jueves, 16 de agosto de 2012

25 de agosto: SAN LUIS IX, REY DE FRANCIA (1214-1270)



















— Su familia

Era hijo del rey Luis VIII de Francia, y nació en Poissy el 25 de abril del 1214. Su madre fue Blanca de Castilla, que hizo de Luis un cristiano fervoroso y un gobernante intachable. Ella le decía a su hijo: "Te amo muchísimo, pero preferiría verte muerto antes que saber que has cometido un pecado mortal".

Toda su vida sintió una gran veneración por la iglesita donde fue bautizado y allí iba cada año a darle gracias a Dios por haberle permitido ser cristiano.

A los 12 años Luis quedó huérfano de padre y Blanca asumió la regencia del país mientras su hijo llegaba a mayoría de edad. Ejemplo raro de dos hermanas, Doña Blanca y Doña Berenguela, que supieron dar sus hijos, más que para reyes de la tierra, para santos. Las madres, las dos princesas hijas del rey Alfonso VIII de Castilla, y los hijos, los santos reyes San Luis IX y Fernando III el Santo.

— Regencia de Blanca y coronación de Luis IX

Es fácil entender la vida que llevaría el joven Luis ante el ejemplo de su buena madre. Tanto más si consideramos la época difícil en que a ambos les toca vivir, en medio de una nobleza y unas cortes que son a menudo centro de desenfreno, turbulencias y tropelías. Contra éstas tuvo que luchar Blanca. Cuando el reino había alcanzado un poco de tranquilidad, Blanca hace que declaren mayor de edad a su hijo, Luis IX, el 5 de abril de 1234. Ya rey, Luis no se separa de la sabia mirada de su madre a la que tiene siempre a su lado para tomar las decisiones más importantes.

Luis fue un guerrero hábil, inteligente y valeroso pero generoso con los vencidos. Con sus nobles se muestra decidido para arrancar de una vez la perturbación que sembraban por los pueblos y ciudades. En 1240 estalló la última rebelión feudal a cuenta de Hugo de Lusignan y Raimundo de Tolosa, a los que se sumó el rey Enrique III de Inglaterra. Luis combate contra ellos y derrota a los ingleses en Saintes (22 de julio de 1242).

Cuando llegó la hora de dictar condiciones de paz Luis mostró su misericordia. Hugo de Lusignan y Raimundo de Tolosa fueron perdonados, dejándoles en sus privilegios y posesiones. Aún extremó más su generosidad con los ingleses: el tratado de París de 1259 entregó a Enrique III nuevos feudos de Cahors y Périgueux, a fin de que en adelante el agradecimiento garantizara mejor la paz entre los dos Estados.

Tanto en la política interior como en la exterior Luis ajustó su conducta a las normas más estrictas de la moral cristiana. Tenía la noción de que el gobierno es más un deber que un derecho; de aquí que sus actividades obedecieran a esta idea: el hacer el bien buscando en todo la felicidad de sus súbditos.

— Amigo de la religión

Pocos gobernantes han sido tan amigos de la religión católica como el rey Luis IX. Le agradaba mucho ir a los conventos a rezar con los religiosos y asistir con ellos a las ceremonias religiosas.

Alguien le dijo que había gente que le criticaba por ser tan piadoso y asistir a tantas reuniones donde se rezaba, y él le respondió: "De eso no me avergüenzo ni me avergonzaré jamás. Y esté seguro de que si en vez de ir a esas reuniones a orar, me fuera a otras reuniones a beber, bailar y parrandear, entonces sí que esas gentes no dirían nada. Prefiero que me alabe mi Dios aunque la gente me critique, porque por El vivo y para El trabajo, y de El lo espero todo".

Educado en la devoción y el misticismo por su madre, Luis IX combinó su tarea de gobierno con un ascetismo que ha sido destacado tanto por la hagiografía católica como por comentaristas laicos. Parecía un anacoreta, entregándose a prácticas de mortificación como el hacerse azotar la espalda con cadenillas de hierro los viernes, o actos de humildad como lavar los pies a los mendigos o compartir su mesa con leprosos.

Perteneció a la Orden franciscana seglar, fundada por san Francisco de Asís.

Sabiendo que era un hombre muy piadoso le hicieron llegar desde Constantinopla la corona de espinas de Jesús. Entusiasmado mandó construir una lujosa capilla, la Santa Capilla de París, cerca de la catedral, para venerarla y albergar una gran colección de reliquias.

