domingo, 6 de abril de 2014

5 Domingo de Cuaresma, Año C, por Mons. Francisco González, S.F.

Ezequiel 37:12-14
Salmo 129: Del Senor viene la misericordia, 
la redencion copiosa
Romanos 8:8-11
Juan 11:1-45

Ezequiel 37,12-14

Así dice el Señor: "Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor. Os infundiré mi espíritu, y viviréis; os colocaré en vuestra tierra y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago." Oráculo del Señor.

Salmo 129: Del Señor viene la misericordia, 
la redención copiosa

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.
R. Del Señor viene la misericordia, 
la redención copiosa

Si llevas cuentas de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
así infundes respeto.
R. Del Señor viene la misericordia, 
la redención copiosa

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma guarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora.
R. Del Señor viene la misericordia, 
la redención copiosa

Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.
R. Del Señor viene la misericordia, 
la redención copiosa

Romanos 8,8-11

Hermanos: Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios.Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

Juan 11,1-45

En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas mandaron recado a Jesús, diciendo:
— Señor, tu amigo está enfermo.
Jesús, al oírlo, dijo:
— Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos:
— Vamos otra vez a Judea.
Los discípulos le replican:
— Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí?
Jesús contestó:
— ¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz.
Dicho esto, añadió:
— Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo.
Entonces le dijeron sus discípulos:
— Señor, si duerme, se salvará.
Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente:
— Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.
Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:
— Vamos también nosotros y muramos con él.
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús:
— Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.
Jesús le dijo:
— Tu hermano resucitará.
Marta respondió:
— Sé que resucitará en la resurrección del último día.
Jesús le dice:
— Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?
Ella le contestó:
— Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.
Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:
— El Maestro está ahí y te llama.
Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él; porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:
— Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.
Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y, muy conmovido, preguntó:
— ¿Donde lo habéis enterrado?
Le contestaron:
— Señor, ven a verlo.
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
— ¡Cómo lo quería!
Pero algunos dijeron:
— Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste? Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús:
— Quitad la losa.
Marta, la hermana del muerto, le dice:
— Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.
Jesús le dice:
— ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?
Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
— Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.
Y dicho esto, gritó con voz potente:
— Lázaro, ven afuera.
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
— Desatadlo y dejadlo andar.
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

— Comentario por Mons. Francisco González, S.F.

Unos pocos días más y entraremos en la Semana Santa. Es importante recordar que el verdadero sentido de la Cuaresma está en que es preparación para celebrar la Pascua, para celebrar la Resurrección de Jesucristo, victorioso sobre la muerte, su victoria es nuestra victoria. El día que hizo el Señor, triunfo de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado.

Las lecturas de la liturgia durante estos últimos días de Cuaresma tienen que ver con la vida. En la primera lectura de hoy nos encontramos con el profeta Ezequiel, quien recibe su vocación de profeta en el destierro, donde la gente expresa su desesperación, sus quejas. Ezequiel, en estos cortos versículos interpreta la visión que acaba de comunicar a sus oyentes, la promesa del Señor: la vuelta a la vida. En el destierro (muerte), carecen de todo, pero el Señor, “abrirá sus tumbas” y tendrán vida.

En la segunda lectura, que está tomada de la carta a los Romanos (8,8-11) encontramos la oposición entre carne y espíritu, algo tan propio de la teología de San Pablo (Gal. 5,16-26). Dejarse conducir “por la carne” es vivir en el ambiente de pecado; dejarse “conducir por el Espíritu” es actuar bajo la dirección del Espíritu que hemos recibido en el bautismo y que constantemente nos llama hacia la santidad, pues lo llevamos dentro de nosotros mismos, somos “templos del Espíritu”. Nosotros, la Iglesia, cada uno de nosotros, sin tomar en cuenta el color de la piel, nuestro idioma, o el acento que muchas veces tenemos los extranjeros, cuando hablamos inglés.

En este caminar hacia la Pascua ¿dónde me encuentro? ¿Camino yo hacia un salir de mi tumba a una vida nueva o a continuar en una monotonía insípida?

En el Evangelio nos encontramos con la narración de un hecho extraordinario, la resurrección de Lázaro. En el evangelio del domingo pasado veíamos a Jesús sacando de la ceguera a una persona que era ciega de nacimiento y Jesús se convierte en luz para el ciego y para la creación entera. En la lectura de hoy vemos a Jesús dando vida a un muerto y proclamándose a sí mismo “ser la Resurrección y la Vida”.

Jesús al proclamar esta verdad, no se refiere solamente al futuro, a la Vida Eterna, sino que ya ahora, el que le acepta tiene vida ya.

Leyendo detenidamente este evangelio es importante ver las lágrimas de Jesús que se siente solidario con las hermanas que han perdido a Lázaro, Jesús siente la angustia de los que sufren y de su propia pérdida. Es la solidaridad de la que nos habla nuestro actual Papa o como nos decía el beato Juan Pablo II en su documento “La Iglesia en América”, con los angustiados y desposeídos.

Por nuestra unión con Él, que es la Vida, nos comprometemos con la vida y rechazamos la cultura de la muerte, como nos decía Juan Pablo II. Los cristianos somos gente de vida, queremos potenciarla, nos aliamos con ella, pues al fin y al cabo, la vida viene de Dios.

¿Creemos nosotros que verdaderamente Jesús es la Resurrección y la Vida? Y no son con las palabras como debemos proclamar nuestra fe, es más bien con obras. De hecho podemos decir que van juntas: la proclamación y la vivencia de la fe. Nuestra unión con Cristo-Vida debe extenderse a los hermanos e imitando el ejemplo que Él mismo nos da en este evangelio de hoy, debemos ser vida para los demás, esperanza para los desesperados, gozo para los tristes, acogida para el rechazado, perdón para el enemigo, sonrisa para el triste, etc.

La Palabra-Eucaristía que celebramos semanalmente nos debe confrontar con la vida. La Palabra-Eucaristía nos llama a una comunión, aún en medio de la diversidad que somos y re-presentamos. Esta comunión significa la fraternidad humana, que nos dice que no podemos separar nuestra fe de nuestra vida ordinaria: vivimos en el mundo, pero no somos del mundo sino de Dios. Por la comunión con Jesús en la Palabra y Eucaristía recibimos la vida eterna, Jesús es la fuente íntima de mi ser y actuar.

‘Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa’.

No hay comentarios: