lunes, 21 de noviembre de 2022

Santa Cecilia segun Stefano Maderno.


SANTA CECILIA de Stefano Maderno (1600)


La Santa Cecilia del escultor Stefano Maderno (1576-1636) es una de mis esculturas favoritas por el realismo y la simplicidad de los detalles.

Hay esculturas que intentan representar personas vivas sin que la piedra o el marmol puedan reproducir una imagen viva; sin embargo, esta escultura transmite un encanto especial seguramente porque no pretendía reproducir la imagen de una persona viva sino mostrar a la santa en la postura en que su cuerpo fue encontrado cuando su tumba se abrio en 1599. El cuerpo estaba incorrupto y presentaba signos evidentes de decapitación. El detalle de las manos tampoco pasa desapercibido al mostrar con los dedos un uno (Dios) y un tres (Personas), símbolo del Dios Uno y Trino.



domingo, 20 de noviembre de 2022

21 de noviembre: PRESENTACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

Mateo 12,46-50: Sobre la familia de Jesús

Mateo 12,46-50
Cf. Marcos 3,31-35, Lucas 8,19-21
Martes de la 16 Semana del Tiempo Ordinario, Año I y II


En aquel tiempo, estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él. Uno se lo avisó: "Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo." Pero él contestó al que le avisaba: "¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?" Y, señalando con la mano a los discípulos dijo: "Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre."


SOBRE EL MISMO TEMA:

Noviembre 21: FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DE MARÍA (Lecturas)

Zacarías 2,14-17
Salmo Lc 1: El Todopoderoso ha hecho
en mí grandes cosas
Mt 12,46-50

Zacarías 2,14-17

Grita de júbilo y alégrate, hija de Sión: porque yo vengo a habitar en medio de ti –oráculo del Señor–. Aquel día, muchas naciones se unirán al Señor: ellas serán un pueblo para él y habitarán en medio de ti. ¡Así sabrás que me ha enviado a ti el Señor de los ejércitos! El Señor tendrá a Judá como herencia, como su parte en la Tierra santa, y elegirá de nuevo a Jerusalén. ¡Que callen todos los hombres delante del Señor, porque él surge de su santa Morada!


Salmo responsorial:
Lc 1,46-55: El Todopoderoso ha hecho 
en mí grandes cosas

Mi alma canta la grandeza del Señor,
y mi espíritu se estremece de gozo en Dios,
mi Salvador.
R. El Todopoderoso ha hecho 
en mí grandes cosas

Porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora.
En adelante todas las generaciones me llamarán feliz,
porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas:
¡su Nombre es santo!
R. El Todopoderoso ha hecho 
en mí grandes cosas

Su misericordia se extiende de generación en generación
sobre aquéllos que lo temen.
Desplegó la fuerza de su brazo,
dispersó a los soberbios de corazón.
R. El Todopoderoso ha hecho 
en mí grandes cosas

Derribó a los poderosos de su trono
y elevó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos
y despidió a los ricos con las manos vacías.
R. El Todopoderoso ha hecho 
en mí grandes cosas

Socorrió a Israel, su servidor,
acordándose de su misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres,
en favor de Abraham y de su descendencia para siempre.
R. El Todopoderoso ha hecho 
en mí grandes cosas



Jesús estaba hablando a la multitud, cuando su madre y sus hermanos, que estaban afuera, trataban de hablar con él. Alguien le dijo: “Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte”. Jesús le respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

Presentación de María: fiesta ecuménica con nuestros hermanos de Oriente



La memoria de la Presentación de la Santísima Virgen María conmemora uno de los “misterios” de la vida María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia. Esta “Presentación” de María alude también a la “presentación” de Cristo y de todos nosotros al Padre.

La fiesta constituye un gesto concreto de ecumenismo con nuestros hermanos de Oriente. Esto se puede apreciar en el comentario de la Liturgia de las Horas que dice: “En este día, en que se recuerda la dedicación de la iglesia de Santa María la Nueva, construida cerca del templo de Jerusalén en el año 543, celebramos junto con los cristianos de la Iglesia oriental, la “dedicación” que María hizo de sí misma a Dios desde la infancia, movida por el Espíritu Santo, de cuya gracia estaba llena desde su concepción inmaculada”.

21 de Noviembre: Origen de la fiesta de la presentación de la Santísima Virgen María


Hoy, celebramos junto con toda la Iglesia, la Presentación en el Templo de la niña Santa María.

Es en una antigua y piadosa tradición que encontramos los orígenes de esta fiesta mariana que surge en el escrito apócrifo llamado "Protoevangelio de Santiago". Este relato cuenta que cuando la Virgen María era muy niña sus padres San Joaquín y Santa Ana la llevaron al templo de Jerusalén y allá la dejaron por un tiempo, junto con otro grupo de niñas, para ser instruida muy cuidadosamente respecto a la religión y a todos los deberes para con Dios.

Históricamente, el inicio de esta celebración fue la dedicación de la Iglesia de Santa María la Nueva en Jerusalén en el año 543.

Estas fiestas se vienen conmemorando en Oriente desde el siglo VI, inclusive el emperador Miguel Comeno cuenta sobre esto en una Constitución de 1166.

Más adelante, en 1372, el canciller en la corte del Rey de Chipre, habiendo sido enviado a Aviñón, en calidad de embajador ante el Papa Gregorio XI, le contó la magnificencia con que en Grecia celebraban esta fiesta el 21 de noviembre. El Papa entonces la introdujo en Aviñón, y Sixto V la impuso a toda la Iglesia.

Fuente: Aciprensa.com

sábado, 19 de noviembre de 2022

Imágenes de Cristo Rey

Monumentos a Cristo Rey

Monumento a Cristo Rey
Sunland Park, New Mexico (USA)


Monumento a Cristo Rey
Santuario de Cristo Rey
Cerro del Cubilete, Guanajuato (México)


Monumento a Cristo Rey
Pachuca de Soto, México


Monumento a Cristo Rey
Almada, Portugal


Monumento a Cristo Rey
Cali, Colombia


Monumento a Cristo Rey
Sahuayo de Morelos, Michoacán (México)


Monumento a Cristo Rey
Swiebodzin, Polonia


Monumento a Cristo Rey
Veganzones, Segovia (España)


Cristo Rey en la liturgia y el arte cristianos, por Helena Faccia Serrano y VV.AA

En 1925, como coronación del Año Santo en que se conmemoraba el XVI centenario del Concilio de Nicea (325) –que declaró que el Hijo es "consubstancial" al Padre y que "su reino no tendrá fin", verdades ambas que pasarían a formar parte desde entonces del símbolo de la fe o Credo– el papa Pío XI introdujo en la liturgia católica una nueva fiesta: la de Cristo Rey.