Asistió al Concilio Ecuménico latino de Lyon I, (convocado en 1245 y presidido por el papa Inocencio IV); donde, además de deponer y excomulgar al emperador Federico II se convocó una cruzada (la séptima), poniéndose Luis IX al mando.

— Padre y esposo

A los 19 años contrajo matrimonio con Margarita de Provenza, una mujer virtuosa que fue durante toda su vida su más fiel compañera y colaboradora. Su matrimonio fue feliz. Tuvieron once hijos: cinco hijos y seis hijas.

A sus hijos los educó con los más esmerados cuidados, tratando de que lo que más les preocupara siempre, fuera el tratar de no ofender a Dios. Sus descendientes fueron reyes de Francia hasta el año 1793.

— Leyes especiales

Luis se propuso disminuir en su país la costumbre de maldecir y mandaba castigar a quienes maldicían delante de los demás.

También prohibió cobrar intereses demasiado altos por el dinero que se prestaba. En ese tiempo había usureros que arruinaban a miles de personas. Luis prohibió la usura (que consiste en cobrar intereses exagerados). Un aristócrata mandó matar a tres niños porque entraban a sus fincas a cazar conejos. Luis hizo que le quitaran sus haciendas y las repartieran entre la gente pobre.

— Obras de caridad admirables

En su tiempo fue fundada la universidad de La Sorbona de París.

Hizo construir un hospital para ciegos que llegó a albergar 300 enfermos.

Cada día invitaba a almorzar a su mesa a 12 mendigos o gente muy pobre. Cada día mandaba repartir en las puertas de su palacio alimentos y ropas a los pobres que suplicaban ayuda.

Tenía una lista de gentes muy pobres pero que les daba vergüenza pedir (pobres vergonzantes) y les mandaba ayudas secretamente sin que los demás se dieran cuenta.

Buscaba por todos los medios que se evitaran las peleas y las luchas entre cristianos. Siempre estaba dispuesto a hacer de mediador entre los contendientes para arreglar todo a las buenas.

— La séptima gran cruzada

En septiembre de 1244 el sultán de Egipto arrebató la ciudad de Jerusalén a los cristianos. El papa Inocencio IV exhortó a los reyes y pueblos en el concilio de Lyón a tomar la cruz pero sólo el monarca francés escuchó la voz del Papa. Luis IX fue el último monarca europeo que emprendiera el camino de las Cruzadas contra los musulmanes.

El 12 de junio de 1248 sale de París para embarcarse en Marsella. Le siguen sus tres hermanos, Carlos de Anjou, Alfonso de Poitiers y Roberto de Artois, con el duque de Bretaña, el conde de Flandes y otros caballeros, obispos, etc. Su ejército lo componen 40.000 hombres y 2.800 caballos.

El 17 de septiembre los hallamos en Chipre, sitio de concentración de los cruzados. Allí pasan el invierno, pero les atacan la peste y otras enfermedades.

El 15 de mayo de 1249, con refuerzos traídos por el duque de Borgoña y por el conde de Salisbury, se dirigen hacia Egipto. «Con el escudo al cuello -dice un cronista- y el yelmo a la cabeza, la lanza en el puño y el agua hasta el sobaco», Luis, saltando de la nave, arremetió contra los sarracenos.

Pronto se apodera de Damieta (7 de junio de 1249). El sultán propone la paz pero Luis no se la concede aconsejado de sus hermanos. En Damieta espera el ejército durante seis meses mientras se les van uniendo nuevos refuerzos. Finalmente se deciden a avanzar contra El Cairo.

La vanguardia, mandada por el conde Roberto de Artois, se adelanta temerariamente por las calles de un pueblecillo llamado Mansurah, siendo aniquilada casi totalmente, muriendo allí mismo el conde Roberto, hermano de Luis (8 de febrero de 1250).

Luis reacciona y logra vencer en duros encuentros a los infieles. Sin embargo, éstos habían conseguido apoderarse de los caminos y canales en el delta del Nilo. El ejército de Luis, atacado por el escorbuto, el hambre y las continuas incursiones del enemigo, se retira a Damieta, donde son sorprendidos por los sarracenos. Luis es apresado junto a su hermano Carlos de Anjou, Alfonso de Poitiers y los principales caballeros (6 de abril).

