viernes, 4 de mayo de 2012

5 DOMINGO DE PASCUA, B

Hechos 9,26-31
Salmo 21,26-28.30-32
1 Juan 3,18-24
Juan 15,1-8


 

Hechos 9,26-31

Cuando Pablo regresó a Jerusalén, trató de unirse a los discípulos, pero todos le tenían miedo, porque no creían que se hubiera convertido en discípulo. Entonces, Bernabé lo presentó a los apóstoles y les refirió cómo Saulo había visto al Señor en el camino, cómo el Señor le había hablado y cómo él había predicado, en Damasco, con valentía, en el nombre de Jesús. Desde entonces, vivió con ellos en Jerusalén, iba y venía, predicando abiertamente en el nombre del Señor, hablaba y discutía con los judíos de habla griega y éstos intentaban matarlo. Al enterarse de esto, los hermanos condujeron a Pablo a Cesarea y lo despacharon a Tarso. En aquellos días, las comunidades cristianas gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaria, con lo cual se iban consolidando, progresaban en la fidelidad a Dios y se multiplicaban, animadas por el Espíritu Santo.

Salmo 21: Bendito sea el Señor. Aleluya.

Le cumpliré mis promesas al Señor
delante de sus fieles.
Los pobres comerán hasta saciarse
y alabarán al Señor los que lo buscan:
su corazón ha de vivir para siempre.
R. Bendito sea el Señor. Aleluya.

Recordarán al Señor y volverán a él
desde los últimos lugares del mundo;
en su presencia se postrarán
todas las familias de los pueblos.
Sólo ante él se postrarán todos los que mueren.
R. Bendito sea el Señor. Aleluya.

Mi descendencia lo servirá
y le contará a la siguiente generación,
al pueblo que ha de nacer,
la justicia del Señor y todo lo que él ha hecho.
R. Bendito sea el Señor. Aleluya.

Primera carta de Juan 3,18-24

Hijos míos: No amemos solamente de palabra; amemos de verdad y con las obras. En esto conoceremos que somos de la verdad y delante de Dios tranquilizaremos nuestra conciencia de cualquier cosa que ella nos reprochare, porque Dios es más grande que nuestra conciencia y todo lo conoce. Si nuestra conciencia no nos remuerde, entonces, hermanos míos, nuestra confianza en Dios es total. Puesto que cumplimos los mandamientos de Dios y hacemos lo que le agrada, ciertamente obtendremos de él todo lo que le pidamos. Ahora bien, éste es su mandamiento: que creamos en la persona de Jesucristo, su Hijo, y nos amemos los unos a los otros, conforme al precepto que nos dio. Quien cumple sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él. En esto conocemos, por el Espíritu que él nos ha dado, que él permanece en nosotros.

Juan 15,1-8

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto. Ustedes ya están purificados por las palabras que les he dicho. Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes,si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer. Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde. Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos".

Comentario de Mons. Francisco González, S.F.,
Obispo Auxiliar de Washington, D.C.

Estamos en un momento clave con esta lectura de los Hechos de los Apóstoles. Hasta ahora Pedro era, sin duda, el protagonista. Él es el que se ha presentado como líder del grupo, el que ha hablado ante el pueblo y sus líderes. Con la visita que Saulo hace a Jerusalén, comienza una nueva etapa en la evangelización, que nunca debemos olvidar, es, como decía el papa Pablo VI, la razón principal para la existencia de la Iglesia: "Ser testigos de Jesús en Jerusalén, Judea, Samaria, hasta los confines de la tierra".

Cuando Saulo (Pablo) llega a Jerusalén, su presencia produce miedo. La comunidad conocía sus "hazañas" persecutorias y por eso guardan distancia. Es Bernabé quien hace de puente y los acerca, les habla del antes y el ahora, de la aparición del Señor en el camino a Damasco y de su poder para el cambio: de perseguidor a perseguido y predicador valiente en el nombre de Jesús.

Hermano/a, cuando el Señor se nos manifiesta, algo que hace constantemente y en diversas formas, si le escuchamos como el apóstol hizo en su camino a Damasco, cosas maravillosas pueden pasar en nuestras vidas, incluso las más insospechadas.

En la segunda lectura nos encontramos ante un gran reto: la autenticidad. Alguien decía que el pecado más grave de nuestro tiempo era la mediocridad. En ocasiones nos falta profundidad en nuestras convicciones. Hay quienes se contentan con ceremonias y ritos, pero el Señor nos pide más: "No amemos con puras palabras y de labios afuera, sino verdaderamente y con obras".

Para saber que estamos en la verdad necesitamos, dice: "Creer en Jesucristo y que nos amemos unos a otros". De esta forma establecemos la relación con Dios, aunque como muy acertadamente apunta Juan Miguel Díaz, no somos nosotros quienes iniciamos la relación, sino que quien la pone en marcha es el don del Espíritu Santo.

Y si hablamos de relación no podemos pasar por alto el evangelio de este quinto domingo de Pascua.

La vid, la viña, el viñador son conceptos muy comunes en la región mediterránea y, en la tradición bíblica se pueden referir al pueblo de Israel, a la esposa, etcétera. Aquí Jesús se declara ser la Vid verdadera, legítima, ya la salvación nos viene por ende de la pertenencia a Cristo y Él proclama al Padre el viñador. Al realizarse en sí mismo, en plenitud, siendo la vid fecunda de Dios en obras de justicia y caridad, glorifica a su Padre, cosechando frutos de entrañable y amorosa obediencia.

El viñador quiere fruto que provenga de nuestra vida aferrada a su Hijo, Jesús, y de nuestra fidelidad, del cumplimiento de sus enseñanzas y los mandamientos. Así como también nos lo indica San Juan (segunda lectura): "El que cumple sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él". Los sarmientos que no están produciendo fruto, el viñador los corta y son arrojados al fuego. El que está produciendo también es limpiado para que dé más fruto.

Estamos llamados a dar fruto y a permanecer en Él. El cristiano no puede quedarse con los brazos cruzados ante el hermano. El cristiano no puede apartarse de Jesús. La autenticidad, un concepto muy de los escritos de San Juan, exige permanencia en el Señor y dar fruto.

Al hablar de la permanencia en el Señor, podríamos hablar también en el sentido de depositar nuestras preocupaciones, de poner nuestras ocupaciones en las manos de Dios. Sabemos que permanecemos en el Señor cuando, como alguien ha señalado, el amor ha pasado de ser mandamiento a iluminar el sentido de tu vida; cuando la oración ha dejado de ser una práctica religiosa y está desplegando lo mejor de ti; cuando, sin darte cuenta, todo se te unifica: la oración y la vida, el amor de Dios y tu libertad, las relaciones y la soledad (J. Garrido).

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