La encíclica Quas primas del papa Pío XI

En la encíclica Quas primas Pío XI explicaba el sentido de esta nueva fiesta. Pensemos en los acontecimientos mundiales que ya se habían producido o que se estaban preparando en 1925:

"Los amarguísimos frutos que este alejarse de Cristo por parte de los individuos y de las naciones ha producido con tanta frecuencia y durante tanto tiempo (...) los volvemos hoy a lamentar, al ver el germen de la discordia sembrado por todas partes; encendidos entre los pueblos los odios y rivalidades que tanto retardan, todavía, el restablecimiento de la paz; las codicias desenfrenadas, que con frecuencia se esconden bajo las apariencias del bien público y del amor patrio; y, brotando de todo esto, las discordias civiles, junto con un ciego y desatado egoísmo, sólo atento a sus particulares provechos y comodidades y midiéndolo todo por ellas; destruida de raíz la paz doméstica por el olvido y la relajación de los deberes familiares; rota la unión y la estabilidad de las familias; y, en fin, sacudida y empujada a la muerte la humana sociedad".

Como respuesta a estos hechos Pío XI quiso proponer de nuevo con esta fiesta el reinado de Cristo en la historia de los hombres y en las almas: "Nos anima, sin embargo, la dulce esperanza de que la fiesta anual de Cristo Rey, que se celebrará en seguida, impulse felizmente a la sociedad a volverse a nuestro amadísimo Salvador".

Tras recordar los fundamentos bíblicos de la realeza de Jesucristo, el Papa señalaba que la liturgia entera de la Iglesia es una "perpetua alabanza a Cristo Rey".

Por unir en él –de manera hipostática– lo divino y lo humano, Cristo tiene soberanía real sobre todo ser humano, pero además:

"¿Qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave que el pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros, no sólo por derecho de naturaleza, sino también por derecho de conquista, adquirido a costa de la redención? Ojalá que todos los hombres, harto olvidadizos, recordasen cuánto le hemos costado a nuestro Salvador. Fuisteis rescatados no con oro o plata, que son cosas perecederas, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un Cordero Inmaculado y sin tacha. No somos, pues, ya nuestros, puesto que Cristo nos ha comprado por precio grande; hasta nuestros mismos cuerpos son miembros de Jesucristo".

Cristo, Rey del Universo

Pío XI estableció que la nueva fiesta se celebrase el último domingo de octubre, de modo que precediera a la Solemnidad de Todos los Santos. Pero en 1970, tras el Concilio Vaticano II, la fiesta fue trasladada al último domingo del año litúrgico, subrayándose de este modo su dimensión cósmica y escatológica. La fiesta se llamaría desde entonces, de Cristo Rey del Universo.

Ahora bien, Jesús rechazó ser coronado como rey, por cuanto este deseo del pueblo tenía un sentido claramente político. Sin embargo, en su diálogo con Pilatos, Jesús reconoce: "Sí, como dices soy rey" (Jn 18,37). Aunque poco antes había declarado: "Mi reino no es de este mundo" (Jn 18,36).

Benedicto XVI se preguntaba en uno de sus comentarios a la liturgia de este domingo:

"Pero, ¿en qué consiste el ´poder´ de Jesucristo Rey? No es el poder de los reyes y de los grandes de este mundo; es el poder divino de dar la vida eterna, de librar del mal, de vencer el dominio de la muerte. Es el poder del Amor, que sabe sacar el bien del mal, ablandar un corazón endurecido, llevar la paz al conflicto más violento, encender la esperanza en la oscuridad más densa. Este Reino de la gracia nunca se impone y siempre respeta nuestra libertad. Cristo vino ´para dar testimonio de la verdad´ (Jn 18,37) –como declaró ante Pilato–: quien acoge su testimonio se pone bajo su ´bandera´, según la imagen que gustaba a san Ignacio de Loyola. Por lo tanto, es necesario –esto sí– que cada conciencia elija: ¿a quién quiero seguir? ¿A Dios o al maligno? ¿La verdad o la mentira? Elegir a Cristo no garantiza el éxito según los criterios del mundo, pero asegura la paz y la alegría que sólo él puede dar. Lo demuestra, en todas las épocas, la experiencia de muchos hombres y mujeres que, en nombre de Cristo, en nombre de la verdad y de la justicia, han sabido oponerse a los halagos de los poderes terrenos con sus diversas máscaras, hasta sellar su fidelidad con el martirio".

Cristo, coronado de espinas, reina desde la Cruz

El trono de Cristo Rey es la Cruz. Él reina desde la Cruz. Como dice Benedicto XVI: "Será precisamente en la cruz donde Jesús esté a la altura de Dios, que es Amor. Allí se le puede conocer".




En el comentario antes citado, Benedicto XVI alude a la representación de Cristo en los templos cristianos:

"Queridos amigos, el camino del amor, que el Señor nos revela y nos invita a recorrer, se puede contemplar incluso en el arte cristiano. De hecho, antiguamente, ´en la configuración de los edificios sagrados [...] se hizo habitual representar en el lado oriental al Señor que regresa como rey –imagen de la esperanza–, mientras en el lado occidental estaba el Juicio final, como imagen de la responsabilidad respecto a nuestra vida" (Spe Salvi, 41): esperanza en el amor infinito de Dios y compromiso para ordenar nuestra vida según el amor de Dios".

En efecto, basta recordar un par de imágenes para entender la reflexión de Benedicto XVI. Pensemos en el célebre Pantocrátor de Tahull, situado en el ábside del templo.




De Oriente vino Jesús y desde allí ha de volver. Este es el sentido de la "orientación" de los templos cristianos. Rezar mirando a Oriente es mantener viva la esperanza en la segunda venida de Cristo.

Pero junto a esta esperanza, el arte cristiano ha colocado en el lado occidental de los templos, tanto en el interior como en el exterior, el Juicio Final, la imagen de la responsabilidad de nuestra vida, que habrá de dar cuenta a Dios: "... porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, estuve desnudo y no me vestisteis..."



 Pórtico de la Catedral de Nôtre-Dame de París

Son sólo unos pocos ejemplos, pero muy significativos, de la inestimable ayuda que el arte cristiano ha prestado y puede prestar a la fe.



 María, Reina del Cielo a la derecha de Cristo Rey


Concluyo con una última imagen. Escuchemos de nuevo a Benedicto XVI:

"Cuando el ángel Gabriel llevó el anuncio a María, le predijo que su Hijo heredaría el trono de David y reinaría para siempre. Y la Virgen santísima creyó antes de darlo al mundo. Sin duda se preguntó qué nuevo tipo de realeza sería la de Jesús, y lo comprendió escuchando sus palabras y sobre todo participando íntimamente en el misterio de su muerte en la cruz y de su resurrección. Pidamos a María, que está sentada, como Reina, a la derecha de Cristo Rey, que nos ayude también a nosotros a seguir a Jesús, nuestro Rey, como hizo ella, y a dar testimonio de él con toda nuestra existencia. Amén".

Fuente: religionenlibertad.com

La fiesta de Cristo, Rey del Universo



La celebración de la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, cierra el año litúrgico en el que se ha meditado sobre todo el misterio de su vida, su predicación y anuncio del Reino de Dios.

