martes, 5 de junio de 2018

5 de junio: Del apóstol de Alemania, San Bonifacio


Bautizado Winfrido, el importante santo al que dedicamos nuestra reseña de hoy ve la luz en algún momento entre el 672 y el 680 en algún lugar de Inglaterra, presumiblemente Wessex o Devonshire, en una familia de alta alcurnia.

En el monasterio de Adescancastre, en la actual Exeter, primero, y en la abadía de Nhutscelle, entre Winchester y Southampton, después, recibe una esmerada educación.

Tras profesar en la orden benedictina, a los treinta años se ordena, y en 716 parte de misión para Frisia, en la parte noroeste de Holanda, aunque sólo un año después es elegido abad de Nhutscelle y ha de retornar a la isla en que naciera. Allí consigue convencer al Obispo Daniel de Winchester de nombrarle un sustituto y dejarle partir a Alemania, lo que hace no sin pasar por Roma, donde el 15 de mayo de 719, el Papa Gregorio II le otorga títulos para predicar el Evangelio en la orilla derecha del Rin. Allí se encuentra un territorio repaganizado tras el asesinato del Duque Gotzbert y su hijo Hethan II, convertidos por San Killian que le había precedido en la evangelización de la región.

De vuelta en Frisia, se pone a las órdenes del Obispo Willibrord, luego santo, que le ofrece la sede, dignidad que como antes la de abad, Winfrido rechaza. De ahí se dirige a Turingia y luego a Hessia, donde con la ayuda de unos jefes locales a los que convierte establece una fundación monástica en Amöneburg.

En Roma en 722, el Papa lo consagra obispo con el nombre por el que lo conocerá el santoral y la historia, Bonifacio, una latinización más o menos libre de su nombre.

De vuelta en Turingia y Hessia, Bonifacio lleva a cabo el más famoso de sus hechos, derribando la encina sagrada dedicada a Thor, dios del trueno, en Geismar, acto al que algunos atribuyen el origen de la cristiana costumbre del árbol de navidad. Con su madera construye una capilla dedicada a san Pedro. El hecho de salir indemne de semejante afrenta a los ídolos locales le gana a Bonifacio el respeto de todos y la conversión de muchos. En Eschwege, poco después, lleva a cabo un acto similar con la estatua del ídolo Stuffo.

Bonifacio sigue levantando iglesias y hasta un monasterio cerca de Altenberga, nombrando abades y abadesas en Kitzingen, en Bischofsheim, en Heidenheim, etc..

El sucesor de Gregorio II, Gregorio III, lo asciende a arzobispo, aunque sin determinar la sede. Bonifacio amplía el monasterio de Amöneburg, construye una iglesia a san Miguel, funda un nuevo monasterio en Fritzlar, visita a Gregorio III en Roma y regresa a la misión, esta vez en Baviera. Reorganiza la jurisdicción nombrando nuevos obispos para Salzburgo, Freising y Ratisbona, y fundando nuevas diócesis en Buraburgo, Eichstätt y Erfurt.

Muerto el rey de los francos Carlos Martel en 741, su hijo Carlomán recurre a Bonifacio para enviar al nuevo papa Zacarías una carta solicitando la convocatoria de un sínodo, primero de los celebrados en Alemania, en algún lugar que no se ha podido determinar. A él seguirá un segundo en Litinia en 743, un tercero en Zoizos en 744, y muchos más.

Sínodos que son verdaderos órganos de gobierno no sólo religioso, sino también civil, al modo de los celebrados poco antes en la España ahora dominada por el islam, concretamente en Toledo. Sólo seis años después, Carlomán renuncia al trono y se retira a la vida monacal. Bonifacio corona a su hermano Pipino, padre que será de Carlomagno.

Entretanto la autoridad de Bonifacio se extiende a Gdula, y a la muerte de San Willibrord, también a Utretch. En 748 el Papa Zacarías lo hace Arzobispo de Mainz con jurisdicción sobre las diócesis de Tongem, Colonia, Worms, Speyer, Utretch y las por él fundadas, y le otorga el Primado de Alemania, mientras él sigue trabajando por la vida monástica y sobre todo, por el importante monasterio de Fulda. Su último acto como arzobispo consiste en el rechazo de la reclamación del Arzobispo de Colonia sobre la diócesis de Utretch.

En 754 renuncia a la archidiócesis de Mainz a favor de su discípulo Lullus y se entrega de lleno a la obra con la que había soñado toda su vida, la evangelización de los frisios. Pero al pasar por el río Borne, un 5 de junio del año 754 o 755, a una edad indeterminada pero cercana a los ochenta, unos paganos se abalanzan sobre él y lo matan junto a todos sus compañeros, cincuenta según algunas crónicas, treinta y siete según otras.

Su cuerpo será llevado a Utretch, luego a Mainz y finalmente, y de acuerdo con lo que era su deseo, a la abadía de Fulda. Sus reliquias se reparten por Lovaina, Mechlin, Praga, Bruges, Erfurt, Eichfeld, y su fama de santidad trasciende, concentrándose el culto en torno a su tumba. Inglaterra es la primera en celebrarlo como santo, y el 11 de junio de 1874, Pío IX extiende su culto a todo el mundo.

De su pluma nos llega una “Colección de Cartas”, sus “Poemas y Adivinanzas”, un “Poenitentiale”, un “Compendio de la Lengua Latina” y un “Compendio de la Prosodia Latina”. Es tenido por “el apóstol de Alemania”, uno de los copatronos del país así como patrón de cerveceros, sastres y leñadores, y de numerosas ciudades alemanas.

En España es patrón de Carcajente, en Valencia. Se celebra su onomástica el 5 de junio.

Y sin más por hoy sino felicitar a cuantos de Vds. lleven el sonoro nombre de Bonifacio, y también a la parroquia de San Bonifacio en Madrid, que me es muy querida, a su párroco y a sus feligreses, que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos. Mañana más. Aquí, en la columna.

Autor: Luis Antequera

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