Luis muestra su temple. En su desgracia aparece ante todos con una serenidad admirable y una gran resignación. Obtenida la libertad tras pagar del rescate de un millón de monedas de oro que reunió la reina, Luis debe renunciar también a la ciudad de Damieta. Entonces, se dirige a San Juan de Acre con el resto de su ejército.

Cuatro años se quedó en Palestina fortificando las últimas plazas cristianas y peregrinando a los lugares santos de Nazaret, Monte Tabor y Caná. En 1254, cuando supo la muerte de su madre, Doña Blanca, se decidió a volver a Francia.

— Octava cruzada

Sin embargo, la idea de recuperar Jerusalén seguía viva en Luis. Si no llegaba un nuevo refuerzo de Europa pocas esperanzas les quedaban a los cristianos de Oriente.

Los mamelucos les molestaban amenazando con arrojarles de sus últimos reductos. En Palestina dominaba Bibars (la Pantera), mahometano fanático, que se propuso acabar del todo con los cristianos.

El papa Clemente IV llama a una nueva Cruzada. Y de nuevo Luis, ayudado por su hermano, el rey de Sicilia, Carlos de Anjou, el rey Teobaldo II de Navarra, sus sobrinos y una gran compañía de nobles y prelados, se decide a luchar contra los infieles.

En lugar de dirigirse directamente al Oriente, las naves hacen proa hacia Túnez, enfrente de las costas francesas. El 17 de julio de 1270 Luis se apoderaba de la antigua Cartago. Entonces se producen los ataques de los sarracenos. Sin embargo, el peor enemigo es la peste ocasionada por el calor, la putrefacción del agua y de los alimentos.

— Santa muerte

Pronto empiezan a sucumbir los soldados y los nobles. El 3 de agosto muere el segundo hijo del rey, Juan Tristán, cuatro días más tarde el legado pontificio y el 25 del mismo mes la muerte arrebataba al mismo Luis que se había empeñado en cuidar por sí mismo a los apestados y moribundos. Tenía entonces cincuenta y seis años de edad y cuarenta de reinado.

Dictó entonces su testamento que dice: "Es necesario evitar siempre todo pecado grave, y estar dispuesto a sufrir cualquier otro mal, antes que cometer un pecado mortal. Lo más importante de la vida es amar a Dios con todo el corazón. Cuando llegan las penas y los sufrimientos hay que ofrecer todo por amor a dios y en pago de nuestros pecados. Y en las horas de éxitos y de prosperidad dar gracias al Señor y no dedicarse a la vanagloria del desperdicio. En el templo hay que comportarse con supremo respeto. Con los pobres y afligidos hay que ser en extremo generosos. Debemos dar gracias a Dios por sus beneficios, y así nos concederá muchos favores más. Con la Santa Iglesia Católica seamos siempre hijos fieles y respetuosos".

— Canonización

El cuerpo de Luis fue trasladado a Sicilia y después a Francia, para ser enterrado en el panteón de San Dionisio, de París. Desde este momento iba a ser venerado por su pueblo. Unos años más tarde, el 11 de agosto de 1297, era canonizado por el papa Bonifacio VIII en la iglesia de San Francisco de Orvieto (Italia).

Luis IX tuvo en Jean de Joinville (1224-1317) su biógrafo, amigo suyo y camarada en sus campañas de armas. Sus escritos han creado la popular imagen pacífica y piadosa de san Luis IX. Joinville prestó testimonio ante el papa Bonifacio VIII, que canonizaría a Luis IX en 1297.

— Legado

Con la muerte de Luis IX se extinguieron las Cruzadas. La consolidación de los estados monárquicos y el desarrollo cultural y comercial de la época gótica acabaron con las preocupaciones místicas a los gobernantes de aquel tiempo.

Por otro lado, la Europa Occidental había llegado a su techo militar y no pudo desalojar a los musulmanes del Norte de África y del cercano oriente. Apenas veinte años después de la muerte de Luis, los cristianos perdieron su última plaza fuerte en Tierra Santa, al caer en manos de los musulmanes San Juan de Acre, en 1291.

En este marco, a pesar de los fracasos temporales y el empeño por empresas que resultaron fallidas y le costaron la vida, su popular imagen dentro y fuera de su país y la encarnación del modelo ideal de monarca cristiano hacen de San Luis un modelo de gobernante católico y una figura predominante en la Universitas Christiana.

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