La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925. El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo Rey.

Cristo Rey anuncia la Verdad como luz que ilumina el camino amoroso del Vía Crucis hacia el Reino de Dios: "Sí, como dices, soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz" (Jn 18,37).

Esta fiesta celebra a Cristo como el rey bondadoso y sencillo que como pastor guía a su Iglesia hacia el Reino Celestial y le otorga la comunión con este Reino para que pueda transformar el mundo. La posibilidad de alcanzar el Reino de Dios fue establecida por Jesucristo al dejarnos el Espíritu Santo que nos ofrece las gracias necesarias para ser santos como nuestro Padre Celestial es santo. Ésa es la misión que le dejó Jesús a la Iglesia: establecer un reino de santidad.

Se puede pensar que solo se llegará al Reino de Dios después de pasar por la muerte pero el Reino ya está presente en el mundo a través de la Iglesia en conversión constante. Con la obra de Jesucristo, las dos realidades de la Iglesia —peregrina y celestial— forman una sola comunidad y así se fortalece el peregrinaje con la oración de los peregrinos y la gracia que reciben por medio de los sacramentos.

Jesucristo es el rey y el pastor del reino de Dios, que sacándonos de las tinieblas, nos guía y cuida en nuestro camino hacia la comunión plena con Dios Amor.



Lucas 23,35-43, por M. Dolors Gaja, MN



Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo:
— Ha salvado a otros; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido.
También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre  y le decían:
— Si tú eres el rey de los judíos, ¡sálvate!»
Había encima de él una inscripción: Este es el rey de los judíos. Uno de los malhechores colgados le insultaba:
— ¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!
Pero el otro le increpó:
— ¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio éste nada malo ha hecho.
Y decía:
— Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.
Jesús le dijo:
— Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Comentario de M. Dolors Gaja, MN

Termina el año litúrgico. No sabemos lo qué es el tiempo aunque vivamos supeditados e inmersos en él pero toda civilización ha sentido la necesidad de “organizar” su tiempo, fechar los acontecimientos y situarse, aunque sea arbitrariamente, en el espacio temporal que vive. Por eso tenemos varios calendarios: existe el calendario civil, que en Occidente fue instaurado por Julio César y ajustado por el papa Gregorio XIII en 1582: por él sabemos que estamos en 2013. Existe también el calendario escolar, que suele ir de septiembre a junio en Europa. Y puede haber muchos más. Pero estas divisiones de tiempo son arbitrarias y, sobre todo, vacías de contenido. En cambio el calendario litúrgico que va de Adviento a la fiesta de Cristo Rey es un calendario para la reflexión y catequesis, para la vivencia de la fe. Que yo sepa, el único calendario con un sentido interno: seguir en nuestro día a día, la vida de Cristo.

La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por Pío XI el 11 de diciembre de 1925. Es una fiesta nueva, por tanto. No creo que hoy, en plena decadencia las monarquías europeas y desconocidas en gran parte del mundo, se diera a esta fiesta el mismo nombre. Lo que el papa quiso hacer es invitar a todos los cristianos a reconocer la soberanía de Cristo. Él es centro de toda la historia universal. Es el alfa y el omega, el principio y el fin.

Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su venida al mundo hace casi dos mil años, pero Cristo no reinará definitivamente sobre todos los hombres hasta que vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos, en la Parusía.

El texto

En esas paradojas a las que los cristianos nos hemos acostumbrado, para hablar de Cristo Rey leemos el texto de Cristo Crucificado. Y aunque cierre el año, se me ocurre que sería bueno imaginar que es el principio y que Cristo en la Cruz recuerda, como en un flash back de película, toda su vida; cómo lo anunciaron los profetas, cómo su madre recibió el anuncio, su nacimiento, la huida a Egipto, su vida en Nazaret, el milagro en Caná…la elección de amigos, las multitudes que le seguían, las parábolas, los primeros enfrentamientos…la traición…y la cruz. Y en ese camino, que vuelve a empezar, te pide compañía. No te promete una realeza de gloria y pompa humana sino una realeza oculta que pasa por la cruz, que tiene en la cruz su trono.

Fijémonos en las distintas posturas: el pueblo mira. Las autoridades se burlan. Un malhechor se rebela; otro ora con la más bella y simple oración: "Jesús, acuérdate de mí".

¿Qué actitud tengo yo en ese camino de la fe? “Miro”, asisto pasivamente a las celebraciones que el calendario va marcando, ¿“miro” sin conmoverme por dentro ni cambiar?; ¿sonrío con escepticismo cuando la Iglesia me invita a pedir perdón, me río de sus propuestas?  ¿Rechazo abiertamente lo que me dice, me rebelo con Dios? O sé orar desde mis pobres palabras como el “buen ladrón”?

El hoy

A Lucas le gusta subrayar el “hoy” en muchos textos. Porque la Gracia es hoy, no mañana, la Salvación es hoy, no ayer. Y hoy, desde mi cocina, mi oficina, mi cama de enfermo, mi soledad de anciano, mi monasterio, mi clase, mi taller…hoy puedo estrenar Paraíso.

Creo que deberíamos recuperar el término “paraíso” porque no entraña, como cielo, un lugar por encima de nuestras cabezas. En su origen Paraíso significa jardín. Pero Paraíso es estar con Jesús. Paraíso puede ser hoy.

Para ello hay que atreverse a vivir la realeza oculta de Jesús: una realeza de servicio y entrega, una realeza de amor donde el “Rey” se pone delantal para lavar los pies.

Quedémonos con la oración del llamado “Dimas” y digámosle a Jesús: acuérdate de mí.

Lucas 23,35-43: "Si tú eres el rey de los judíos, ¡sálvate!"

Lucas 23,35-43

Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo:
— Ha salvado a otros; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido.
También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre  y le decían:
— Si tú eres el rey de los judíos, ¡sálvate!»
Había encima de él una inscripción: Este es el rey de los judíos. Uno de los malhechores colgados le insultaba:
— ¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!
Pero el otro le increpó:
— ¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio éste nada malo ha hecho.
Y decía:
— Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.
Jesús le dijo:
— Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.

SOBRE EL MISMO TEMA:

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY, C (Lecturas)

II Samuel 5, 1-3
Salmo 121:Vamos alegres a la casa del Señor
Colosenses 1,12-20
Lucas 23, 35-43

II Samuel 5,1-3

En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron: "Hueso tuyo y carne tuya somos; ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quien dirigías las entradas y salidas de Israel. Además el Señor te ha prometido: "Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel." "Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.


Salmo 121: Vamos alegres a la casa del Señor

¡Qué alegría cuando me dijeron:
"Vamos a la casa del Señor"!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.
R. Vamos alegres a la casa del Señor

Allá suben las tribus, las tribus del Señor,
según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.
R. Vamos alegres a la casa del Señor


Colosenses 1,12-20

Hermanos: Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él.Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.



En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: "A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido." Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: "Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo." Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: "Éste es el rey de los judíos." Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: "¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros." Pero el otro lo increpaba: "¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibirnos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada." Y decía: "Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino." Jesús le respondió: "Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso."



Jesucristo, Rey del Universo, Ciclo C

¿Qué dice el Catecismo de la Iglesia Católica sobre el purgatorio?

La purificación final o purgatorio
Catecismo de la Iglesia Católica, números 1030-1032


1030 Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.

1031 La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820; 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por ejemplo 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego purificador:

«Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, Dialogi 4, 41, 3).

1032 Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: "Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado" (2 M 12,46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos:

«Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre (cf. Jb 1,5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? [...] No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos» (San Juan Crisóstomo, In epistulam I ad Corinthios homilia 41,5).



¿Qué dice el Catecismo de la Iglesia sobre el juicio particular y el juicio final?

 El juicio particular
Catecismo de la Iglesia Católica, números 1021 y 1022

1021 La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (cf. 2 Tm 1, 9-10). El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro (cf. Lc 16,22) y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón (cf. Lc 23,43), así como otros textos del Nuevo Testamento (cf. 2 Co 5,8; Flp 1, 23; Hb 9, 27; 12, 23) hablan de un último destino del alma (cf. Mt 16, 26) que puede ser diferente para unos y para otros.

1022 Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación (cf. Concilio de Lyon II: DS 856; Concilio de Florencia: DS 1304; Concilio de Trento: DS 1820), bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo (cf. Concilio de Lyon II: DS 857; Juan XXII: DS 991; Benedicto XII: DS 1000-1001; Concilio de Florencia: DS 1305), bien para condenarse inmediatamente para siempre (cf. Concilio de Lyon II: DS 858; Benedicto XII: DS 1002; Concilio de Florencia: DS 1306).

«A la tarde te examinarán en el amor» (San Juan de la Cruz, Avisos y sentencias, 57).


V. El Juicio final
Catecismo de la Iglesia Católica, números 1038 al 1041

1038 La resurrección de todos los muertos, "de los justos y de los pecadores" (Hch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será "la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz [...] y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación" (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá "en su gloria acompañado de todos sus ángeles [...] Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda [...] E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna." (Mt 25, 31. 32. 46).

1039 Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios (cf. Jn 12,49). El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena:

«Todo el mal que hacen los malos se registra y ellos no lo saben. El día en que "Dios no se callará" (Sal 50, 3) [...] Se volverá hacia los malos: "Yo había colocado sobre la tierra —dirá Él—, a mis pobrecitos para vosotros. Yo, su cabeza, gobernaba en el cielo a la derecha de mi Padre, pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubierais dado a mis miembros algo, eso habría subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis pequeñuelos en la tierra, los constituí comisionados vuestros para llevar vuestras buenas obras a mi tesoro: como no habéis depositado nada en sus manos, no poseéis nada en Mí"» (San Agustín, Sermo 18,4,4).

1040 El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su advenimiento. Entonces Él pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte (cf. Ct 8, 6).

1041 El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía "el tiempo favorable, el tiempo de salvación" (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la "bienaventurada esperanza" (Tt 2, 13) de la vuelta del Señor que "vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído" (2 Ts 1, 10).



¿Qué dice el Catecismo de la Iglesia Católica sobre el cielo?

II. El cielo
Catecismo de la Iglesia Católica, números 1023 al 1029


1023 Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven "tal cual es" (1 Jn 3,2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4):

«Definimos con la autoridad apostólica: que, según la disposición general de Dios, las almas de todos los santos [...] y de todos los demás fieles muertos después de recibir el Bautismo de Cristo en los que no había nada que purificar cuando murieron [...]; o en caso de que tuvieran o tengan algo que purificar, una vez que estén purificadas después de la muerte [...] aun antes de la reasunción de sus cuerpos y del juicio final, después de la Ascensión al cielo del Salvador, Jesucristo Nuestro Señor, estuvieron, están y estarán en el cielo, en el Reino de los cielos y paraíso celestial con Cristo, admitidos en la compañía de los ángeles. Y después de la muerte y pasión de nuestro Señor Jesucristo vieron y ven la divina esencia con una visión intuitiva y cara a cara, sin mediación de ninguna criatura» (Benedicto XII: Const. Benedictus Deus: DS 1000; cf. LG 49).

1024 Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo" . El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.

1025 Vivir en el cielo es "estar con Cristo" (cf. Jn 14,3; Flp 1,23; 1 Ts 4,17). Los elegidos viven "en Él", aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre (cf. Ap 2,17): «Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino» (San Ambrosio, Expositio evangelii secundum Lucam 10,121).

1026 Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha "abierto" el cielo. La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo, quien asocia a su glorificación celestial a aquellos que han creído en Él y que han permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a Él.

1027 Este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están en Cristo, sobrepasa toda comprensión y toda representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso: "Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman" (1 Co 2, 9).

1028 A causa de su transcendencia, Dios no puede ser visto tal cual es más que cuando Él mismo abre su Misterio a la contemplación inmediata del hombre y le da la capacidad para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria celestial es llamada por la Iglesia "la visión beatífica": «¡Cuál no será tu gloria y tu dicha!: Ser admitido a ver a Dios, tener el honor de participar en las alegrías de la salvación y de la luz eterna en compañía de Cristo, el Señor tu Dios [...], gozar en el Reino de los cielos en compañía de los justos y de los amigos de Dios, las alegrías de la inmortalidad alcanzada» (San Cipriano de Cartago, Epistula 58, 10).

1029 En la gloria del cielo, los bienaventurados continúan cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con relación a los demás hombres y a la creación entera. Ya reinan con Cristo; con Él "ellos reinarán por los siglos de los siglos" (Ap 22, 5; cf. Mt 25, 21.23).



SÁBADO DE LA 33 SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, Año II (Lecturas)

Apocalípsis 11,4-12
Salmo 143,1.2.9-10: Bendito el Señor, mi Roca
Lucas 20,27-40


Apocalípsis 11,4-12

Me fue dicho a mí, Juan: "Éstos son mis dos testigos, los dos olivos y los dos candelabros que están en la presencia del Señor de la tierra. Si alguno quiere hacerles daño, echarán fuego por la boca y devorarán a sus enemigos; así, el que intente hacerles daño morirá sin remedio. Tienen poder para cerrar el cielo, de modo que no llueva mientras dura su profecía; tienen también poder para transformar el agua en sangre y herir la tierra a voluntad con plagas de toda especie. Pero, cuando terminen su testimonio, la bestia que sube del abismo les hará la guerra, los derrotará y los matará. Sus cadáveres yacerán en la calle de la gran ciudad, simbólicamente llamada Sodoma y Egipto, donde también su Señor fue crucificado. Durante tres días y medio, gente de todo pueblo y raza, de toda lengua y nación, contemplarán sus cadáveres, y no permitirán que les den sepultura. Todos los habitantes de la tierra se felicitarán por su muerte, harán fiesta y se cambiarán regalos; porque estos dos profetas eran un tormento para los habitantes de la tierra." Al cabo de los tres días y medio, un aliento de vida mandado por Dios entró en ellos y se pusieron de pie, en medio del terror de todos los que lo veían. Oyeron entonces una voz fuerte que les decía desde el cielo: "Subid aquí." Y subieron al cielo en una nube, a la vista de sus enemigos.

