lunes, 14 de agosto de 2017

San Maximiliano María Kolbe: el amor a la Inmaculada, por Antonio R. Rubio Plo


De San Maximiliano María Kolbe se recuerda, sobre todo, su sacrificio que salvó la vida de Franciszek Gajowniczek, aquel prisionero desesperado ante la idea de una muerte tan repentina como injusta que le separaría de su mujer y sus hijos.

Pero hay otra faceta de San Maximiliano que no debe pasarnos desapercibida, pues su vida entera gira en torno a ella: el amor a la Inmaculada. No es casualidad que la existencia terrena de san Maximiliano se acabara un 14 de agosto, el de 1941, cuando una inyección letal terminó con su vida, tras ser condenado, con sus compañeros de Auschwitz, a morir lentamente de hambre. Aquel enamorado de María salió al encuentro de su Madre en la víspera de la Asunción. Se había cumplido así lo que la Virgen, según testimonio del propio santo, le anunciara en una aparición cuando tan sólo tenía diez años.

La Señora le ofreció entonces dos coronas, una blanca y otra roja, símbolos respectivos de la pureza y del martirio. Raymond –todavía no había adoptado el nombre de Maximiliano– aceptó las dos.


Pero antes de que eso llegara, Maximiliano está muy próximo a la Madre del Redentor. Cuando hace los votos solemnes como franciscano, añadirá el nombre de María al de Maximiliano. Desea que sus pensamientos, palabras y acciones pertenezcan por completo a la Inmaculada. Optar por María es adherirse a una teología de la humildad. María es el camino sencillo y de los sencillos. Existen itinerarios espirituales abruptos y dificultosos. En cambio, el itinerario de María es recto. No se le ahorrarán las dificultades a quien lo siga, pero se puede caminar con confianza, con la misma confianza que un hijo pueda tener en su Madre.

La madre de Maximiliano que, por cierto se llamaba María, contribuyó a despertar en aquel niño el amor por la Virgen de Czestochowa, faro seguro de tantas generaciones de polacos. María Kolbe influyó decisivamente en que su hijo, un niño inquieto y algo travieso, se acercara a la Virgen. Corrían los primeros años del siglo XX y a la nación polaca le quedaba un duro camino que recorrer: los totalitarismos harían mella en ella Sin embargo, en medio de las tormentas, los católicos polacos tenían siempre un punto de referencia: nuestra Señora de Czestochowa. La Virgen sería también un símbolo de victoria; la Mujer que aplastó la cabeza de la serpiente, despertaría la confianza filial de san Maximiliano que, a finales de la década de 1930, expresaba la convicción profética de que un día se podría ver la estatua de la Inmaculada en el centro de Moscú junto al Kremlin.

Muchos polacos del siglo XX hicieron posible el reencuentro entre Polonia y Europa, comenzando por san Juan Pablo II. Fue elegido Papa en Roma un 16 de octubre de 1978, una significativa coincidencia con otro 16 de octubre: el de 1917, cuando en la Ciudad Eterna san Maximiliano y otros seis religiosos de su Orden se consagraron a la Virgen como caballeros de la Inmaculada. Surgía así la Milicia de la Inmaculada, instrumento de devoción mariana que el santo y sus compañeros extenderían por el mundo desde Polonia a Japón, pasando por la India.

San Maximiliano María Kolbe es también otro ejemplo para nuestro siglo, una demostración con hechos de cómo la defensa de la dignidad de la persona humana se construye más sólidamente si se hace desde el amor. Ese amor, que no es otro que el amor de Cristo, supera con mucho todas las aspiraciones del corazón humano. Con todo, no olvidemos que tenemos la mejor Maestra en la escuela del amor: la Virgen Inmaculada, a la que San Maximiliano consagró su vida entera.

Publicado en El Pilar (revista de la basílica del Pilar de Zaragoza), julio-agosto de 2017.

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