martes, 3 de julio de 2018

Santo Tomás, Apóstol, por Celestino Hueso, SF


Casi siempre que hablamos de Santo Tomás lo recordamos como el Apóstol de la poca fe, aquél que dudó de la resurrección de Cristo. Y recordamos la famosa frase “si no veo en sus manos las señales de los clavos, si no meto mi mano en la herida de su costado, no creo” (cosa que, por otra parte exigían todos. Basta mirar los relatos de las apariciones y veremos a Jesús mostrando las llagas cada dos por tres).

Fijándonos en la paja se nos escapa lo mejor de sus intervenciones en el Evangelio, porque Santo Tomás interviene en tres ocasiones, mostrándose siempre como un hombre decidido, sincero y fiel hasta la muerte. En el relato que recordamos, su sinceridad hace posible una de las afirmaciones más esperanzadoras para todos nosotros “Dichosos los que creen sin haber visto.”

La primera intervención de Tomás ocurre cuando Jesús decide subir a Jerusalén por última vez, aunque le habían amenazado de muerte. Los discípulos quieren convencerle de que ir allá es de locos, entonces aparece nuestro santo para decir “vayamos nosotros también y muramos con él”, mostrando su valor y dejando claro que, pase lo que pase, no quiere alejarse del Señor jamás.

Finalmente, en la última cena, Jesús afirma “Y donde yo voy ya sabéis el camino” y Santo Tomás replica “no sabemos a dónde vas, cómo vamos a saber el camino” ¡vamos! Algo así como “¡tienes cosas de peón caminero! ¿Crees que somos adivinos?” Jesús responderá con la más linda de las afirmaciones “yo soy el camino y la verdad y la vida.”

Según la antigua tradición, Santo Tomás estuvo predicando en Persia y en la India, donde mostró que el “vayamos y muramos con él” no era una fanfarronada para quedar bien, pues recibió la corona del martirio el 3 de Julio del año 72.

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