Salmo 143,1.2.9-10: Bendito el Señor, mi Roca

Bendito el Señor, mi Roca,
que adiestra mis manos para el combate,
mis dedos para la pelea.
R. Bendito el Señor, mi Roca

Mi bienhechor, mi alcázar,
baluarte donde me pongo a salvo,
mi escudo y mi refugio,
que me somete los pueblos.
R. Bendito el Señor, mi Roca

Dios mío, te cantaré un cántico nuevo,
tocaré para ti el arpa de diez cuerdas:
para ti que das la victoria a los reyes,
y salvas a David, tu siervo.
R. Bendito el Señor, mi Roca



En aquel tiempo se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: "Maestro, Moisés nos dejó escrito: "Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano". Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella". Jesús les contestó: "En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos". Intervinieron unos letrados: "Bien dicho, Maestro". Y no se atrevían a hacerle más preguntas.

Orar por los condenados en el infierno, por Martín Gelabert, O.P.



En ocasiones los predicadores exhortan a sus oyentes a orar por los pecadores. Quizás sería bueno preguntarse qué hay detrás de este tipo de recomendaciones. Porque todos somos pecadores. Pero, normalmente, cuando se pide que oremos por los pecadores se suele pensar en aquellas personas alejadas de la Iglesia que supuestamente viven, piensan y actúan de forma reprobable y muy distinta a cómo lo hacemos nosotros. Cada uno sabrá cuales son sus presupuestos no explicitados. En todo caso, no sería conveniente que nuestra plegaria por los pecadores estuviera cargada de un rechazo hacia ellos. ¿Quizás san Pablo atisbaba este peligro cuando recomendaba a Timoteo que la oración “por todos los seres humanos” fuera “sin ira ni malas intenciones” (1 Tim 2,8)? Pecadores, insisto, somos todos. En este sentido, todos necesitamos orar por nosotros mismos y los unos por los otros. Para que nuestra vida sea una continúa conversión a Dios.

Ahora bien, si una personalidad cristiana, respetable y prestigiosa, nos invitase a orar por los condenados en el infierno, probablemente la sorpresa sería mayúscula.

Los pecadores aún tienen una posibilidad de convertirse. Los condenados ya han llegado al final de su carrera y su rechazo de Dios se diría que es definitivo. No hay vuelta atrás para ellos. Ni por parte suya, ni por parte de Dios. ¿Qué podría significar orar por los condenados? ¿Un deseo de cambiar la voluntad irrevocable de Dios? Orar por los condenados, ¿no sería esto un acto de rebeldía contra Dios, un acto que necesariamente debería desagradar a Dios y, por tanto, un poner en peligro la propia salvación?

¿Y si eso de orar por los condenados fuese una expresión límite que uniese al orante con un Dios cuya misericordia no excluye a nadie? Si Dios tiene esa misericordia hasta el extremo, ¿no debemos tenerla también nosotros? La Iglesia ha canonizado a muchas personas. No ha condenado a ninguna. Y en cada Eucaristía la Iglesia ora por todos sin excepción. La oración es expresión de la esperanza. Orar por todos es esperar que Dios, por los caminos que sólo él sabe, puede llevar a todos y cada uno hacia sí. Una esperanza así manifestaría la oración por los condenados. Por los que, según los criterios humanos podrían estar condenados. Pero los criterios de Dios no siempre coinciden con los de los humanos.

De un santo de prestigio, que vivió con intensidad la misericordia, un hombre que lloraba cada vez que pensaba que alguien podía vivir alejado de Dios, un hombre que oraba por todos sin excepción, de este santo dice uno de los testigos de su canonización que oraba por los condenados en el infierno. ¿Y a pesar de eso le canonizaron? ¿No hubiera sido mejor que lo condenasen por hereje? ¿O al menos por ingenuo, o por perder el tiempo importunando a Dios con cosas imposibles? Claro que, como le dijo el ángel a María, nada hay imposible para Dios. Pues lo canonizaron. Su nombre: Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores.


Lucas 20,27-38, por M. Dolors Gaja, MN


En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:
- Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.
Jesús les contestó:
- En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos."

Comentario por M. Dolors Gaja, MN

Finalizó ya el camino a Jerusalén que llevamos semanas recorriendo. La escena de hoy nos sitúa en el Templo de la ciudad santa y pertenece al género conocido como controversia. Las controversias tienen un esquema muy sencillo:

a) Presentación de los adversarios y su pensamiento
b) Réplica de Jesús.

Normalmente hablamos de los seguidores de Jesús, hoy lo haremos de sus adversarios porque, quizá, en alguna ocasión nosotros formamos parte de este grupo pese a creernos seguidores.

Los saduceos

El judaísmo se había escindido en tiempos de Jesús en diversos grupos. Los saduceos pertenecían a la clase social alta e hicieron el juego a los romanos por lo que no tenían las simpatías del pueblo. Religiosamente hablando no creían en la resurrección, creencia arraigada en el común del pueblo. Esto los llevó a enfrentarse con los fariseos en numerosas ocasiones.

La historia

La historia que le cuentan los saduceos a Jesús es absurda, una caricatura con la que pretenden que se defina a favor de unos o de otros, de los fariseos o de ellos mismos. Pero tiene su fundamento en la ley de levirato (Dt 25,5-10) que contemplaba la perpetuación del apellido: si un hombre moría sin dejar descendencia, el hermano podía tomar a la viuda y el hijo nacido sería considerado hijo póstumo del difunto. Así no caería en la ignominia de extinguir su nombre y apellido.

Los saduceos exageran la situación para poner a Jesús en el brete de decir a quién pertenece la mujer…si es que hay vida eterna. Lo de menos es la mujer y el matrimonio, aquí lo que cuenta es la consideración de que todo acabe al morir o haya otra vida. ¡Un tema de candente actualidad!

La doctrina de Jesús

Como buen judío, Jesús no contesta directamente y trasciende la cuestión práctica para dar una enseñanza superior. Ese estilo es, de entrada el que deberíamos aprender: mirar de tejas arriba, vivir de principios. Pero a menudo nos dejamos atrapar por la pequeñez cotidiana y el resultado es que empequeñecemos.

¿Qué enseña Jesús? Muchos interpretan el texto como una enseñanza sobre una vida virginal, como si vivir en el matrimonio fuera una concesión terrena que no fuera necesaria en la otra vida. Pese a la interpretación de muchos siglos, Jesús nunca dijo que fuera superior la vida célibe a la vida matrimonial. ¿Cómo iba a decirlo, cómo iba  a pensar que José y María llevaban una vida de “segunda categoría”?

