. Su fracaso disminuyó su influencia y carisma, excepcional hasta entonces tanto con el poder religioso como político.

Cincuenta años antes, durante la Primera Cruzada se había establecido en Palestina un reino feudal gobernado por nobles franceses. En 1144, los ejércitos del Islam tomaron la ciudad cristiana de Edesa. En 1145, Luis VII de Francia propuso la cruzada y pidió a Bernardo que la predicase. Bernardo le dijo que solo el papa le podía encargar esa predicación. El rey dirigió su petición al papa. Fue entonces cuando el papa Eugenio III pidió al abad Bernardo que predicase la cruzada y las indulgencias que de ella se derivaban.

Bernardo entendía la vida interior como unión del alma humana con Dios e identificaba la vida interior con la vida de toda la iglesia, de todo el «cuerpo místico», siendo su idea de la cruzada muy mística. Afirmaba que la Iglesia podía llamar a las armas a las naciones cristianas para defender el orden establecido por Dios. Según él, si Dios juzgaba necesario que los ejércitos defendieran su reino, si el mismo papa le ordenaba predicar la Cruzada, estaba claro que se trataba de una misión divina. Por eso transmitió a los cristianos que se trataba de una guerra santa, pues así la concebía él.

Pero los cruzados fueron derrotados por el Islam, lo que provocó una reacción de pesimismo en la cristiandad. Bernardo fue llamado embaucador y falso profeta. El fracaso de la segunda Cruzada dañó la confianza en el pontificado. La fe cristiana había sufrido un duro revés.

— Enfermedad y muerte

En 1153, enfermó del estómago -no retenía la comida y las piernas se le hinchaban-, Bernardo quedó muy débil y murió en la Abadía de Claraval, Ville-sous-la-Ferté, Champaña-Ardenas, Francia, el 20 de agosto de 1153.

— Canonización

Fue canonizado el 18 de junio de 1174 por el papa Alejandro III, siendo declarado Doctor de la Iglesia por Pío VIII en 1830. Su fiesta litúrgica se celebra el 20 de agosto en el aniversario de su muerte, siendo el santo patrón de Gibraltar, de Algeciras, de los trabajadores agrícolas y del Queen’s College de Cambridge. Sus atributos iconográficos son la pluma, el libro, el perro, el dragón, la colmena y la figura de la Virgen María.

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