Creo que la enseñanza de Jesús en este escena es que no podemos pensar en la vida del más allá con las imágenes y categorías de la de aquí. Y ese error llevamos siglos cometiéndolo: imaginamos el cielo y al imaginarlo forzosamente lo empequeñecemos.

¿Cómo hablamos del cielo a los niños? Recuerdo el enfado de unos padres porque su hija de cuatro años llegó a casa diciendo que se quería morir, que quería ir al cielo “ya”. Alrededor de la fiesta de Todos los Santos la maestra, queriendo desdramatizar el tema de la muerte  pintó a los niños un cielo de Disneylandia: chuches gratis, atracciones…todo lo que los niños de cuatro años deseaban. El problema es que (aparte del enfado de los padres) ese cielo a los doce años ya no interesa tanto. Y a los 40 hasta fastidia.  Los saduceos aplican al cielo las leyes de levirato que tenían los judíos. Y Jesús corrige: es una vida distinta, no será así. Seremos “como ángeles”.

La perla preciosa

Pero lo verdaderamente importante viene con la sentencia final. No hace falta reservar a Dios para consolarnos en el momento de la muerte (como pasa tanto). Él también está ahí, cierto, pero por encima de todo es el Dios de la vida. Es el “Diosito que nos acompaña siempre” que está con nosotros al despertar y al acostarnos, en las alegrías y en el dolor. Es el Dios, no de la vida solemne, sino el que anda entre pucheros. Para quien cree esto…el cielo ya ha comenzado y la oficina, la cocina, el ambulatorio o la clase de un colegio es ya paraíso.

Dios está a nuestro lado, va con nosotros. Creer es encontrar pedazos de cielo en el día a día. 

Lucas 20,27-38: Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer?"

Lucas 20,27-40
Sábado de la 33 Semana del Tiempo Ordinario I y II

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: "Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella."Jesús les contestó: "En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos." Intervinieron unos escribas: "Bien dicho, Maestro." Y no se atrevían a hacerle más preguntas.


SOBRE EL MISMO TEMA:

Sobre el infierno

 



Catecismo de la Iglesia Católica

Para comprender mejor

Biblia


Santos


¿Qué dice el Catecismo de la Iglesia Católica sobre el infierno?

Sobre el infierno
(Catecismo de la Iglesia Católica: números 1033 al 1037)


1033 Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: "Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él" (1 Jn 3,14-15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si no omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25,31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra "infierno".

1034 Jesús habla con frecuencia de la "gehenna" y del "fuego que nunca se apaga" (cf. Mt 5,22.29; 13,42.50; Mc 9,43-48) reservado a los que, hasta el fin de su vida rehúsan creer y convertirse , y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo (cf. Mt 10,28). Jesús anuncia en términos graves que "enviará a sus ángeles [...] que recogerán a todos los autores de iniquidad, y los arrojarán al horno ardiendo" (Mt 13,41-42), y que pronunciará la condenación:" ¡Alejaos de mí malditos al fuego eterno!" (Mt 25,41).

1035 La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno" (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; Credo del Pueblo de Dios, 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.

1036 Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: "Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran" (Mt 7,13-14):

«Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Para que así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra mereceremos entrar con Él en la boda y ser contados entre los santos y no nos manden ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde "habrá llanto y rechinar de dientes"» (LG 48).

1037 Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegarias diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que "quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión" (2 P 3,9):

«Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos (Plegaria eucarística I o Canon Romano, 88: Misal Romano)


jueves, 17 de noviembre de 2022

INFIERNO, GEHENNA Y SHEOL, por Agustín Fabra



“Humíllate profundamente, que el castigo del impío es fuego y gusanos” 
(Eclesiástico 7:17)

Etimológicamente la palabra "infierno" procede del latín "infernum" o "inferus", que significa "inferior" o "subterráneo". Es el lugar donde, de una forma u otra, son torturadas eternamente las almas de los pecadores según la mayoría de las religiones.

El castigo en el infierno corresponde a pecados cometidos en vida. En el cristianismo y en el islamismo la fe y el arrepentimiento tienen mayor importancia que los pecados en determinar el destino del alma después de la muerte.

El infierno suela describirse, de forma abstracta, como un estado de pérdida más que una tortura en un lago de fuego literalmente bajo la tierra. También existe la opinión de que el infierno es un lugar donde los muertos sufren inconsciencia, y no de un lugar abrasador de tormento donde los pecadores sufren después de la muerte.

El infierno es imaginado como un lugar poblado por demonios, quienes atormentan eternamente a los condenados, y que son gobernados por un rey de la muerte: Nergal (dios sumerio-babilonio, señor de los muertos), Satanás (en el cristianismo es la encarnación suprema del mal).

Las religiones con una historia divina lineal, como en el cristianismo, a menudo conciben el infierno como infinito. En cambio las religiones con una historia cíclica suelen mostrar el infierno como un período intermedio entre encarnaciones, como es el caso del Di Yu, el reino de los muertos de la mitología china.

Seguidamente analizaremos el concepto de "infierno" de las religiones abrahamánicas, aunque antes debemos aclarar que el concepto del Sheol judío es un lugar espiritual totalmente distinto al del infierno, por lo cual hemos dedicado la última parte de este trabajo a explicar en qué consiste realmente el Sheol.

Debemos definir que las abrahamánicas son fes monoteístas que reconocen una tradición espiritual identificada con Abraham. El término es usado principalmente para referirse colectivamente al cristianismo, judaísmo e islamismo.

Catolicismo

La teología cristiana ha discutido la noción de infierno a lo largo de su historia. Durante siglos no hubo duda de que se trataba del lugar en el que el pecador sufre eternos castigos que no pueden ser conmutados. Sin embrago la Enciclopedia Católica, a principios del siglo XX, menciona que “el dogma católico no rechaza suponer que Dios pueda, a veces, por vía de excepción, liberar un alma del infierno”. Como una especie de contrasentido, los teólogos católicos son unánimes en señalar que tales excepciones nunca ocurrieron y nunca ocurrirán. Igualmente argumentan acerca del uso del término fuego que no hay suficientes razones para considerar este término como una mera metáfora.

Sin embargo el 28 de julio de 1999, en la catequesis que impartió ante ocho mil fieles en el Vaticano, el Papa Juan Pablo II dijo: “Las imágenes con que la Sagrada Escritura nos presenta el infierno deben ser rectamente interpretadas. Ellas indican la completa frustración y vacuidad de una vida sin Dios. El infierno indica más que un lugar, la situación en la que llega a encontrarse quien, libre y definitivamente, se aleja de Dios, fuente de vida y de alegría” (“El infierno como rechazo definitivo de Dios”, 3).

Aunque para algunos estas palabras del Papa provocaron polémica al no mencionar la existencia del castigo eterno por medio del fuego, tampoco negó la existencia del infierno aunque le dio un sentido espiritual antes que concreto y material. Algunos fieles y teólogos han rechazado la existencia del infierno por considerarla incompatible con el amor de Dios, mientras que otros afirman que Dios aplica la justicia al enviar al infierno eterno a las almas que no han aceptado a Jesucristo como su salvador.

Sin embargo hay consenso en creer que no es Dios quien envía el alma al cielo, al purgatorio o al infierno, sino que es el alma misma, por sus actitudes y obras durante su existencia terrenal, quien decide libremente su destino final.

Ha causado mucha confusión y desconcierto el que los primeros traductores de la Biblia tradujesen tanto el Sheol hebreo como el Hades griego y la Gehena por la palabra infierno. La simple transliteración de esas palabras en ediciones revisadas de la Biblia no ha bastado para paliar de modo importante esta confusión y malentendido.


Tanto la teología católica como la copta describen un estado intermedio entre el cielo y el infierno, que es el purgatorio, lo cual no es aceptado por la Iglesia Ortodoxa.

El purgatorio es un estado transitorio de purificación y expiación donde después de su muerte, las personas que han muerto sin pecado mortal pero que han cometido pecados leves no perdonados, tienen que purificarse antes de poder acceder a la visión beatífica de Dios. El tipo de penas que se padecen en el purgatorio son equivalentes a las del infierno, en el sentido de que se siente la lejanía de Dios, pero no son eternas.

La mayoría de iglesias protestantes rechazan la creencia en el purgatorio ya que, como describió Martín Lutero, es una invención humana que confunde a la persona.

Testigos de Jehová

Definen el infierno como el Hades, sepulcro común de la humanidad, y no un lugar de castigo y tormento. El infierno de fuego nunca ha sido parte de la doctrina de los Testigos de Jehová al afirmar que creer en ello sería difamar a Dios al contradecir la idea de mostrar a Jehová como un Dios de amor. Afirman que la idea del infierno es precristiana y que procede de la mitología mesopotámica.

Explican que cuando la Biblia alude al último estado de condenación en el Segundo Juicio, usa terminología asociada con destrucción, basado en el verbo griego apollumi, que significa destruir, y al sustantivo apóleia, que quiere decir destrucción. Para ellos esos términos no sugieren la idea de tormento, sino la eliminación total del alma pecadora.

La base para la mencionada definición proviene de la cita bíblica “temed más bien al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la Gehena” (Mateo 10:28). Con ello la idea que se da es de eliminación por muerte, no un sufrimiento eterno. El Hades o Gehena entonces es, para ellos, un lugar de olvido eterno sin ninguna esperanza de vida futura.

Mormones

La Iglesia de los Santos de la Últimos Días predica que el infierno es un lugar preparado desde la creación del mundo y en él hay almas que no encuentran descanso y están en estado de miseria y lamentación, conscientes de su estado caído y ruina espiritual. Es una especie de cárcel para espíritus inmundos. Aún en este estado, el infierno es visitado y ministrado por ángeles que preparan a aquellas almas que aún tienen opción para la segunda resurrección y el juicio final.

Adventistas

Según la Iglesia Adventista del Séptimo Día el infierno no existe como un lugar físico en el que las almas perdidas sufren por toda la eternidad. Tal interpretación se basa en la secuencia de acontecimientos proféticos relatados en el Apocalipsis o Revelación: “Y el mar devolvió los muertos que guardaba, la Muerte y el Hades devolvieron los muertos que guardaban, y cada uno fue juzgado según sus obras.

La muerte y el hades fueron arrojados al lago de fuego que es la muerte segunda, y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego” (Apocalipsis 20:13-15). Para los adventistas los muertos permanecerán en un estado inconsciente hasta la segunda venida de Cristo, momento en el que serán resucitados.

Las anteriores creencias son bastante comunes entre las restantes denominaciones cristianas, pero no coincidentes con las demás religiones, de las cuales vamos a detallar las dos más significativas por su relación con el abrahamanismo.

Islam

El Islam prevé el Juicio Final para todos los creyentes en Alá y en su profeta Mahoma, y varias referencias al fuego del infierno existen en su libro sagrado, el Corán. Durante su vida, la persona tiene siempre dos ángeles junto a ella, uno a cada lado, y mientras el de la derecha anota las buenas acciones de la persona, el de la izquierda anota las malas.

A la hora de su muerte cada persona será juzgada de acuerdo al contenido de ambos libros. El puente Sirat, delgado como un cabello, debe ser atravesado para acceder al Paraíso, y aquel que caiga en dicho trayecto irá a parar a las llamas del infierno.

En la parte del libro correspondiente a la Noche (493) se habla de un edificio de siete pisos, separados uno de otro por una distancia de mil años. El primero, que es el único que se describe, está destinado a los que murieron sin arrepentirse de sus pecados y en él hay montañas y ciudades de fuego, a la vez que contienen castillos de fuego con lechos de fuego en los que se practican las torturas, todo en número de setenta mil.

Sobre el purgatorio en el Islam:

Como en la teología católica, en el islam existe un concepto similar al del purgatorio: el Barzaj. Es el lugar, período o secuencia de trámites por los que el alma espera el Juicio Final, en lo que Mahoma describe como las peores horas de la vida de un hombre. Para el Islam existe también el Araf, un alto muro o barrera en el que esperan los que han conseguido escapar del infierno, pero que no han sido autorizados aún a entrar en el cielo.

Judaísmo

Inicialmente el judaísmo creía en el Sheol, que analizaremos independientemente, y lo describían como una existencia sombría a la cual todos eran enviados tras la muerte. En el Antiguo Testamento no se amenaza a los pecadores con ninguna vida de sufrimiento después de la muerte. La escatología judía distinguió después entre un lugar especial para los justos y otro para los condenados o réprobos cuando indica:

“El año duodécimo, el quince del primer mes, la palabra de Yahvé se dirigió a mí en estos términos: Hijo de hombre, haz una lamentación sobre la multitud de Egipto, hazle bajar, a él y a las hijas de las naciones, majestuosas, a los infiernos, con los que bajan a la fosa. ¿A quién superas en belleza? Baja, acuéstate con los incircuncisos. En medio de las víctimas de la espada caen –la espada ha sido entregada, la han sacado- él y todas sus multitudes. Le hablan de en medio del Sheol los más esclarecidos héroes, con sus auxiliares: Han bajado, yacen ya los incircuncisos, víctimas de la espada” (Ezequiel 32:17-21).

La religión judía negaba cualquier vida después de la muerte. Posteriormente empezó a introducirse la idea de resurrección. Había en el judaísmo dos corrientes: los fariseos, que creían en la resurrección, y los saduceos, que la negaban. Pero la resurrección se entendía en una forma terrenal: se resucitaría para volver a llevar una vida terrenal y sólo tendrían acceso a ella los buenos. El castigo de los pecadores era la muerte eterna, que no era el infierno ni ningún sufrimiento de ultratumba, sino la ausencia de resurrección.

La posición judía mayoritaria actual es que el infierno o Gehena, como ellos la denominan, es un lugar de purificación para el malvado, en el que la mayoría de los castigados permanece hasta un año, aunque algunos estarán eternamente.

LA GEHENNA

“Os mostraré a quien debéis temer: 
temed a Aquel que, después de matar, 
tiene poder para arrojar a la gehena; 
sí, os repito: temed a ése”
(Lucas 12:5)

Para los judíos el infierno es la Gehena, lugar de purificación para el malvado en el que la mayoría de los castigados permanece hasta un año, aunque algunos deban estar eternamente, de acuerdo a su comportamiento en su vida terrenal.

La Gehena aparece tanto en el Nuevo Testamento como en las primeras escrituras como el lugar donde el mal será destruido. En las escrituras rabínicas y en las cristianas, la gehena como destino del pecador es diferente al Sheol, el lugar donde habitan todos los muertos.

El nombre de Gehena derivó del incinerador de basuras cercano a Jerusalén; el barranco de Hinón. Concretamente la palabra Gehena deriva de Ge Hinnom, que significa Valle de Hinón, el cual estaba fuera de la muralla sur de la antigua Jerusalén, y se extendía desde el pie del monte Sión hasta el valle Kidron, al este.

Inicialmente, desde el año 638 a.C., los cananeos sacrificaban niños al dios Moloch quemándolos vivos, una práctica que fue proscrita por el rey Josías (641-609 a.C.), y luego se convirtió en el vertedero de la ciudad donde se incineraba la basura y también los cadáveres de animales y de algunos criminales.

En los evangelios sinópticos Jesús utiliza la palabra Gehena en doce ocasiones para describir lo contrario a la vida en el Reino prometido. Es un lugar donde el alma y el cuerpo se podrían destruir (Mateo 10:28) en un fuego inapagables (Marcos 9:43).

El Nuevo Testamento se refiere al Hades como destino de los muertos o sepultura común de la humanidad, el equivalente al Sheol hebreo, que analizaremos seguidamente. Se trata, entonces, de la traducción de la palabra hebrea Sheol al griego Hades.

EL SHEOL

“Yahvé da muerte y vida, hace bajar al Sheol y retornar” 
(1 Samuel 2:6)

Aunque se han propuesto muchas teorías para explicar el origen de la palabra hebrea sche’ohl, al parecer se deriva del verbo hebreo scha-‘al, que significa pedir o solicitar. Según la teología hebrea, el Sheol es un recinto común o región de los muertos donde todas las almas, sin importar su vida terrenal anterior, tanto justos como injustos, irán a parar después de la muerte.

Es un lugar, no una condición, que reclama a todos sin hacer distinción, ya que acoge en su interior a todos los muertos de la humanidad, como podemos observar en la Biblia: “Todos sus hijos e hijas acudieron a consolarle, pero él rehusaba el consuelo y decía: Voy a bajar en duelo al Sheol, donde mi hijo. Su padre le lloró” (Génesis 37,35).

Ha causado mucha confusión y equivocación el hecho de que los traductores primitivos de la Biblia vertieron con la palabra infierno, el vocablo hebreo Sheol y el de Gehena, junto con el griego Hades. El que los traductores de las ediciones revisadas de la Biblia simplemente hayan hecho una transliteración de esas palabras, no ha sido suficiente para eliminar de manera notable esta confusión y el falso concepto.

Los judíos creían que el Sheol estaba situado en alguna parte debajo de la tierra y que la condición de los muertos no era ni de dolor ni de placer. Tampoco se asociaba con el Sheol la recompensa para los justos ni el castigo para los inicuos. Lo mismo buenos que malos, tiranos que santos, reyes que vasallos, israelitas que gentiles, todos permanecían juntos sin conciencia los unos de los otros.

Al infiltrarse la enseñanza griega de la inmortalidad del alma humana en el pensamiento religioso judío en siglos posteriores, el registro bíblico muestra que el Sheol se refiere a la sepultura común de la humanidad como un lugar de inconsciencia. Esto nos es confirmado bíblicamente de esta forma: “Cualquier cosa que esté a tu alcance, hazla según tus fuerzas, pues no hay actividad ni planes, ni ciencia ni sabiduría en el Sheol, donde te encaminas” (Eclesiastés 9:10).

Los que están allí ni alaban ni mencionan a Dios, a pesar de que no es un estado definitivo de separación de Dios. Las Escrituras muestran que el Sheol está enfrente de Él y que Dios está allí: “¿A dónde iré lejos de tu espíritu, adónde podré huir de tu presencia? Si subo hasta el cielo, allí estás tú, si me acuesto en el Sheol, allí estás” (Salmo 139,7-8).

Las almas que allí están esperan a que Dios las juzgue y que El decida su destino final, de acuerdo a sus méritos en vida. Recordemos el Credo, donde nos dice acerca de Jesús: “…murió y resucitó al tercer día de entre los muertos”. Por lógica, menor será la estadía en el Sheol cuantos más merecimientos haya hecho para su salvación.

Las definiciones bíblicas acerca del significado del Sheol podemos ubicarlas en estos textos:

En un lugar de inconsciencia donde van buenos y malos: “Cualquier cosa que esté a tu alcance, hazla según tus fuerzas, pues no hay actividad ni planes, ni ciencia ni sabiduría en el Seol, donde te encaminas” (Eclesiastés 9,10).

Los que están en el Sheol no alaban ni mencionan a Dios: “Que después de morir nadie te recuerda, y en el Sheol ¿quién te alabará?” (Salmo 6,6).

No significa un estado de separación de Dios: “Si subo hasta el cielo, allí estás tú, si me acuesto en el Sheol, allí estás” (Salmo 139,8).

Dios puede sacar del Sheol a las personas que se encuentran ahí: “¡Ojalá en el Sheol me escondieras, me ocultaras mientras pasa tu cólera, fijaras una fecha para acordarte de mí!” (Job 14,13).

El día de Pentecostés, Simón Pedro citó, aplicándolo a Cristo Jesús: “Pues no me abandonarás en el Sheol, no dejarás a tu amigo ver la fosa” (Salmo 16,10). Y cuando Lucas citó las palabras de Pedro, utilizó la palabra griega Hái-dés, mostrando con ello que el Sheol y el Hades se refieren a la misma cosa: la sepultura común de la humanidad: “… de que no abandonarás mi alma en el Hades” (Hechos 2,27).

Durante el reinado de mil años de Jesucristo, el Sheol o Hades será vaciado y destruido, ya que se resucitará a todos los que se hallen en él: “Y el mar devolvió los muertos que guardaba, la Muerte y el Hades devolvieron los muertos que guardaban, y cada uno fue juzgado según sus obras” (Apocalipsis 20:13). Esta será la segunda muerte.

 “No temas la sentencia de la muerte; recuerda tu origen y tu destino” (Eclesiástico 41:3)

Fuente: religionenlibertad.com